La democracia liberal como quimera

Con el objetivo de impulsar la reflexión hausnartzen. ¿Qué República?  Os presentamos este artículo de Tere Maldonado ha publicado recientemente en Viento Sur.

Se ha impuesto la costumbre, nada inocente, de ver estas dos palabras juntas y además de este modo: democracia como sustantivo y liberal como adjetivo. Pero, al contrario de lo que ocurre con la expresión socialismo democrático, que es bastante habitual, la combinación liberalismo democrático es mucho menos frecuente. Sin embargo, resulta muy clarificadora. Decir democracia liberal indica ya, por sí solo, que son posibles otras formas de democracia, democracias no liberales, precisamente (aunque no recorreremos hoy el camino que esto nos abre). La expresión liberalismo democrático, por su parte, apuntaría a que caben otras formas de liberalismo, liberalismos no democráticos, precisamente.

Es lo que quiero subrayar ahora. Porque la cuestión no es sólo que quepan formas de liberalismo no democrático, sino que, como tradiciones políticas que son, el liberalismo y la democracia rara vez en la historia han ido de la mano. A pesar de ello, una poderosa maquinaria propagandística (cuya finalidad es, obviamente, legitimar el capitalismo financiero de finales del s. XX y principios del XXI) insiste en crear la ilusión de que liberalismo y democracia se implican mutuamente. No sólo no es así, sino que, en el límite, son incompatibles (mal que le pesara a Antonio Escohotado, que en paz descanse).

El liberalismo se preocupa de establecer un perímetro inviolable, un espacio en el cual el individuo es soberano y en el que hay que respetar su decisión sin matices. Otorga prioridad absoluta a los derechos individuales, entendiendo que no están sometidos al criterio de la mayoría. Para el pensamiento liberal los asuntos en los que el individuo soberano ha de tener capacidad de decisión irrestricta son los que tienen que ver con su propia vida, su cuerpo, su salud, su sexualidad, su proyecto vital, su conciencia, su pensamiento, los valores a los que se adhiere, las creencias que suscribe, las decisiones sobre su muerte… Ahí no puede meterse nadie, ni los prójimos-conciudadanos, ni las iglesias, ni el Estado. Conforman el terreno de la elección personal. Ninguna asamblea ciudadana tiene legitimidad para suspender los derechos individuales. El gobierno o el poder legislativo que lo pretendiera se convertiría ipso facto en totalitario e ilegítimo. Los derechos y las libertades individuales son previos a cualquier asamblea, por eso se dice de ellos que son pre-políticos.

Visto en perspectiva diacrónica, este planteamiento se opone a la cosmovisión previa, con su correlativa organización social, según la cual nada se debe al ser humano particular y concreto. El ser humano particular y concreto es ése al que poco después se llamará individuo, y que debía sacrificarse a la totalidad. Ésta, la comunidad de pertenencia, tenía total prioridad ontológica sobre aquél y estaba, a todos los efectos (éticos, políticos y jurídicos), por encima de los seres humanos concretos y particulares.

Claro que en una sociedad estamental muy jerarquizada esto no regía igual para los individuos de todos los estamentos (valga el anacronismo: stricto sensu, como digo, el individuo no había emergido todavía[1]), sino que era especialmente aplicable a los seres humanos concretos pertenecientes a los estamentos más bajos.

Como es sabido, los estamentos altos gozaban de prebendas y privilegios (literalmente, exención de obligaciones, como el pago de tributos, o ventajas como no ser juzgados por tribunales ordinarios, sino sólo por sus pares) que, en algunos casos, les dotaban de características que luego hará suyas la categoría de individuo. Se ha dicho de la legislación del Medievo que “discriminaba a los aldeanos en relación con los señores y a los individuos en relación con las comunidades”[2]. Tal y como explica Jacques Rancière, todavía en el siglo XIX el punto de vista reaccionario favorable al voto censitario venía a sostener que “la individualidad es una buena cosa para las élites, pero si todo el mundo accede a ella se transforma en una catástrofe de la civilización”[3].

En esta perspectiva temporal, en todo caso, las propuestas del liberalismo ilustrado (opuestas al tradicionalismo y a la reacción) suponen un avance: ponen sobre la mesa que los individuos, recién salidos a escena, tienen derechos. Hay un debate doxográfico sobre si Marx, en tanto que crítico del liberalismo como ideología del modo de producción capitalista, considera los derechos liberales un avance o, al contrario, una maniobra de distracción. Lo cierto es que cabe citar textos de Marx que avalan esta última tesis, pero también los hay que respaldan la primera. Sea ello como fuere, creo que puede afirmarse que, frente a la cosmovisión holista-comunitaria (llamémosla así) del Antiguo Régimen, el establecimiento de unos derechos propios de los individuos, por muy precario, limitado y meramente teórico que fuera, constituye un avance. Otra cosa es que se trate de un avance sólo relativo y con efectos ambiguos desde el punto de vista de la emancipación y el humanismo.

