NO ME VOY A MARTE

El lunes 7 de octubre ha marcado el inicio de dos semanas de protestas pacíficas en diferentes ciudades del mundo con el fin de exigir medidas urgentes para frenar las emisiones de dióxido de carbono y evitar el irresponsable deterioro que está sufriendo el planeta, a causa de la desmedida sobreexplotación industrial a la que está sometido desde ya hace prácticamente siglo y medio.

Esta cadena de protestas, lideradas por Extinction Rebellion, un movimiento nacido en las universidades de Gran Bretaña a finales del año pasado, ha conseguido cuajar con éxito y con una patente incidencia entre los grupos sociales más dispares, desde estudiantes de secundaria a pensionistas, desde feministas militantes a amas de casa, pasando por oficinista, parados, agricultores, catedráticos universitarios o ecoactivistas.

Es evidente que los extremos fenómenos climáticos que vienen produciéndose los últimos años a lo largo de todo el planeta han influido notablemente en esta progresiva toma de conciencia “verde”, especialmente por parte de nuevas generaciones que por su edad desconocen que todas esas desastrosas perturbaciones climáticas venían siendo avisadas desde los años 60 por incipientes movimientos ecologistas. Una conciencia que, paradójicamente, sufre despiadados ataques desde uno y otro lado: Desde aquellos que con actitudes inequívocamente fascistas cuelgan de puentes muñecos con la efigie de la joven activista Greta Thunberg, porque su determinación y su popularidad hacen peligrar sus turbios negocios. Pero también de los que refugiados en una ortodoxia que raya el obrerismo más infantil, consideran que las luchas sectoriales por cuestiones como el medio ambiente, la igualdad de género, la homofobia o el racismo, lo único que persiguen es debilitar mediante la diversificación la dinámica de lucha de clases. Lo cual, además de representar un insultante reduccionismo, lo único que consigue es alimentar extraños sentimientos que en ocasiones se asemejan en exceso a peligrosos y desfasados roji-pardismos.

Hoy en día, la lucha por la defensa radical del medio ambiente y de la sostenibilidad del planeta Tierra está indefectiblemente unida a la lucha para conseguir un sistema económico y social (más) justo y (más) lógico, absolutamente en las antípodas del que trata de imponer por la fuerza, el hambre y la precariedad este “capitalismo de guerra” que nos domina. Sin un cuidadoso equilibrio ecológico, sin un uso racional de los recursos, sin un consumo mesurado y una productividad controlada el paro va a seguir aumentando, la precariedad va a convertirse definitivamente en normalidad y las nuevas formas de explotación del hombre por el hombre van a continuar siendo el pan de cada día en este sistema tan despiadado que ya ni siquiera se conforma con exprimir al mil por cien la plusvalía de los trabajadores, sino incluso de las selvas, los mares, los bosques y los ríos, como si en vez de limitados recursos naturales se tratase de mano de obra esclava a la que hubiese que explotar sin tregua.

Lo que ni podemos ni debemos permitir es que aquellos que, gracias a pretenciosos acuerdos internacionales incumplidos y cumbres climáticas fracasadas nos han llevado a la catastrófica situación medioambiental en la que nos debatimos, se conviertan ahora, mediante perversas jugadas de trileros, en adalides de lo “verde” y en repentinos enemigos declarados de todo cuanto ha favorecido la acumulación de sus insultantes fortunas. No basta con publicitar que haya que imponer multas millonarias a compañías como Volkswagen por engañar a los consumidores a base de atentar contra la salud de toda la población, cuando ya está todo el pescado vendido; no vale con que, después de mantener en cuarentena durante décadas a todas las energías alternativas al petróleo, salvo aquellas que les enriquecían especialmente, ahora, cuando están preparados para volver a forrarse con un nuevo negocio, favorezcan y patrocinen el éxito de coches eléctrico, energías sostenibles o prendas de ropa elaboradas a partir de botellas de plástico rescatadas del océano, que a nadie extrañaría que las fabricasen empresas de las que puede que ya sean socios mayoritarios. Aunque, tal y como está el patio, solo podrán disfrutar de ese tipo de productos “limpios” los que puedan pagar cuatro, diez o cien veces más precio por algo que presuma de etiqueta “eco-friendly”.

