“El eclipse de la fraternidad” de Antoni Domènech: reseña de un clásico

Con el objetivo de impulsar la reflexión Hausnartzen. ¿Qué República? Seguimos con la publicación de diversos textos .   Os traemos este artículo de Paul Fitzgibbon Cella sobre los conceptos de república, republicanismo y democracia,  a sugerencia de un compañero publicado en Sin Permiso 08/10/2019

Italo Calvino definió un clásico como “un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. Tras leer recientemente la segunda edición de El eclipse de la fraternidad de Antoni Domènech (2019), publicada por Akal quince años después de su publicación original, pienso que las palabras del gran escritor italiano, si las damos por buenas, obligan a calificar el libro de Domènech de clásico sin matices. Mi conclusión se explica sin duda en parte por el hecho de que mi lectura de esta brillante defensa del republicanismo democrático-plebeyo –es decir, de una forma de gobierno fundamentalmente democrático, igualitario y fraternal, en que, en palabras de Domènech, se haya producido una “elevación de todas las clases ‘domésticas’ o civilmente subalternas a una sociedad civil de personas plenamente libres e iguales [y un] allanamiento de todas las barreras de clase derivadas de la división de la vida social en propietarios y desposeídos [y] una redistribución tal de la propiedad, que se asegure universalmente el ‘derecho a la existencia’”– coincidió con un rifirrafe político en los Estados Unidos (mi país de origen y residencia) sobre el cual el libro de Domènech permitía arrojar esclarecedora luz, pese a haberse escrito varios años antes y en un país con una historia política distinta. Se trataba de una reveladora corrección realizada por un congresista del partido republicano (derecha), Dan Crenshaw, a una colega suya del partido demócrata (centro-izquierda), Alexandria Ocasio-Cortez. Después de que esta última hubiera abogado por que Estados Unidos comience a elegir a sus presidentes por voto popular a nivel nacional, y que así abandone el sistema de votación actual –el del Colegio Electoral, al que se critica por dar mayor peso electoral a los estados menos poblados y más rurales, típicamente más conservadores— Crenshaw, ante semejante defensa de la soberanía de la totalidad del pueblo, apostó por el status quo, recordando que los estadounidenses ‘no viven en una democracia’, sino en una ‘república’. Empleo la palabra “recordar” deliberadamente. Aunque a Crenshaw le faltó la precisión conceptual de Domènech al no aclarar que su ‘república’ tiene un carácter conservador (ya que aleja a ciertas personas del estado pleno de ciudadanos, en lugar de garantizar –como preferiría Domènech— que todos “[se eleven] de pleno derecho a la condición de una vida civil de libres e iguales”) el congresista nos recordó una verdad tan importante como poco comprendida: por mucho que los conservadores de nuestros dias –sea Bush o Trump, Rajoy o Casado, o los presentadores de Fox News o de Intereconomía— se presenten como defensores de lo que ellos entienden por ‘democracia’ (que parecería ser un sistema en que ciudadanos de tendencia conservadora puedan hacer lo que les dé la gana, sin ninguna responsabilidad social legal y sin tener que respetar el poder de los estados de “definir el bien público”, como le gustaba decir a Domènech), el conservadurismo siempre ha sido profundamente (y digo más, esencialmente) antidemocrático. Crenshaw y sus correligionarios no tienen inconveniente en enarbolar el estandarte democrático cuando la parte del demos cuyos derechos y libertades pretenden defender son minorías conservadoras –sean estos los ciudadanos residentes fuera de las áreas de mayor población, o, como advierte Domènech, patronos deseosos de disponer a su antojo de sus trabajadores y capaces de “comportarse, dentro de su propiedad, como verdaderos monarcas absolutos”, o cabezas de familia que practicarían lo que Domènech llama un “despotismo patriarcal doméstico”. Sin embargo, conscientes de la razón que llevaba Tocqueville al decir que el ciudadano moderno anhela sobre todo la gradual consecución de mayores niveles de igualdad de condiciones entre las personas, el conservadurismo actual nos quiere hacer olvidar que su piedra angular es el anti-igualitarismo, y que, como sabemos quienes hemos leído a Aristóteles o a Polibio, y como Domènech nunca se cansó de repetir, la democracia es “el gobierno de los pobres”, o de quienes han logrado ponerse al nivel de sus antiguos gobernantes. Crenshaw no puede decirse defensor de este tipo de gobierno, pero sí de una república conservadora que niega a buena parte de la población el estatus de ciudadano de pleno derecho en la sociedad civil; o sea que Crenshaw defiende lo contrario de la república democrático-fraternal por la que apuesta Domènech, en que se trata, según Domènech, de “civilizar el entero ámbito de la vida social”, o de generalizar la condición de ciudadano en lugar de depositarla solamente en algunas determinadas categorías sociales. Gracias a las claras definiciones de Domènech de lo que fue y es la democracia y de la distinción entre las repúblicas democráticas y las conservadoras, los inestables malabarismos léxicos del conservadurismo quedan en evidencia. Lástima que, en la España de hoy, los recurrentes sermones de Albert Rivera sobre su compromiso con la democracia nos obliguen a concluir que el alcance de esta claridad conceptual aún es insuficiente. Y de los de Santiago Abascal mejor ni hablamos. En fin, como a todo clásico, habrá que seguir leyendo y releyendo a Domènech.

