A 80 años del final de la Guerra Civil Española

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Os traemos este artículo de Rafael Silva publicado en La Voz de la  República.

España en su laberinto, en su jaula invisible, en su siglo XIX del eterno retorno, con su jerarquía católica rancia y empoderada, su élite inculta y carpetovetónica, y su Poder Judicial inmaculado, que jamás ha juzgado y condenado una sola de las violaciones de Derechos Humanos del dictador” (Emilio Silva)

Del franquismo viene la riqueza de la inmensa mayoría de las grandes fortunas de España, o sea la pobreza. Del franquismo viene el poder de la gran mayoría de los poderosos en España, o sea la corrupción. Del franquismo viene la jefatura del Estado, o sea los dos reyes que tenemos, Felipe VI y Juan Carlos I, o sea el jefe de todos los ejércitos. Del franquismo viene el dolor de millones de ciudadanos cuyos antepasados aún yacen en fosas comunes y cunetas, o sea la vileza del Estado. Del franquismo viene el horror de la tortura y la vergüenza de no haberla juzgado. Del franquismo viene esta sociedad que arrastra la ignominia de honrar los restos de un criminal y dejar impunes sus crímenes” (Cristina Fallarás)

En este año 2019 se cumplen 80 años del fin de la Guerra Civil (1936-1939), que nos han querido presentar como una contienda entre dos bandos enfrentados. Es falso, a menos que mostremos equidistancia entre los defensores de la legalidad republicana, y los sublevados golpistas que la interrumpieron abruptamente. Se cumplen también 80 años del inicio del exilio republicano, que expulsó de nuestro país a eminentes políticos, escritores, poetas, cineastas, y a miles de heroicos demócratas. Un exilio republicano que, en cierto modo, como señala Silvia Casado en este artículo para el medio Cuarto Poder, llega hasta nuestros días, ya que los partidos republicanos no han tenido el eco mediático necesario, ni las formaciones políticas de izquierdas han reivindicado la Tercera República con la fuerza que esta legítima aspiración merece. Ni siquiera el preámbulo de la actual Constitución de 1978 hace mención alguna a la Constitución de 1931 como legítima antecedente, como si la Segunda República nunca hubiese existido. Ese fue precisamente el objetivo franquista por antonomasia, eliminar cualquier rastro físico, histórico, documental, testimonial, político y filosófico de aquél gran pero breve período de nuestra reciente historia.
De hecho, ninguna de las fuerzas políticas actuales que se sientan en el flamante recién renovado Congreso de los Diputados, reivindica aquel período, es decir, lleva abiertamente en sus objetivos políticos iniciar el camino hacia la Tercera República. Pero sin embargo, la memoria democrática de aquél período se está convirtiendo en la única receta para plantar radical batalla frente a la actual restauración borbónica, expresada en el Régimen del 78, que con mínimos cambios, llega hasta nuestros días. El Gobierno de la República en el exilio se refugió en primer lugar en México hasta 1946, y luego en París hasta 1977, cuando se disolvió definitivamente. Cuando el entonces Príncipe Juan Carlos fue nombrado sucesor de Franco en 1969, el Gobierno en el exilio emitió un comunicado donde afirmaba que “no hay otro soberano más que el pueblo español, que un día, sin duda próximo, dirá lo que piensa y decidirá definitivamente”. Lamentablemente, ese día aún no ha llegado. A 80 años del final de la Guerra Civil, no solamente no se ha consultado de nuevo al pueblo español sobre la forma de Estado que desea, sino que los rescoldos del franquismo continúan vivos, y sus brasas nos siguen quemando.
Muerto el dictador, muchos pensaron ingenuamente que la República podría volver, pero su recuerdo fue de nuevo enterrado, y no solo eso, sino que además se alimentó (y se continúa en ello) una fuerte amnesia colectiva, mediante una infame Ley de Amnistía de 1977, y aún a más de 40 años de aquellas fechas continuamos luchando por la Verdad, la Justicia y la Reparación para las víctimas de la dictadura y sus familiares. Aquélla “modélica” Transición dejó fuera a las fuerzas políticas que continuaban reivindicando la República, y hoy día son residuales en los diversos comicios a los que se presentan. Aún hoy, a 80 años del final de la Guerra Civil, la (extrema) derecha española continúa azuzando el miedo al “comunismo”, que según ellos, representan las fuerzas políticas socialdemócratas que se sientan en las Cortes. Es el mismo argumento que movilizó a la derecha política y social y a los militares golpistas en 1936 para sublevarse y lanzar el Golpe de Estado, con el apoyo de la Iglesia Católica. Hoy día, el PSOE es señalado despectivamente de “socialista” por la derecha (sin serlo), y a los dirigentes de Podemos se les tacha de “comunistas”, cuando ni siquiera el Podemos original de 2014 lo era (mucho menos el de 2019, totalmente descafeinado). Por tanto, a 80 años del final de la Guerra Civil nos encontramos con una sociedad embrutecida políticamente, que no ha sido capaz de arrancar las cadenas ideológicas que el franquismo sembró en sus mentes.
Y hoy día, a 80 años del final de la Guerra Civil, los más legítimos representantes del franquismo están, de nuevo, entrando en nuestras instituciones. En realidad nunca se fueron. Pero ahora, además, ni siquiera lo disimulan. El embrutecimiento y la falta de madurez política de la sociedad española, que ni siquiera ha conseguido declarar ilegal el enaltecimiento del franquismo, está teniendo como consecuencia que tengamos que soportar una extrema derecha franquista declarada y convencida, que no disimula su culto a la dictadura, y que, lógicamente, se presenta con un ideario absolutamente abominable y aberrante. De hecho, uno de sus objetivos es acabar con la Ley de Memoria Histórica, que siempre se negaron a cumplir. Y hoy, cuando por fin tenemos un Gobierno que está intentando exhumar los restos del dictador del Valle de los Caídos (monumento público a la dictadura que aún sigue en pie), estas fuerzas políticas de la extrema derecha están poniendo todo su empeño en torpedear dicho objetivo. Y mientras se retiran las subvenciones públicas para asociaciones memorialistas, la Fundación Francisco Franco continúa recibiéndolas, ente que no debería existir ni siquiera con fondos privados. Hoy día quedan unos 25.000 cuerpos de víctimas del franquismo sin recuperar, según un estudio coordinado por el antropólogo forense Francisco Etxeberría, que destaca que con una buena dotación humana y material, dichos trabajos podrían estar completados en cuatro o cinco años.
El legado de aquel período republicano, a 80 años del fin de la Guerra Civil, se ha dilapidado por completo. Aunque en algunos aspectos hemos vuelto a avanzar, como en el feminismo, en general las aspiraciones de la Segunda República (muchas de ellas plasmadas en su texto constitucional de 1931) han quedado desde entonces en el tintero. En primer lugar, el siniestro período franquista promovió un retroceso político, cultural y social en todos los órdenes, pero después de la muerte del dictador, los sucesivos gobiernos “democráticos” que han ostentado el poder no han continuado los mimbres generales de la filosofía inspiradora del breve período republicano. Por ejemplo, la República se definía como “un proyecto de democratización social y política que pasaba por la primacía del poder civil sobre el militar y eclesiástico”, renunciando expresamente a la guerra como instrumento político, y promoviendo una reforma agraria y un sistema educativo, como símbolos de la justicia social a la que aspiraba. Solo 6 años pudieron aguantar estas reformas, que fueron brutalmente atacadas y desmanteladas por la reacción fascista. Y hoy día, a 80 años del final de la Guerra Civil, volvemos a sufrir el poderoso ataque de los poderes económicos, que secuestran nuestra vida y nuestros derechos fundamentales, convertidos en mercancías; volvemos a sufrir los latifundios que reciben enormes subvenciones, mientras los jornaleros y campesinos no poseen lo esencial para vivir; y volvemos a sufrir el adoctrinamiento religioso en los colegios concertados, que cada día comen más terreno a la escuela pública, así como la injerencia de la Iglesia en los asuntos políticos y sociales. El verdadero Estado Laico sigue siendo un sueño.