Si en el artículo 25.1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos está recogido el derecho a la salud de las personas, es urgente un nuevo artículo que también asegure, tanto o más, la salud de la tierra que vivimos y que a diario masacramos. Pero esa ampliación del articulado de una ley primordial que pretenda, como aspiración máxima, defender la vida en mayúscula: el agua, la tierra, los bosques, la fauna, el género humano… en definitiva, la incalculable riqueza de nuestro planeta, solo será posible implementarla desde un cambio radical de nuestro sistema productivo y social.

Hoy más que nunca nuestro futuro pasa por la Revolución, aunque ahora, ese mismo término abarque tanto al peón en su tajo, como al zorro en su madriguera. Sin un cambio drástico de sistema la palabra futuro desaparecerá del diccionario. Y esto ocurrirá, sin duda, mucho antes de lo previsto. Aunque exista gentuza desalmada que, en previsión de lo que pueda pasar, ya está invirtiendo miles de millones en investigar si sería posible perpetuar su estirpe, aunque fuera en Marte, si no hubiese otra solución posible que les permitiese continuar acumulando, generación tras generación, riquezas sin límite a costa de la muerte de todo un planeta.

 

NO ME VOY A MARTE

Mientras aún haya relámpagos.
Mientras aún caiga un rayo atronador.
Mientras agite el viento la mar
y los peces canten su canción.

Mientras podamos huir hacia el sur.
Mientras por el este nazca el sol.
Mientras en el norte te encuentres tú
y al oeste nos quede Nueva York.

Mientras se pueda tejer y tejer
o se pueda llorar en un solo rincón.
Dicen que todos los ciclos de ayer
ya son los ciclones de hoy.

Pero no, no, no, yo no me voy.

Seguir construyendo barcas,
levantando barricadas,
seguir con nuestro remar mientras sea la ternura un don.
Hacer de la paz un arte
y así combatir sus guerras.
El cielo está de nuestra parte,
y no, no, yo no me voy a Marte.

Mientras quede amor en la Tierra.

Mientras los sapos aún sepan croar
y el mirlo se sepa su trino.
Mientras bebamos el vino
que tal vez de noche nos haga aullar.
Mientras tras una delgada pared
haya gente amándose en un jergón.
Dirán que todos los ciclos de ayer
ya son los ciclones hoy.

Pero no, no, no, yo no me voy.

Seguir escribiendo cartas,
levantando barricadas,
seguir con nuestro cantar mientras sea la ternura un don.
Hacer de la paz un arte
y así combatir sus guerras.
El cielo está de nuestra parte,
y no, no, yo no me voy a Marte.

Mientras quede amor en la Tierra.

No me voy a ningún lugar.
No me voy, no me voy.
No me voy a ningún lugar.
No me voy a Marte.

No me voy a ningún lugar.
No me voy, no me voy.
No me voy a ningún lugar.
Solo sé que no me voy.

Que no, no, no, yo no me voy.

Seguir construyendo barcas,
levantando barricadas,
seguir con nuestro remar mientras sea la ternura un don.
Hacer de la paz un arte
para así combatir sus guerras.
El cielo está de nuestra parte,
y no, no, yo no me voy a Marte.

Mientras quede amor en la Tierra,

Que no es vida sin vida ni amor
en la Tierra.

Letra y música: Nacho Vegas. 2018
(Esta canción no figura en ningún álbum del cantante. Ha sido compuesta expresamente para cederla a Ecologistas en Acción para la producción de un video de protesta contra la inactividad de los gobiernos en la lucha contra el cambio climático)

 

Activistas contra el cambio climático bloquean una calle durante las protestas de Extinction Rebellion en Viena. 7 de octubre de 2019.

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