Pero quizás no fue Tocqueville, sino Don Quijote quien llevaba razón al resaltar el apego del ser humano no a la igualdad, sino a la libertad, que sería, como Domènech gustaba de citar al caballero manchego, “uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos”. Además de centrarse en el tema de la libertad, la “Presentación” a esta nueva edición del Eclipse –escrita por César Rendueles— parecería probar mi afirmación de que el libro de Domènech tiene una honda capacidad de abrir vías de debate más allá de su contexto original, o, con Calvino, de nunca terminar de decir lo que tiene que decir. Rendueles aprovecha, por ejemplo, el complejo problema al que alude el título de la obra, eso es, cómo explicar y qué esperar del hecho de que las tres partes de la famosa trilogía revolucionaria francesa –libertad, igualdad y fraternidad— hayan recibido distintos grados de énfasis a lo largo de los años. Si bien Domènech se refiere de manera explícita solo al histórico ensombrecimiento, o Eclipse de la fraternidad, también abre implícita y potencialmente infinitas interrogantes sobre el relativo equilibrio de los tres conceptos. Rendueles, por su parte, opta por centrarse en las consecuencias para nuestro mundo del hecho de que la libertad, tal y como suele entenderse hoy en día, no presupone que las personas ya “[han afirmado] inequívocamente su fraternidad”, como escribe Simone de Beauvoir en uno de los epígrafes que encabezan el libro de Domènech, sino que, como sostiene un Rendueles apenas capaz de disimular su espanto, se asocia con una “libertad de elección” que se usa “para aceptar sin mayor discusión un abanico asombrosamente amplio de prácticas alienantes”, o con “reivindicaciones de libertad personal radical irresponsables, egoístas”. Rendueles señala agudamente el sinsentido que supone que a nuestra sociedad no parezca ocurrírsele otro calificativo que ‘libre’ para conceptualizar actos como el que describió José María Aznar cuando, como nos recuerda el presentador, “reivindicaba su derecho a conducir a la velocidad que considerara conveniente tras haber bebido tanto vino como considerara oportuno”. Abriendo aquí un pequeño inciso, me limito a agregar no solo que estamos a años luz del ideal de Beauvoir y Domènech, en que la libertad y la fraternidad dependen la una de la otra, sino también que, a título personal, mi convencimiento de que el conservadurismo típicamente defiende sus posturas hipócritamente nunca es tan sólida como cuando oigo a un conservador desvincular el bien político de la responsabilidad social, sin la cual [i.e., la responsabilidad social] cabe que nos preguntemos qué es lo que los conservadores pretenden conservar aparte de un privilegio coyuntural. En efecto, si nos remontamos a los orígenes del conservadurismo moderno, o sea a la publicación de las Reflexiones sobre la revolución francesa de Edmund Burke, y si, junto a las palabras irresponsables de Aznar, leemos al Burke defensor del orden establecido y en contra de una temida tendencia anárquica del moderno arbitrio individual, nos damos cuenta de que, en dos siglos, el conservadurismo ha dado un giro de 180 grados, y ello sin que los poderes establecidos se hayan planteado cambiar de bando. Pero la confusión entre la libertad y el egoísmo socialmente irresponsable que espanta a Rendueles no es propia solo de privilegiados como Aznar. Lo es también de muchos trabajadores que, de manera contraproducente, priorizan su libertad a expensas de unas