En 2019, a 80 años del fin de la Guerra Civil, nuestros escolares continúan estudiando el período histórico de la II República unido irremediablemente a la guerra, con lo que se pretende inculcar al alumnado la idea de que la Guerra Civil fue una consecuencia casi necesaria tras el “experimento” republicano. Se trata de enterrar el ejemplo, de asociar la experiencia republicana con el desastre y el caos. Pero nada más lejos de la realidad. Se les habla a los escolares de un tal “bando nacional” (cuando en realidad eran los golpistas) y del otro “bando” como el de los “rojos”, en expresión peyorativa, legitimando el lenguaje hostil hacia los avances propugnados por la izquierda republicana de la época. Y a 80 años del final de la Guerra aún hemos de soportar nombres de calles, plazas, avenidas, monumentos, placas, recordando a los protagonistas del “Glorioso Alzamiento Nacional”, como fue llamado el criminal Golpe de Estado. Y también hemos de soportar que existan militares que legitimen la figura del dictador, y que además lo hagan públicamente, mediante la firma de un Manifiesto donde un buen número de generales en la reserva o retirados, hicieran “desagravio” a su figura.
En realidad, hace 80 años que en nuestro país no vivimos la paz, sino la victoria, tal como afirma Alfons Cervera en este artículo para el digital Rebelion. Incluso cierto ex Ministro se permitió recordarlo, refiriéndose a la bancada de la izquierda: “Parece que aún no se han enterado de que hace 80 años que perdieron la guerra”. Terminó la guerra, pero la venganza y el exterminio continuaron. Aún continúan la guerra sucia en las cloacas del Estado. Y así, bajo el poderío de esa derecha que viene gobernándonos desde entonces, antes más brutal y ahora más suavizada, pero en el fondo la misma, nos han impuesto su lenguaje, han tergiversado la historia, y han procedido a la destrucción de los vencidos desde todos los puntos de vista. Por eso hoy, en 2019, a 80 años del final de la Guerra Civil, aún tenemos que escuchar el discurso que se refiere a los que “defienden España” frente a aquéllos que “quieren romper España”. Todavía hoy intentan inculcarnos su venenoso discurso, su patético y fanático discurso, su excluyente discurso, y lo intentan, además, robándonos la memoria, la memoria democrática, nuestra memoria como pueblo. La memoria histórica, quizá lo más grande que se le puede robar a un pueblo, quizá lo más importante que nos pueden tener secuestrado como comunidad. Esa memoria colectiva que comienza con el derecho a saber, a conocer la verdad de lo que ocurrió, y por qué ocurrió. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU estableció en 1998 que el “derecho a saber” es un derecho colectivo que implica el derecho inalienable a conocer la verdad de lo que ocurrió y que va unido al “deber de recordar”, como señala Agustín Moreno en este artículo para Cuarto Poder.
Y es que el Régimen del 78 fue fundado sobre la desmemoria. A partir de ahí, se extienden falaces mantras como que “en los dos bandos había buenos y malos”, “todos fuimos culpables”, o “al menos con Franco vivíamos en paz”. Los niños y niñas de mi generación (años 60) escuchamos eso de nuestros mayores, y a su vez, muchos lo repitieron cuando fueron adultos, desde el desconocimiento, desde la desmemoria. Pero después, los niños y niñas que ya nacieron en “democracia”, tampoco han estudiado en sus colegios el exilio republicano, la brutal represión franquista, el expolio económico hacia los vencidos, la purga de profesionales, los guerrilleros antifranquistas, los trabajos forzados, los campos de concentración de Franco, el robo de bebés, la oposición obrera, el papel de la Iglesia Católica, las muertes de la Transición, etc. Pero todo cuadra, porque mientras nuestra educación a los escolares adolece de la enseñanza histórica de todos estos asuntos, a su vez, somos un país que, tras 80 años del final de su Guerra Civil, continúa con estatuas franquistas, con placas de calles que recuerdan a los genocidas, continúa sin anular las condenas de los tribunales franquistas, continúa sin devolver al pueblo todo lo que la familia Franco expropió, continúa sin llevar a cabo un inventario de todos los bienes expoliados durante la Guerra Civil y la dictadura, continúa sin juzgar a los responsables políticos y policiales aún vivos de toda aquélla represión, continúa sin llevar a cabo la apertura de todos los archivos militares, civiles y eclesiásticos que contienen información esencial para los investigadores, y continúa con miles de muertos en cunetas y fosas comunes, entre otras asignaturas pendientes.
El exterminio ideológico fue total y absoluto. Finalizada la guerra, se trataba de aniquilar al enemigo, de “limpiar” España, limpiarla de marxistas, de rojos, de comunistas, de socialistas, de anarquistas, de sindicalistas, de feministas, de profesores y profesoras libres (que recogían la semilla de la Institución Libre de Enseñanza que fundaran otros tantos pensadores), de intelectuales (“¡Muera la inteligencia!”, gritaría un irritado Millán-Astray al gran Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, en respuesta a su famosa frase “Venceréis, pero no convenceréis”), en definitiva, limpiar España de todos aquellos/as que no compartieran su visión excluyente, imperial, católica y tradicional. Todo un holocausto, como señala Paul Preston en su famosa obra. En palabras del arqueólogo Álvaro Falquina, se trataba de “eliminar la identidad política republicana, y crear una nueva conciencia de sujetos válidos para el régimen franquista”. Todo un cruel sistema de violencia organizada y sistemática se llevó a cabo durante décadas, dirigido institucionalmente por el Estado franquista. Y a 80 años del final de la Guerra Civil, ningún dirigente político ni policial de aquella época ha sido juzgado por sus crímenes. No se ha depurado ni una sola responsabilidad. Más bien al contrario, tenemos personajes públicos bien señalados durante la dictadura, que se pasean por la calle como personas respetables, sin el más mínimo reproche penal. Así que en 2019, 80 años después, es un tribunal y una jueza argentina, María Servini de Cubría, la encargada de atender la querella de las víctimas del franquismo a los dirigentes vivos de aquélla época. Algo insólito y absolutamente vergonzante e incomprensible desde todos los puntos de vista, en un país que se proclama democrático. Tenemos informes de la ONU, de sus Relatores concretos, que instan a España a corregir este déficit democrático, pero desde la muerte del dictador, ningún gobierno ha movido el asunto. Han mirado para otro lado. Y por su parte, la judicatura, esa casta judicial formada también bajo la sombra franquista, ha bloqueado todo lo que ha podido el acceso a la justicia de las víctimas y sus familiares. Incluso el ex juez Baltasar Garzón fue injusta y vilmente apartado de la carrera judicial por atreverse a poner orden en el caos y la vergüenza de los crímenes franquistas.