Pero al margen de esa cuestión, en todo caso lo que importa subrayar aquí es que el pensamiento republicano-democrático ha destapado que la retórica liberal acerca de los derechos individuales es mera abstracción, pura música celestial. Porque la libertad y la capacidad de ejercicio efectivo de los derechos dependen ineludiblemente del disfrute de unas condiciones materiales suficientemente sólidas. Puedes tener todo el derecho del mundo a analizar en profundidad la Metafísica de Aristóteles, pongamos por caso, pero, si no llegas a fin de mes, lo mismo te da, lo que urge es solventar esto último, condición de posibilidad de que lo primero tenga algún sentido.

Si lo expresamos recurriendo al concepto de libertad diremos que para los liberales ser libre significa poder moverse sin interferencias, como una bola de billar que no encuentra sobre el paño otras bolas u obstáculos. Para el republicanismo partidario de la democracia radical, la libertad consiste en no depender de nadie, en el sentido de no necesitar el permiso de otro, de no estar sometido a su arbitrio. Como solía repetir el recordado filósofo catalán Antoni Domènech, nadie es libre si depende de otro para vivir, aunque luego no se tope con ningún obstáculo a la hora creer esto o aquello. El concepto de libertad republicano es, así, mucho más exigente.

Se ha explicado muchas veces que una persona sometida a esclavitud que tuviera la suerte de ser propiedad de un amo benevolente, que de facto no interfiriera en el curso de su acción, para la teoría liberal, sería libre, dado que podría hacer lo que quisiera y actuar según le placiera (en el caso de que nadie se lo impidiera y dado que su amo bueno no lo haría). Para la noción republicana, que entiende la libertad como no-dominación, este ser humano sería tan escavo y estaría tan falto de libertad como aquel cuyo amo fuera un déspota cruel (aunque, obviamente, su vida sería más agradable).  Por lo demás, sin el reconocimiento efectivo de las instituciones políticas humanas, los supuestos derechos pre-políticos se quedan en nada: es el derecho el que los instituye como tales.

Por otro lado, cabe recordar que no es la conciencia personal ni la libertad sexual lo que encontramos en primera instancia en el perímetro inviolable establecido por el liberalismo; el reconocimiento de ambas puede ser considerado una de las contribuciones del liberalismo ilustrado al progreso, lo cual justifica que se pueda hablar de un liberalismo de izquierda. Pero lo que el liberalismo de entrada buscaba proteger era la propiedad privada. La inviolabilidad de la propiedad de los medios de producción y de las rentas del capital. De ahí que buena parte del liberalismo se haya deslizado hacia lo económico, prescindiendo de lo político, y se haya transformado así en liberalismo económico.

El liberalismo económico, que coincide con lo que solemos llamar neoliberalismo, además de ser la ideología legitimadora del capitalismo financiero, es el gran pretexto teórico para el individualismo posesivo-compulsivo. Para eso inventaron el relato de los derechos pre-políticos. Con ese montaje conceptual se ha querido poner límite a la capacidad de decisión de las mayorías (que es la democracia). Si las tradiciones filosófico-políticas del liberalismo y la democracia pocas veces han ido de la mano, en el caso del neoliberalismo la cosa es innegable: su incompatibilidad con la democracia es radical[4].

Sin embargo, a pesar del éxito del liberalismo económico, la democracia consiguió en el siglo XX poner algunos límites al fanatismo del lucro y de la propiedad privada. Unas trabas y unos límites que se asientan y se legitiman en una concepción compartida del bien común. Compartida, bien es cierto, de forma tácita: entendemos implícitamente que es legítimo apartar determinados bienes de la lógica mercantil, porque no podemos aceptar que accedan a ellos sólo quienes tengan poder adquisitivo suficiente.

Estamos todavía en una pandemia que ha dejado claro a qué abismo nos puede abocar el afán de lucro irrestricto. ¿Por qué protegemos y promocionamos un uso no mercantilizado de la sangre, por ejemplo, prohibiendo y penalizando su compra-venta? Porque hacerlo así presupone reconocer un consenso tácito: aunque no lo hayamos decidido en referéndum, entendemos que hay cosas más importantes que la libertad neoliberal según la cual yo-con-lo-mío-hago-lo-que-quiero.