condiciones sociales más igualitarias y fraternales. Mi relectura del Eclipse no solo coincidió con la disputa electoral referida arriba; también lo hizo con la prolongación de un debate de años en Estados Unidos entre, por un lado, trabajadores que defienden que el libre ejercicio de su ‘derecho a trabajar’ (búsquese: ‘Right to Work’) les exime de la obligación legal de contribuir económicamente a los sindicatos que los representan y, por otro, los mismos sindicatos que sostienen que, ya que los empleados de una compañía (paguen o no sus cuotas) generalmente reciben de manera proporcional los beneficios de la representación sindical, es justo que la ley exija sus contribuciones. En este caso también, Domènech brinda herramientas para pensar con provecho sobre la (no) inteligencia de la decisión de estos trabajadores antisindicales, o para problematizar los argumentos neoliberales a favor de la libertad que estos trabajadores suelen esgrimir, según los cuales ‘uno sabe mejor que nadie qué hacer con su dinero’ (Estados Unidos) o, como coreaban hasta hace poco amplios sectores de la sociedad francesa, el mejor camino hacia adelante pasa por ‘trabajar más para ganar más’. Domènech, por su parte, con su hondo conocimiento de la historia de las ideas políticas, trae a colación una y otra vez una idea insuficientemente recordada de Aristóteles y Cicerón: el trabajo asalariado, cuando es la única fuente de ingresos con que uno cuenta, no posibilita la libertad, sino que es, como escribe Doménech, “una forma de esclavitud a tiempo parcial”, porque constituye una base material no garantizada y por tanto no suficiente “para no tener que pedir permiso a otros para subsistir”. Una vida con un salario como único sostén material es esencialmente precaria porque obliga a uno a estar, según Domènech, “[sometida] al capricho absolutista más o menos arbitrario de los patronos”. Visto así, hemos de concluir que el trabajador que quiere proteger una libertad de no apoyar a su sindicato necesariamente reduce su libertad al fortalecer al patrón, o sea a la figura de cuya voluntad dependerá su suerte futura. Si dispusiera de este concepto del trabajo asalariado, la izquierda norteamericana no solo podría resultar más convincente a los trabajadores que socavan los cimientos sindicales, sino que tendría mejores argumentos ante los alardes de Trump con respecto a las bajas tasas del paro que ha habido durante su presidencia. Habiendo leído a Domènech, este simple dato sobre el desempleo no nos dice gran cosa, y exigimos saber más sobre la estabilidad de la existencia social de los trabajadores. Sin embargo, hasta ahora, la respuesta de la izquierda norteamericana –que es en gran medida ignorante de las ideas que expone Domènech, y que, peor aún y como alude Rendeules en su presentación, muchas veces hace suya la definición asocial e irresponsable de la libertad que es típica de la derecha— ha consistido o en cambiar de tema o, más patético todavía, hallándose totalmente privada de armas conceptuales, en reconocerle a Trump un mérito a regañadientes. Al contemplar el paupérrimo estado de nuestro debate público, así como la preponderancia que tienen en él diversos presupuestos derechistas, a menudo pienso que la simple lectura de Domènech –“alternativo de los alternativos”, como lo ha llamado Daniel Raventós, editor de estas páginas y autor del epílogo de la nueva edición de El eclipse— introduciría iluminadores matices en un contexto esclerotizado.