Nos han hurtado, en efecto, nuestra historia y nuestra memoria. Y la memoria es lo peor que puede arrebatársele a un pueblo, porque al igual que cualquier enfermo/a de Alzheimer, desconoce su pasado, no sabe quién es. Los poderes económicos se han encargado de ello. Durante la dictadura se fue asentando toda una élite empresarial cuyas cúpulas poseen descendientes que llegan hasta hoy día, y que sirvieron de cantera para los primeros gobiernos de la Transición y cuyos imperios continúan, en muchos casos, situados sobre todo en los Consejos de Administración de las principales empresas del IBEX-35. El dinero estuvo del lado de la sublevación golpista (el empresario Juan March fue el financiador principal del Golpe de Estado), y contribuyó decisivamente a la derrota de la democracia republicana. No en vano los terratenientes de la época eran los más amenazados por aquella reforma agraria que el gobierno republicano emprendió como un objetivo de justicia social. Las sagas de todos aquellos empresarios se enriquecieron como nunca en base al trabajo esclavo de los presos políticos republicanos, y comenzaron a dominar la vida económica del país durante la posguerra y toda la dictadura, así como durante la Transición y el período “democrático” posterior, es decir, han proyectado sus fortunas durante estos 80 años. Por su parte, el otro poder fáctico proveniente del franquismo, como son las Fuerzas Armadas, también proyectan su ideología fascista hasta nuestros días, y a 80 años del final de nuestra Guerra Civil, aún no se ha producido una profunda democratización en sus escalafones superiores. Solamente alguna pequeña parte de la tropa posee una conciencia democrática a la altura de las circunstancias.
Hoy día, las Fuerzas Armadas (y en general los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado) representan el mayor exponente de la presencia de sectores antidemocráticos en nuestra sociedad, que se manifiestan en señales que van desde el reconocimiento a la función de las Fuerzas Armadas en el propio texto constitucional (“garantes de la soberanía y de la integridad territorial”), hasta la presencia de grandes sectores profundamente ideologizados aún en las semillas provenientes del franquismo. Véanse, como casos concretos, el Manifiesto en favor de Franco al que antes hacíamos referencia, o el gran espaldarazo de voto a Vox en estas últimas elecciones general del 28 de abril pasado. A 80 años de dicha atrocidad, todavía no hemos implementado las debidas garantías de no repetición. Puede que algún/a lector/a ingenuo/a se pregunte: “Ah, pero…¿es que puede volver a suceder?”. A mi juicio, es evidente que sí. Mientras no consigamos unas Fuerzas Armadas plenamente democráticas, en todos sus cuadros, mandos  y estructuras, no estaremos libres de dicha amenaza. Ya afirmó Joan Tardá en el Congreso, muy acertadamente, refiriéndose a las formaciones políticas de la derecha: “Si pudieran, nos fusilarían al amanecer”. No creo que sea ninguna exageración. Más bien al contrario, Tardá dio en el clavo.
Por su parte, la judicatura es otro cuerpo profundamente conservador en nuestro país, que mantiene actitudes, pensamientos e ideología claramente intolerantes. Por ejemplo, a 80 años del fin de la Guerra Civil, el Tribunal Supremo tiene la desfachatez de paralizar la exhumación del dictador del Valle de los Caídos, y de calificarlo como “Jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936”. El franquismo sigue muy vivo en la élite judicial española, como puede apreciarse claramente en la falta de sensibilidad hacia los cientos de miles de represaliados y sus familiares que esta suspensión cautelar rezuma. Veremos si al final desestiman los recursos de la familia del dictador, y conseguimos de una vez sacar sus restos de esa construcción faraónica que exalta el régimen y su figura. Habremos conseguido avanzar un pequeño paso en la normalización democrática de nuestro país. Pero no sólo esto: habría que acabar también (porque también eso es acabar con el franquismo) con el saqueo al que somete al pueblo esa corriente neofranquista que podríamos denominar como el “patriotismo españolista”, representada por las nuevas versiones del PP, Ciudadanos y Vox. Esos abanderados de la rojigualda, que la llevan por todas partes, menos a la hora de tributar, porque prefieren hacerlo en otros países, o simplemente evadir impuestos todo lo que pueden.
Y así, bajo el mantra de la “unidad de España” se han venido a denominar todos ellos “constitucionalistas”, y comprenden al aparato del Estado (y sus cloacas), la jerarquía de la Iglesia Católica, la judicatura, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la Familia Real, y detrás de todos ellos, los Consejos de Administración de las empresas del IBEX-35. A todos ellos les guía únicamente el mantener sus abultados privilegios, y de ahí que continúen (como antes de 1936) azuzando el fantasma del “comunismo” y de los “separatistas”, porque saben que tanto unos como otros representan una amenaza a sus intereses, por estar a favor de los intereses de la clase trabajadora, excluida, exiliada, pobre, precaria y vulnerable de este país. Pero no solamente ellos son su objetivo, ya que a 80 años del final de la Guerra Civil, se persiguen en nuestro país a tuiteros, a cómicos, a activistas, a republicanos catalanes, a artistas, etc., simplemente por manifestar sus opiniones. Y por supuesto, todas las fuerzas reaccionarias de este “patriotismo españolista” tienen en la Monarquía su escudo protector. El que ha sido conocido como Rey “Emérito” (algo insólito) se acaba de retirar definitivamente de la vida pública, pero a efectos prácticos no va a existir diferencia alguna, ya que seguirá con el mismo tratamiento, con la misma impunidad y con el mismo sueldo. Así que hoy, como hace 80 años, el patriotismo sigue siendo un engaño para ocultar la opresión de clase.
Decididamente, la tarea principal que tenemos por delante, después de 80 años de finalizar aquélla feroz contienda, es enterrar a Franco de forma definitiva. Pero eso no significa solo exhumar sus restos del Valle de los Caídos. Enterrar al dictador implica enterrar su ideología, enterrar el fascismo, porque aún sigue vivo en las cabezas y en las actitudes y comportamientos de la derecha política, social y mediática de hoy día. Y como afirma Santiago Alba Rico, mientras Franco esté vivo no se le puede enterrar en ninguna parte. Pero enterrarlo implica también recuperar la esencia y la filosofía de la República, entendida no solo como ausencia de un Rey, sino como sistema político y social donde imperan la libertad, la igualdad, la justicia social y la fraternidad. Han pasado 80 años, y todavía tenemos que seguir reconstruyéndolo. Finalizo con una cita de Higinio Polo, recogida de un artículo publicado para El Viejo Topo en 2006: “Los vendedores de mentiras que han pretendido enterrar la memoria ignoraban que el esfuerzo de la Segunda República para llevar la instrucción y la cultura a los ciudadanos del país contrastaría con esta monarquía que reina sobre el embrutecimiento popular, el triunfo de una televisión de cloaca, el agitar de las sotanas de obispos y el fanatismo deportivo. Porque la república española era la instrucción popular, el desarrollo, la aspiración a una “España libre, próspera y feliz”, como decían entonces”. Creo que define muy bien estos 80 años que han transcurrido desde el final de la Guerra Civil hasta ahora.
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ARANTZAZU ERREPUBLIKAN

La República sin republicanos en Aranzazu. La verdad es que el agro vasco no fue abierto para las ideas de la República, como todavía hoy en día sigue siendo complicado. ¿A qué se debía? ¿Cuáles eran las razones para que en este rincón de Bizkaia los republicanos no sacasen si un solo voto?

El  longevo periódico bilbaíno La Gaceta del Norte, un diario católico, conservador y monárquico,  publicaba en portada de comienzos de julio de 1931 con la lista de pueblos en los que en la recién estrenada República:  las izquierdas no habían tenido ni un solo voto, entre ellos Aranzazu.

El municipio de Arantzazu (3,8 km2) se sitúa en la ruta histórica de acceso a la meseta (Barazar), en el centro de la vega del Arratia, al sur de Bizkaia en las inmediaciones del Parque Natural de Gorbeia. Sus habitantes se dedicaban a las ocupaciones tradicionales de cultivo de la tierra, aprovechamiento forestal y cría de algún ganado. En 1930 tenía 306 habitantes.

En las primeras elecciones municipales del 12 de abril de 1931, había 72 electores y votaron 67. En las que casi ganaron los monárquicos, seguramente tradicionalistas, pero empataron a concejales (3 y 3).  Pedro Arteche Bilbao 35 votos nacionalista. Antonio Recagorri  Goti monárquico 34 votos, Antonio Bilbao Bernaola monárquico 34 votos, José Iturrino Achaval monárquico 34 votos, Gervasio Uria Vicandi nacionalista 33 votos, Clemente Yurrebaso Belamendia nacionalista 33 votos, Gregorio Echezarraga Gorostiaga nacionalista 32 votos, Daniel Mazaraga Aguirre monárquico 32 votos.

En  la sesión del 16 de abril “Delegó en el señor alcalde Gervasio Uria, así como en Pedro Ipiña asistir al acto de Gernika del día 17 con objeto de solicitar al menos para Vizcaya que rija la República Federal Vasca”.

Las elecciones de abril fueron anuladas y se repitieron en Mayo. Mientras tanto se constituye una Comisión Gestora formada por Pedro Arteche. Gregorio Echezarraga y Gervasio Uria.

En aquellas elecciones municipales de Mayo de 1931 en Arantzazu las ganaron los nacionalistas, siendo electos  Gervasio  Uria  Vicandi (alcalde), Pedro  Arteche Bilbao,  (teniente alcalde),  Clemente Yurrebaso  Belamendia, Pedro   Ipiña  Beascoechea, Gregorio Echezarraga Gorostiaga todos ellos nacionalistas  y  el tradicionalista José Iturrino Achaval. En Aranzazu el PNV aparece fuerte, así consiguió 5 concejales en las municipales y muy buenos resultados en las generales.