Por último, interesa releer a Domènech a quince años de la primera publicación de El eclipse de la fraternidad para comprobar cuán profético fue este libro, particularmente en lo que respecta a sus vituperaciones dirigidas al relativismo postmodernista. Muchos intelectuales de izquierdas que, como Domènech, siempre han entendido la tradición de la izquierda como heredera de lo que los historiadores Margaret Jacob y Jonathan Israel han llamado la ‘Ilustración radical’, como un conjunto de ideas fundamentalmente comprometido con la universalidad de la razón humana, han experimentado vergüenza ajena e indignación al observar que, a alturas del 2019, quienes han sabido manejar discursos relativistas y apologías particularistas para su propio beneficio socio-político no ha sido el consejo editorial de Social Text, sino los numerosos partidos y grupúsculos de extrema derecha que han cobrado protagonismo últimamente: en los Estados Unidos de Trump, la Liga del norte en Italia, el UKIP y otros defensores del Brexit, etc. Resulta penoso ver cómo tantos intelectuales que apenas ayer fueron convencidos relativistas y enconados enemigos de una razón y una ética universales –por ser estas supuestamente conservadoras— hoy encuentran imposible afirmarse como tales, ya que el relativismo y anti-universalismo son posturas ahora ocupadas (y más bien reocupadas) por el conservadurismo, que –como su antecesor Mussolini, quien, como nos recuerda Domènech, “hizo su contundente profesión filosófica de fe irracionalista y relativista y se [lanzó] a la expresa apología del uso de los mitos en general con fines políticos”— (1) justifica su xenofobia por un afán de conservar purezas culturales inventadas, que supuestamente se remontan a la noche de los tiempos, y que (2) se las han ingeniado para popularizar la idea de que la globalización es una especie de conspiración izquierdista, como si la culpa de buena parte de sus males no la tuvieran justamente los propios antepasados políticos de estos nuevos reaccionarios del siglo XXI, o sea los patrioteros de épocas pasadas que enardecieron sentimientos nacionalistas para justificar proyectos (neo-)imperialistas con fines comerciales en la India (Reino Unidos), el continente africano (Francia) o América Latina (Estados Unidos). Pero es que esta lamentable situación de desorientación e inercia argumentativa para la izquierda se veía venir, y Domènech lo vio venir con gran clarividencia; no en balde citó a un Mussolini que había implicado que, en última instancia, el relativismo le es propio no al progreso, sino al “fenómeno fascista,” o sea, “la más alta e interesante manifestación de la filosofía relativista”. Es más, basta tener un conocimiento elemental de la historia de las ideas para saber que el relativismo fue uno de los originales y esenciales presupuestos del conservadurismo moderno, como leemos en las Reflexiones de Burke, autor por el cual, dicho sea de paso, buen número de intelectuales conservadores en Europa y Estados Unidos se están interesando nuevamente, ahora que retoman contacto con sus raíces particularistas y nacionalistas y reniegan de las poses universalistas y cosmopolitas del conservadurismo de Thatcher y Reagan o Aznar y Bush. En efecto, a la luz de las Reflexiones, y en especial al leer sus críticas a la arrogancia de los revolucionarios franceses al plantear unos derechos humanos que, al suponerse universales, eran insuficientemente respetuosos de realidades locales –unas críticas, por cierto, que encuentran eco en otra cita de Mussolini recogida por Domènech, según la cual “si el relativismo significa desprecio por [. . .] los hombres que aseguran poseer una verdad objetiva externa [. . .] entonces no hay nada más relativista que las actitudes y la actividad fascistas”)— las disquisiciones de Lyotard de casi dos siglos más tarde sobre la obsolescencia de los ‘meta-relatos’ en nuestra Condición postmoderna, o la teoría derrideana sobre la esencial textualidad de todo conocimiento humano, parecerían ir en un sentido parecido. Sin embargo, sabemos que con Lyotard se inicia más bien una larga retahíla de pensadores de una izquierda relativista que suponía como obvio (1) que el universalismo ético era un enemigo a combatir y (2) que lo más progresista que se podía hacer era erigir o afianzar barreras étnico-culturales entre las gentes. Ahora más que nunca, conviene atender las sabias advertencias de Domènech de que existe una “conexión de fondo entre el relativismo filosófico y la fuerza bruta”. Si esto es así, un relativismo de izquierdas será siempre un callejón sin salida. Releamos, pues, a Domènech para recordar tanto este paso en falso como el hecho de que hoy, cuando el relativismo ha vuelto a estar en las manos de sus primeros y verdaderos dueños, estos nuevos reaccionarios –que, haciendo valer la máxima relativista por excelencia, según la cual, como recuerda Domènech, “auctoritas non veritas facit legem”– están en posición de causar mucho daño.