 Los tradicionalistas y el PNV serán las dos fuerzas que en liza en el Valle de Arratia  durante  los años 30, con la llegada de la República es el nacionalismo irá tomando más fuerza. Aun así, los Tradicionalistas seguirán teniendo  mucha fuerza en Arratia. Al contrario, la izquierda no tiene casi implantación en Arratia, solamente en  Lemona   y Bedia por la presencia de cierta industria y con ello de clase obrera. Así en 1931 hubo un centro republicano en Bedia y el alcalde del municipio era republicano: Higinio  Ibarrechevea.

El ocaso de la época republicana de Aranzazu se produjo a mediados de junio de 1937. El día 23 los requetés tomaron Mugarra y Urtemondo. Desde ellas descendieron tomando Oba, Artaun y Dima. El 12 de junio los nacionales consiguen romper una brecha en el Cinturón de Hierro de Bilbao, por el que penetran las tropas. El 15 de Junio  el cerco nacional en Vizcaya se estrecha por todo el territorio al curzar los ríos Nervión e Ibaizabal y tomar las localidades de Galdácano, Yurre y Plencia. Finalmente, el 16 de junio la IV Brigada de Navarra, que ha iniciado su ofensiva el día anterior sumándose a la batalla general por Bilbao, ocupó Castillo Elejabeitia, Villaro y Zeanuri, dominando así todo el recorrido del valle de Arratia

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A QUIÉN LE IMPORTA

Hace pocos días, concretamente el pasado 28 de junio, se celebraba el 50 aniversario de la revuelta de Stonewall. La primera vez en la historia (que conozcamos) que varios cientos de personas homosexuales y transexuales plantaron cara a la policía para defender su derecho a reunirse, relacionarse, comunicarse y expresar su sexualidad sin que aquello pudiese suponer el ser perseguidas, apaleadas, juzgadas o encarceladas por el simple hecho de enfocar y desarrollar su afectividad y su sexualidad de una forma diferente a la que entonces se consideraba como la única reconocida y válida por la moral y la cultura dominantes.

Aquella protesta que fue duramente reprimida por la policía de Nueva York, fue el pistoletazo de salida para la aparición de una nueva causa a añadir al extenso listado de las tareas pendientes que el género humano está obligado a asumir y defender si algún día pretende conseguir su liberación de un sistema degradante y opresor como es el capitalismo. Una nueva causa, tan antigua como la propia humanidad, que a partir de entonces se identificó con un anglicismo que, poco a poco, se infiltró como concepto reconocido en el argumentario de casi todos los movimientos sociales y políticos que defendían un desarrollo progresista de la sociedad: GAY. Una nueva palabra que pronto se internacionalizó para dignificar y sustituir a otras que con un significante claramente despectivo venían utilizándose en los diferentes idiomas del mundo, como “pedé”, “froggio”, “fagot”, “seltsam”, “pidor”, “fag” o “maricón”.

Sin embargo, aquella reivindicación que empezó a popularizarse a partir de las revueltas de Stonewall no debía de resultar tan nueva para los movimientos revolucionarios y emancipadores porque en la historia del pasado siglo XX ya había sido contemplada, aunque ciertamente con poco éxito, en algunas honrosas ocasiones. En 1922, el Partido Bolchevique fue el primero a nivel mundial que reformó el código penal, el de la Unión Soviética, para despenalizar el sexo homosexual consentido y entre adultos e, incluso, el gobierno de la U.R.S.S.se adhirió a la Liga Mundial por la Reforma Sexual, aunque posteriormente el estalinismo volviese a considerarlo un crimen social, un desviacionismo burgués y desatara una feroz represión contra lo que Richard Stites definió como el “Termidor sexual”. En esa misma época y en la Alemania de Weimar, destacadas figuras progresistas especializadas en el campo de la medicina, la sociología y la siquiatría como Karl Ulrichs o Magnus Hirschfeld encabezaron un movimiento cuya principal meta era la despenalización de la homosexualidad. De hecho, durante un tiempo, el Comisariado de la Salud soviético, a cargo de Semashko, encargó a higienistas, médicos y psiquiatras soviéticos que trabajasen con ese objetivo en colaboración con el Instituto de Investigación Sexual de Berlín, presidido por Hirfcherld, uno de los centros más activos del momento en el reconocimiento de los derechos homosexuales. Estos avances en la dirección de desestigmatizar la homosexualidad, que fueron frenados de forma drástica con el auge del nazi-fascismo y el asentamiento del estalinismo, volvieron a aparecer en los Estados Unidos, aunque de manera mucho más cauta y en circunstancias de semiclandestinidad, durante el desarrollismo económico norteamericano posterior a la IIª Guerra Mundial, propulsados por asociaciones pro derechos civiles, como la Matachine Society. En el caso de Europa, y en aquellos mismos años, la popularidad que fueron ganando figuras de la talla de Jean Cocteau, André Gide o Jean Genet, que nunca ocultaron su homosexualidad, también favoreció un ambiente de cierta permisividad, al menos entre las vanguardias artísticas e intelectuales.

Pero no fue hasta la radicalización política de los movimientos sociales que emergieron post Mayo Francés cuando la llamada “cuestión homosexual” empezó a replantearse en términos de liberación con una decidida crítica al sistema capitalista que buscó estrechar lazos con el resto de las luchas de los oprimidos y explotados, así como la subsiguiente aparición de los Frentes de Liberación Homosexual . Y lo que es más importante, dejó de tener una óptica puramente masculinizada para reconocer también el lesbianismo, la transexualidad y la asignación de género como cuestiones pendientes. Una tendencia que favoreció que el último viernes de junio de 1969 aquel impulso liberalizante se manifestase de forma patente en los encontronazos violentos y las barricadas de fuego que llevaron el episodio del Stonewall a las primeras planas de la prensa mundial.

A partir de entonces, la lucha por la despenalización de las conductas sexuales “diferentes” y por el reconocimiento de la diversidad sexual como un derecho inalienable fue ocupando, lenta pero decididamente, un espacio reivindicativo al que la mentalidad progresista y los partidos de izquierda no pudieron dar la espalda. Y así, sin tregua y con paso decidido, se fueron consiguiendo avances que desembocaron en algunos lugares en una progresiva despenalización de las conductas sexuales diversas e, incluso, en el reconocimiento de las uniones de hecho entre personas del mismo sexo, y más recientemente en la institucionalización del matrimonio homosexual en una considerable cantidad de países de todos los continentes.

Sin embargo, hoy en día, cuando en países históricamente refractarios al reconocimiento de la diversidad sexual, como España o diferentes naciones latinoamericanas, se ha conseguido tras años de represión, sufrimiento y lucha que las respectivas legislaciones reconozcan el matrimonio homosexual, se comienza de nuevo a sentir, también ahí, el peso de la reacción contra las conquistas obtenidas. Y buena prueba de ello es el tumulto potenciado por “la caverna mediática” en la celebración de este año del Día del Orgullo Homosexual, en la que desde diversas tribunas reaccionarias se ha llegado a tildar de radicales, intolerantes y totalitarios a aquellos que, con toda la razón, no han permitido la presencia en la celebración del Orgullo de los compañeros de viaje del fascismo que pretenden ocupar con fines meramente propagandísticos un espacio de visibilidad, cuando al mismo tiempo están amparando leyes y conductas homófobas que en los últimos meses han disparado exponencialmente las agresiones violentas contra miembros del colectivo homosexual.

Igual que sería ética y lícitamente admisible que se impidiese la participación de torturadores en una protesta contra la tortura, la de los patronos en una huelga, o la de los pederastas en una manifestación contra el abuso a menores, es perfectamente comprensible que en el desfile del Orgullo se disparen las protestas espontaneas de la gente o se intente impedir la asistencia organizada y con pancartas al viento de los mismos partidos políticos que en Andalucía, por acción u omisión, facilitan datos protegidos de personas gay a la canalla fascista, mientras que en Madrid juegan a ser demócratas y a querer limpiar sus conductas reaccionarias haciendo acto de presencia en una celebración que en el fondo rechazan y que, si por ellos fuese, o bien no se llevaría a cabo, o bien se circunscribiría a un gueto bien delimitado y alejado del ámbito de normalización que se ha conseguido con la lucha.

Como bien definía un folleto, publicado en 1939 por un conocido revolucionario marxista titulado, “Su moral y la nuestra”, nuestra moral es aquella que apoya, impulsa y defiende el derecho de las personas, la clase trabajadora y los pueblos en general a su total emancipación. Y no esa otra doble moral que oprime a los indefensos al tiempo que se unta de una pátina de falso liberalismo y que, a la hora de la verdad, solo menciona la causa homosexual cuando esta se traduce en fomentar los vientres de alquiler para hacer un buen negocio con, entre otras, parejas homosexuales que quizás, no lo dudo, tengan muy arraigado el sentimiento de la “paternidad/maternidad” o, incluso su identidad sexual, pero que, a las pruebas me remito, distan años luz de entender conceptos como la cosificación del cuerpo femenino o la explotación de los vientres más desamparados porque su cuenta bancaria así se lo permite. Como vehementemente gritaron muchos asistentes a la manifestación del orgullo el pasado sábado 7 de julio en repulsa al intento de aquellos provocadores que pretendían desfilar junto con el colectivo LGTBI: “¡Maricas y bolleras también somos clase obrera!”. Una consigna que patentiza que el colectivo homosexual, a pesar del deseo de algunos, no está ni mucho menos compuesto solo por histriónicos contertulios que participan en degradantes “reality shows” televisivos, ni por acaudalados “fashion victims” e “influencers” gay de renombre para los que el mundo se limita a destinos vacacionales de ensueño, a encargar hijos a vientres de alquiler como se encargan mascotas a las pajarerías y a exhibir marcas de súper lujo, inalcanzables para la mayoría de los mortales, en fiestas de dudoso pero siempre ostentoso e insultante gusto.

Que a los fariseos les quede claro, muy claro, que solo hay una lucha por múltiples facetas que esta tenga. Una lucha que también tiene como objetivo impedir que se infiltren en nuestras filas, ya sea en protestas o en celebraciones más lúdicas, aquellos que no dudan en golpearte a traición con la cachiporra al tiempo que exhiben, cara a la galería, una exagerada sonrisa de hipócrita condescendencia. Que les quede claro, muy claro que no necesitamos en ningún caso su aceptación porque nuestro lugar en el mundo lo hemos conseguido sin que nunca nadie nos regalase nada; lo hemos conseguido, orgullosos de ello, con nuestro propio esfuerzo, con la lucha.

¡NI UN PASO ATRÁS! ¡NO PASARAN!

 

A QUIÉN LE IMPORTA

La gente me señala
Me apunta con el dedo
Susurra a mis espaldas
Y a mí me importa un bledo.

¿Qué más me da?
Si soy distinta a ellos
No soy de nadie
No tengo dueño.

Yo sé que me critican
Me consta que me odian
La envidia les corroe
Mi vida les agobia
¿Por qué será?
Yo no tengo la culpa
Mis circunstancias les insultan.

Mi destino es el que yo decido
El que yo elijo para mí.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

Quizá la culpa es mía
Por no seguir la norma
Ya es demasiado tarde
Para cambiar ahora
Me mantendré firme en mis convicciones
Reforzaré mis posiciones.

Mi destino es el que yo decido
El que yo elijo para mí.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

Letra y música: Alaska y Dinarama. 1986.

 

Marcha en Times Square, Nueva York, del “Gay Liberation Front”, octubre de 1969.

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JAMÁS TENDRÉ 20 AÑOS

Autor: Jaime Martín. Publicado en 2016 por Norma Editorial. 112 páginas + 8 con fotografías, documentos y un cronograma que mezcla la vida del protagonista con acontecimientos históricos.