Domènech llegó a decir que, aunque el subtítulo de su libro es “una revisión republicana de la tradición socialista”, perfectamente podría haber sido al revés, es decir, una revisión socialista de la tradición republicana. No hay espacio aquí para examinar la exactitud de estas palabras, aunque ojalá se me permita afirmar sin pruebas que el contenido de la obra las justifica. En todo caso, las expongo no para juzgar si son ciertas, sino porque aluden a lo mucho que abarca este libro tan ambicioso como sutilmente argumentado. La presente reseña se ha limitado a poner unos cuantos ejemplos de cómo el texto permite un dinámico y fructífero diálogo con el mundo del 2019. Y con ellos he pretendido convencer al lector de que estos seguramente no son los únicos; se podrían multiplicar, tanto en el año que corre como en los venideros. En definitiva, creo que El eclipse de la fraternidad, un clásico con mayúsculas, tiene todavía mucho que decir.

Profesor en letras y culturas hispánicas de Our Lady of the Lake University (San Antonio, Estados Unidos)

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LANESTOSAKO ERREPUBLIKAZALEAK (1930-1937)

REPUBLICANOS Y REPUBLICANAS DE LANESTOSA

Como en todo el agro vasco en Lanestosa de los años treinta son de derechas, mucho de derechas. En estos extremos de Bizkaia casi no encontramos ninguna información sobre las organizaciones republicanas, llegan hasta un 16% de votantes, pro las referencias que tenemos son cogidas con pinzas.

 La intención de esta sección es publicar los escasos datos de las personas  y con vuestras aportaciones de lectores  ir añadiendo/corrigiendo los datos (biográficos y fotográficos), bien como comentario o bien escribiendo al correo: crepublicano@gmail.com.

Nortzuk ziren Errepublika garaiko errepublikazaleak?, zein izan zen haien bilakaera? Zuenlaguntzarekinhauenistorioak eta historia berreskuratu gura  geunketxokohonetan. crepublicano@gmail.com. 

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VOTE FOR ME

A muy pocos días de las elecciones generales empiezan a conocerse algunos sondeos de opinión que adelantan la posibilidad de unos resultados electorales tan inquietantes como peligrosos. Encuestas que indican un más que posible auge de los fascistas, que obtendría por encima de cincuenta escaños a costa de la debacle del “nacional-liberalismo” y del insuficiente aumento de votos de la derecha “de toda la vida”.

Con este horizonte, que con cada minuto que pasa se percibe como más probable, los social-liberales, confiados en no se sabe qué “baraka”, derrochan optimismo y soberbia a partes iguales y se permiten el lujo de ir convirtiendo sistemáticamente en enemigos a todos aquellos que deberían considerar como posibles y necesarios aliados cara a unos resultados electorales de casi empate técnico con el “trifachito”. De no ser que, como se viene avisando, ese resultado, que dificultaría más que en julio la formación de un gobierno, fuese en realidad la opción más deseada por parte de los que buscan la coartada perfecta que les permita justificar la idoneidad de la tan ansiada Grosse Koalition.