Lo primero que hay que remarcar es que el autor de este cómic, Jaime Martín, es un especialista en cómics memorialistas y que para ello cuenta las historias de su propia familia, las historias que le han sido transmitidas  por sus familiares. Tanto es así que en su anterior obra, “Las guerras silenciosas”, nos habla de sus padres,  en esta echa la vista atrás y nos habla de sus abuelos, del drama por el que pasaron con la Guerra Civil, y de lo  traumático de esa experiencia. El comienzo de la historia es muy ilustrativo del trauma que dicha guerra supuso y como 40 años más tarde el que los nietos y nietas de los protagonistas inocentemente jueguen a la guerra supone el despertar del monstruo que durante décadas ha habitado su experiencia vital y que todavía supone una experiencia muy traumática.

Jamás tendré 20 años” habla de una de las épocas más duras de nuestra historia reciente.La historia arranca en marzo en 1936, más concretamente en la ciudad de Melilla, pocas semanas después de que el Frente Popular ganase las elecciones de febrero de 1936; tras conocerse dicha noticia se produjo el primer intento de golpe de estado para intentar que no llegasen al poder, el país era un auténtico polvorín y no tardó en iniciarse la dramática contienda.Que la guerra civil y sus consecuencias es parte protagonista de la historia es algo evidente, pero Jaime consigue que por encima de todo estén las personas y el peso de la historia recae sobre los hombros de la joven Isabel, abuela del autor, quien a la tierna edad de 19 años y el día antes de cumplir veinte años – de ahí el magistral título de la obra – vio como denunciada por el pescadero – no es algo que se diga pero si se deja entrever – las autoridades acuden a su casa para como a muchos darles el paseillo. La situación es terrible, es cierto que las amistades de Isabel por entonces, eran del otro bando – el que terminó perdiendo la contienda – pero también no es menos cierto que estábamos en una época en la que hubo no pocas denuncias interesadas simplemente por envidias o para llevar a cabo pequeñas venganzas personales. Isabel consigue escapar milagrosamente a la feroz represión aplicada al principio por los militares golpistas y es testigo de la aniquilación total de todo su grupo de amistades, unos jóvenes idealistas que querían cambiar la sociedad en la que vivían.

Al mismo tiempo, Jaime – el abuelo del dibujante – se había alistado como voluntario en la columna Carlos Marx, que había salido de la capital catalana para luchar en el frente de Aragón contra los fascistas. Poco después de llegar al frente, Jaime recibió una carta que le informaba del precario estado de salud de su madre. Regresó rápidamente a casa y allí encontró a la sobrina de su vecina, a la cual no conocía, cuidando de su madre. Era Isabel, y se iniciará su historia de amor para siempre.

La historia está planteada a modo de varios capítulos para poder ver distintos pasajes de su vida perfectamente hilvanados; si en la primera mitad de la obra vemos sus caminos separados y cómo les afectó a cada uno la contienda, en la segunda parte ya con una vida juntos el autor se detiene a explicarnos cómo subsistieron durante la dura posguerra en la que el hambre había castigado especialmente a aquellos que era sabido habían estado relacionados con el bando perdedor.

Isabel y Jaime inician una nueva etapa enL´Hospitalet. Estaban juntos, pero tenían que afrontar la miseria y el miedo a venganzas y represalias. De nuevo, Jaime sorteó la tumba de forma casi milagrosa, esta vez en un lugar muy cercano a su hogar. Isabel tuvo que buscar la forma de sacar adelante a la familia, que ya contaba con tres miembros. Sus raíces melillenses le permitieron introducirse en el contrabando de tabaco. Es espeluznante observar cómo se veía obligada a utilizar a sus hijas para sortear a las fuerzas policiales, quienes además siempre recibían su correspondiente soborno.Gracias a la mente privilegiada de Isabel podríamos decir que la vida les trató bien pero no todos tuvieron la misma suerte en una época que jamás podremos entenderla en todo su contexto y crudeza sin haberlo vivido.

Un retrato conmovedor e interesantísimo de una familia que bien podría ser cualquiera de las nuestras, porque en una guerra entre hermanos y vecinos nadie queda indemne. Una obra, pues, necesaria por la importancia de conocer el pasado y muy recomendable por su calidad narrativa y gráfica, hasta el punto de ser considerada como la mejor obra española publicada en 2016, por el Saló del Cómic de Barcelona.

¡Esperamos que os guste!.

¡Un saludo!.

Casimiro Castaño

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Uztaila 2019 Julio: SYLVIA TOWNSEND

Del CALENDARIO 2019 de la ASOCIACION DE AMIGOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES (AABI) dedicado  a las voluntarias internacionales solidarias. “Ellas defendieron la causa de la República Española como “ciudadanas del mundo”. Son mujeres que describen los acontecimientos vividos durante la guerra civil desde perspectivas diversas y, a pesar de que algunas son activistas destacadas en su país, todas se sienten libres para ser críticas con las ideas e ideología que les habían impulsado a venir a España. Algunas tomarán una postura pacifista ante tanto horror provocado por la guerra. Todas intentan superar el miedo para mantener vivo el dolor de lo que presenciaban.”

SYLVIA TOWNSEND   1893 – 1978  Inglaterra   Escritora

 Acabamos de recibir un telegrama en el que nos piden que vayamos a Barcelona para ayudar a unas dependencias de la Cruz Roja. Hace tiempo que queremos ir a España, es una suerte que se nos haya presentado esta oportunidad. En caso de que me alcanzara alguna bala o algún gas (lo cual es bastante probable) he dejado una especie de testamento en el que te nombro Albacea. Carta, 1937

Pues en la orilla deambulaban / en blanquecinos pijamas de algodón, / sobre suelas de cáñamo, / los resucitados del mundo de los muertos./ los heridos, los lisiados, los cojos. Fragmento del poema “Benicasim”, 1937

 

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A LOS HÉROES DE LA BRIGADA INTERNACIONAL EN ESPAÑA

No importa de qué tierras.

Olvidasteis el nombre

de la ciudad que os asombró de niños

Las canciones de cunas

quedaron repitiéndola los yelos,

dorándolas espigas

o negras al amor de ardientes soles.

 

Dejasteis los talleres,

el campo y su abundancia,

los lugares en vida convertidos

por vuestros rudos, vigorosos brazos,

el hogar y su lecho

que a descansar invita diariamente.