Si con los resultados de abril nos ilusionamos al considerarlos una magnífica oportunidad para llevar a término políticas de progreso que pudiesen revertir las reformas ultraliberales que caracterizaron a los anteriores gobiernos del bipartidismo, con estos comicios de noviembre, olvidada la euforia primaveral a costa de un creciente desencanto, no sabemos, ni mucho ni poco, para que van a servir, porque todo va a estar mucho más complicado que antes. Aunque quizás, aplicando el maquiavelismo en su expresión más radical, los nuevos resultados electorales, que presuntamente nadie deseaba que se produjesen, pueden convertirse en el mejor chaleco salvavidas que nunca haya podido soñar el Régimen del 78, la Corona, el Ibex 35 y Florentino Pérez (y no necesariamente por este orden).

Sin embargo, estos pilotos suicidas que nos han gobernado y que ansían poder seguir haciéndolo, deberían, aunque solo fuese por un ratito, olvidarse del sagrado cortoplacismo y atreverse a mirar unos centímetros más allá de sus propias narices. O, por lo menos, fijarse en lo que ha ocurrido en otros muchos países que también menospreciaron la capacidad que siempre han demostrado los fascismos para recoger el voto de la indignación pequeño-burguesa: Francia, Italia, Alemania, Austria, Grecia o algunos países nórdicos, por no hablar de la mayoría de antiguos países de “socialismo real”, deberían ser un magnífico ejemplo de como la estupidez de los vende patrias es el mejor trampolín para que la barbarie sustituya al progreso.

Si el 10N, con un poquito de mala suerte, se cumpliesen las previsiones electorales que anuncian la mayoría de los sondeos, el año 2020 puede convertirse en uno de los periodos más inestables y complicados de la historia reciente de este país: Una nueva crisis económica que acecha a la vuelta de la esquina, un enquistamiento permanente del conflicto catalán, una sanidad y una educación pública que se desmoronan a pasos de gigante, un “nacional-catolicismo” cada día más envalentonado, unas leyes antidemocráticas que aún perduran por la cobardía de quienes debieron derogarlas hace tiempo y no lo hicieron, un paro que lejos de moderarse vuelve a aumentar, un exponencial crecimiento de la violencia machista y una patronal ávida de mano de obra semi-esclava no son los mejores ingredientes para augurar un futuro de paz y progreso.

Las 2 primeras décadas del siglo XXI es muy posible que pasen a la historia como “la época del eufemismo”. Años en los que la estética ha sustituido definitivamente a la ética y en los que se ha intentado solucionar cualquier conflicto mediante la simple aplicación de una nueva capa de pintura. Un periodo en el que la verdad dejó de ser un activo real para convertirse en un mero valor de cambio, en una divisa en perenne devaluación. Un tiempo en el que una sociedad enferma se ha esforzado constantemente en ocultar el nombre de las cosas, en malear los conceptos y en tergiversar los hechos hasta construir un “totum revolutum” que permitiese el inventar un abanico de “fantásticas experiencias” absolutamente vacuas y prescindibles, cuando no falsas y antisociales, para intentar seducir a ingentes rebaños de pobres de espíritu que, por cierto, también votan.

Así que, que nadie se lleve a engaño si los años venideros se van volviendo tan grises como una camisa muy lavada; que nadie eche las culpas al prójimo de sus desgracias; que nadie piense que fue una cuestión de mala suerte, porque en realidad tendremos aquello que nos merezcamos por no haber sido capaces de distinguir el grano de la paja. Por no haber querido creer que la única vía posible para evitar la derrota tenía que pasar necesariamente por desenmascarar a los traidores y empoderar a la ciudadanía. Dos premisas que nunca se han conseguido ni mediante la estrategia del voto útil, ni deambulando por la política con el pálpito de estar tocado por la mano de Dios, algo en lo que ya solo creen los beatos y los dementes. Como alguien afirmó no hace mucho (aunque no recuerdo si se refería o no a Pedro Sánchez…) “Cuando un tonto coge un camino, el camino se acaba, pero el tonto sigue”.

 

VOTE FOR ME

If we vote for you, do you promise
To be upright, decent and honest
To have our best interest at heart?