 

No importa de qué tierras

cuando la patria es una para todos.

 

El idioma no importa.

Las letras se olvidaron,

las que dieron el nombre a las armadas

cosas, a la caricia

de la angustiada madre, a su ternura, a la palabra trémula

que conmueve el oído de la amante.

Las que os sirvieron luego

para cala muy hondo en el estudio

las bellísimas letras

que hirieron vuestros ojos admirados,

niños de las ventanas,

que inundaban de la luz tantas verdades.

 

El idioma no importa:

los hombres libres hablan una lengua.

Nos importa esa lengua

Aquí la habéis hablado,

sí en treinta y ocho idiomas diferentes,

vibrando al mismo impulso,

con una sola voz enardecida,

entera, clamorosa,

que es la voz de la sangre cuando canta.

 

Confundida, revuelta,

la sangre del latino y del eslavo

con la del triste negro,

con la sajona, vedla derramada,

vedla aquí conquistando

una segura paz  a las naciones.

 

 

Nos importa esa lengua

que a los hombres del mundo glorifica.

Que ya canta el Jarama

Madrid y el Manzanares,

la Alcarria y el rumor de sus colmenas

la Mancha y el Quijote,

Castilla la gentil, hidalga, honrada,

la oliva y el naranjo

harán reverdecer vuestros laureles.

 

Mas aquellas provincias

hoy tristes de pisarlas invasores,

mañana liberadas,

reforzarán la voz que España os debe,

sumándose a este coro

al aire levantado en vuestra gloria.

 

Que ya canta el Jarama

la sangre que cantó por sus orillas.

Luis Pérez Infante     En Homenaje de despedida… 

Nació en Galaroza Huelva, en 1912. Siendo muy joven se vinculó con la generación del 27. Más adelante se identificó fuertemente con la República y, con la dictadura franquista, se fue al exilio, que transcurrió principalmente en Uruguay. En 1936 fundó junto a J. Ruiz Peña y Francisco Infantes la revista Nueva Poesía, adscrita a la poesía pura. Especialmente borrascosa es la polémica que el propio Pérez Infante mantiene en esta revista con Ramón Sijé, pocos días antes de la muerte de éste. La sublevación fascista lo sorprendió en Madrid, realizando oposiciones. Afiliado al partido comunista, trabajó en la redacción de Hora de España y El Mono Azul donde publica La muerte de Durruti, uno de los romances más celebrados de la contienda. En Madrid trabó amistad con Alberti, Neruda o Bergamín. El 3 de agosto de 1939, enfermo, se embarca en el mítico Formosa, fletado por Neruda desde Burdeos hasta Valparaíso, con un pasaje de más de 50 intelectuales españoles, entre los que se encuentran los hermanos de Antonio Machado, José y Joaquín. De Chile pasa a Argentina y de allí a Montevideo (1946) ciudad que ya no abandonará, salvo para pronunciar conferencias sobre el drama del exilio español. En la capital oriental colaboró con La Casa de España y el semanario España Democrática. Falleció el 29 de abril de 1968, cuando ya el régimen franquista, tocado de esclerosis, se disponía a su disolución monárquica. El presente libro rescata la poesía publicada por este escritor en revistas españolas hasta 1939, así como algunos poemas publicados, tras el exilio, en Montevideo. La Biblioteca de la Huebra se congratula de publicar por primera vez en libro la voz de este escritor onubense que sufrió en sus propias carnes el amargor e la lucha, de la derrota y del exilio.


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150 años del Pacto Federal de Eibar

La víspera de San Juan, tal día como hoy, hace 150 años se firmó el pacto federal de Eibar. Una historia que merece recuperar y reflexionar. Sobre ella el compañero Jon Penche ha escrito las siguientes líneas en DEIA.  Informazio historikoa euskaraz nahi baduzu hona hemen topa ahal duzu:  Eibarko itun federala (PDF)

 

A buen seguro pasará desapercibida para la inmensa mayoría de vascos la conmemoración de un hecho que, si bien tuvo poca trascendencia inmediata, tuvo -y tiene- mucha importancia política. Se trata del Pacto Federal de Eibar, firmado en dicha localidad el 23 de junio de 1869 -el domingo se cumplen 150 años- entre representantes de los territorios de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa. Este pacto, junto con los firmados en Tortosa (entre las provincias de la antigua corona de Aragón), Córdoba (entre las provincias de Andalucía, Extremadura y Murcia), Valladolid (entre las provincias castellanas) y A Coruña (entre las provincias gallegas y Asturias), representaban fielmente el pensamiento federalista de Francisco Pi i Margall.

Pi, además de catalán, era buen conocedor de Euskadi puesto que pasó varios meses estudiando los fueros y las costumbres vascas en la época del Bienio Progresista en la zona de Bergara, de donde era oriunda su esposa, Petra Arsuaga Goikoetxea. El estudio del foralismo vasco a buen seguro le influiría para formular su idea de federación, que dejaría plasmada en el libro Las Nacionalidades, publicado en 1877.

Pi y Margall desarrolló el ideal federativo en torno a dos conceptos que iban unidos: el Pacto y la Federación. Este modelo de estado debía de ser construido de abajo hacia arriba, es decir, partiendo de los municipios y pasando por las regiones históricas hasta el poder central, el cual nacía del contrato entre las diversas provincias y tenía por éste limitadas sus atribuciones y facultades. Según Pi, la base de cualquier régimen federal descansaba en pactos sinalagmáticos, acuerdos logrados entre todas las partes firmantes. En definitiva, Pi i Margall elaboró una de las ideas de organización de España más acabada, en la que se compatibilizaban las características propias de cada territorio con la existencia de un poder central, una teoría de conformación del Estado español que tendía a armonizar la unidad con la variedad.

Cabe preguntarnos si, en estos tiempos en los que se están abriendo debates sobre el modelo de Estado o sobre la redefinición de las relaciones entre las autonomías con el gobierno central, no sería indicado volver la mirada al pasado para encontrar teorías de organización del Estado ya formuladas, pero no puestas en práctica, como la del propio Pi i Margall.

Jon Penche Investigador Cátedra DD.HH. y Poderes Públicos UPV/EHU

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