You understand why we don’t believe you?
You’re way too easy to see through
Not the best places to start

There are no rocks at Rockaway beach
And all that glitters isn’t gold

You’re all so drunk on money and power
Inside your Ivory tower
Teaching us not to be smart
Making laws that serve to protect you
But we will never forget that
You tore our families apart

There are no rocks at Rockaway beach
And all that glitters isn’t gold

So if we vote for you, do you promise
To be upright, decent and honest
And take away all of the fear?

You sit and wait for us to elect you
But all we’ll do is reject you
Your politics bore us to tears

There are no rocks at Rockaway beach
And all that glitters isn’t gold.

Letra y música: The Specials. 2018

 

VOTAME

Si te votamos, ¿prometes
Ser honrado, decente y honesto,
Y defender principalmente nuestros intereses?

¿Entiendes por qué no te creemos
Es demasiado fácil ver a través de ti.
Y esa no es la mejor manera de empezar.

No hay rocas en la playa de Rockaway (*)
Y todo lo que brilla no es oro

Estáis todos tan borrachos de dinero y de poder
Dentro de vuestra torre de marfil
Enseñándonos a no ser inteligentes
Haciendo leyes que solo sirven para protegeros a vosotros mismos
Pero nunca olvidaremos que
Destrozasteis nuestras familias

No hay rocas en la playa de Rockaway
Y todo lo que brilla no es oro

Así que, si te votamos, ¿nos prometes
Ser honrado, decente y honesto
Y quitarnos todo el miedo?

Te sientas y esperas a que te elijamos.
Pero lo que haremos será rechazarte
Porque tus políticas nos aburren hasta hacernos llorar

No hay rocas en la playa de Rockaway
Y todo lo que brilla no es oro.

(*) Rockaway Beach: Playa de Queens, Nueva York, conocida por ser la playa urbana de arena más extensa de los Estados Unidos.

Traducción libre: Liova37

 

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UN LARGO SILENCIO

Autores: Francisco Gallardo y Miguel Gallardo. Publicada inicialmente por Ediciones de Ponent en 1997 y reeditada por Astiberri en 2012. 62 páginas + 10 de documentos y fotografías del protagonista.

Miguel Gallardo (Lleida, 1955) es un viejo conocido de los aficionados del cómic. Empezó su andadura creativa dentro del género underground, siendo Makoki su personaje más famoso, para dar un giro radical a su carrera y empezar a crear obras más intimistas, de carácter biográfico y en las que nos cuenta la vida de su propia familia. Sus obras más características de esta etapa son María y yo (2007, donde nos cuenta la relación entre su hija María, una niña autista y Miguel,  por la que obtiene el Premi Nacional del Cómic de Catalunya, y de la que publica una segunda parte titulada María cumple 20 años . Su otra gran obra autobiográfica es Un largo silencio, el cómic que presentamos para este mes.

Un largo silencio es el homenaje de Miguel Gallardo a su padre. Francisco Gallardo fue de esos españoles que sufrieron la guerra civil, y el largo franquismo, en silencio. Tras unas vivencias muy traumáticas, de las que nunca quería hablar, el dibujante consideraba a su padre un cobarde. Pensaba que nunca había asumido riesgos y que por eso siempre vivía temeroso y preocupado por lo que hacía su rebelde hijo. Pero a finales de los años 80, Miguel Gallardo descubrió que sus percepciones tenían poco que ver con la realidad.

Francisco Gallardo fue un soldado republicano durante la guerra civil. Había escrito unas 30 páginas relatando sus experiencias en el conflicto bélico (hasta 1940), que su hijo decidió recuperar como base de una nueva novela gráfica. Es una obra que combina las reflexiones personales de Gallardo padre y las viñetas de Gallardo hijo, que narran los hechos que vivió su progenitor. Además, los documentos de la época que añadió Miguel Gallardo dotan de mayor realismo – si cabe – a la obra.

Un largo silencio es un gran ejercicio de memoria histórica, ya que recupera los recuerdos de una de esas personas invisibles durante mucho tiempo, a las que les tocó vivir una guerra fratricida, y posteriormente casi 40 años de dictadura. Pese a su largo silencio, el protagonista tenía muy claro que la gente de su clase tenía que luchar por la República, “por los que no tienen y nunca han tenido nada“. Francisco Gallardo fue un personaje sin militancia política conocida, un hombre de principios que lucha en defensa de la República, pero que en sus memorias no duda en criticar los abusos, la desorganización y la incompetencia que se daba.

Con respecto a la publicación inicial, la obra ha sufrido algunos cambios para la nueva edición de Astiberri; tiene más páginas y documentación; el color también ha cambiado y pasa del bitono inicial a los tres colores de esta nueva edición. Su dibujo se adapta perfectamente a la crudeza de los hechos que describe. Su diseño y presentación tiene la apariencia de un cuaderno de notas, como si de un dietario de la época se tratara. Sus viñetas apenas tienen diálogo y muchas carecen de fondo, limitándose a mostrar personajes, lugares u objetos a los que se refiere la historia.

Su parecido con El Arte de volar –cómic del que ya hemos hablado en esta sección- es evidente, ya que ambos coinciden en abordar la revisión histórica de la época a través de la figura paterna, y ambos cómics nos sirven para reivindicar a las personas que sufrieron  la violencia de la guerra y los rigores de la represión franquista, y que fueron condenados al olvido y a Un Largo Silencio.

En definitiva, un cómic memorialista imprescindible y de lectura obligada.

Un saludo. Casimiro Castaño.

Más :  Komikiak

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Azaña (1880-1940)

Manuel Azaña Diaz (Alcala de Henares, 1880ko urtarrilaren 10a – Montauban, Frantzia, 1940ko azaroaren 3a). Errepublikako Presidente izendatu zuten. Gerra  amaitutakoan Frantziara erbesteratu zen, errefuxiatu politiko gisa.

 

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GEOLOCALIZACIÓN DE LAS FOSAS EN EL PAÍS VASCO y NAVARRA

En la página web del CREH errepublika se pública un buen trabajo sobre las fosas en el País Vasco. Las cuáles se encuentra geolocalizadas. En este enlace puedes acceder a ellas:

Otra forma de acceso es http://www.errepublika.org/EXPEDIENTES-FRANQUISTAS.htm, después de los expedientes franquistas  está la geolocalización.. Primero en Euskadi y luego en Navarra.

Publicado en Bertako berriak. Informaciones de aquí., Gure zaharren gomutaz. Memorial de los republicanos 1930-40 | Etiquetado , , , | 1 Comentario

Azaroa 2019 noviembre: Lini M. De Vries.

Lini M. De Vries.  1905-1982 EE.UU. Enfermera

Estábamos en el camino hacia el progreso en las relaciones humanas aquí en Castillejo. (…) Tal vez nunca más en la vida vuelva a estar con personas de tantos países y tan idealistas, inteligentes y nobles. (…) En 1937 fui testigo de un idealismo casi puro. Todo cuanto había aprendido, toda creencia en la Humanidad estaba operando aquí, en Castillejo. (…) Vosotros, amigos idealistas, me estabais enseñando. Los campesinos iletrados me enseñaban… España 1937: Memorias, 1965

Enfermera voluntaria militó con los republicanos españoles durante la Guerra Civil en el frente del río Jarama. Escribió un par de libros relaccionados co su experiencia en España: El sotano y Memorias.

Del CALENDARIO 2019 de la ASOCIACION DE AMIGOS DE LAS BRIGADAS INTERNACIONALES (AABI) dedicado  a las voluntarias internacionales . “Ellas defendieron la causa de la República Española como “ciudadanas del mundo”. Son mujeres que describen los acontecimientos vividos durante la guerra civil desde perspectivas diversas y, a pesar de que algunas son activistas destacadas en su país, todas se sienten libres para ser críticas con las ideas e ideología que les habían impulsado a venir a España. Algunas tomarán una postura pacifista ante tanto horror provocado por la guerra. Todas intentan superar el miedo para mantener vivo el dolor de lo que presenciaban.”

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