Es decir, hay bienes que deben ser protegidos por encima de la libertad individual vinculada a la propiedad privada y a la acumulación de capital. Y por eso mismo no puedo pegar fuego a un pinar por muy mío que sea, ni verter residuos en un río (que es de todos), ni —por cierto— dejar los excrementos de mi perro en la acera. Ver todas esas cosas como atentados contra la libertad individual es, como poco, infantil e inmaduro (a algunos neoliberales y anarcocapitalistas dan ganas de decirles como a los adolescentes malcriados: “¡que no, que no puedes hacer lo que te venga en gana todo el rato!”). Suponen simplemente la protección y el cuidado de lo público, que es lo que garantiza que pueda haber libertad individual. Esos ejemplos ponen de manifiesto también que los límites a la libertad individual se desprenden del concepto de ciudadanía cívica vinculado a los valores republicanos, aquellos que tienen que ver con la necesidad de proteger la res publica, precisamente.

Justamente para preservar la libertad individual, por el bien de los derechos individuales y de lo público que es su única garantía, es necesario poner trabas al extremismo del mercado, y trabas que sean eficaces. Los liberales entienden que la mayoría no puede decidir democráticamente limitar la riqueza, porque eso quebrantaría el perímetro inviolable. También porque consideran que vivimos en un sistema meritocrático en el que nadie debe nada a nadie. La riqueza reflejaría, dicen, lo que cada uno merece, su esfuerzo, su capacidad de sacrificio, de auto-organización vital [risas del público]. Una ceguera convertida en costumbre les impide ver el enorme esfuerzo colectivo en el que asientan nuestras vidas individuales, que nunca lo son, si son verdaderamente vidas humanas.

Sólo ese ingente trabajo colectivo que nos precede nos permite ser lo que somos, tener proyectos, tener derechos. Nadie es emprendedor en el vacío, todo el mundo se asienta (también ellos) en unas aceras, unos alcantarillados, un alumbrado, una educación, una literatura, una historia de la filosofía, una artesanía, una seguridad jurídica, una seguridad ciudadana, un mercado regulado… que implican y presuponen interacción humana, y condiciones materiales sostenidas públicamente, con fondos aportados por todos. Como explicaba la filósofa Celia Amorós, no somos hongos hobbesianos, que surjan por generación espontánea o, más bien, esos presuntos hongos hobbesianos son en realidad setas venenosas, como ella decía[5]. Por eso hay que insistir, contra la propaganda neoliberal, que la supuesta meritocracia es un fraude. Y por eso también es necesario establecer y mantener sistemas públicos que puedan contrarrestar y poner coto a los imperios empresariales, que sin ese contrapeso público-democrático pueden llegar a tener una influencia decisiva pero ilegítima.

Pensemos en los medios de comunicación: no hace falta censura explícita cuando los bancos y las grandes empresas son las que financian los medios y, por lo mismo, los puestos de trabajo en el periodismo. En esas circunstancias ¿en qué se queda la libertad de prensa? En nada.

El filósofo italiano Domenico Losurdo demuestra con toda precisión histórica que la tradición liberal está plagada de cláusulas de exclusión, que siempre ha visto la democracia como un obstáculo, como la tiranía de los pobres y de la plebe. Lo ha explicado a la perfección por lo que se refiere a la esclavitud: no es algo que perdurara a pesar del éxito de las revoluciones liberales; por el contrario, es después de este éxito cuando alcanzó su máximo desarrollo[6].

Con todo, lo anterior no es óbice para que las personas y los movimientos sociales de izquierdas seamos también liberales en los terrenos de la ética y de la política, y hablemos en el lenguaje de los derechos. Por eso hemos coincidido en determinadas reivindicaciones con el liberalismo, como ocurre con la demanda de despenalización del comercio y el uso recreativo o terapéutico de drogas[7]. También, la lucha a favor de la muerte digna o por la libertad sexual son terrenos en los que coincidimos con el liberalismo político. Y, desde luego, en el feminismo se producen este tipo de convergencias: al margen de que exista un feminismo expresamente liberal, el planteamiento del derecho al aborto en términos de auto-propiedad sobre nuestro cuerpo (“mi cuerpo es mío” ergo hago con él lo que quiero, habitual en el feminismo en general) lo pone de manifiesto[8].

Pero conviene en este punto señalar algo más: César Rendueles nos recuerda que el historiador socialista R. H. Tawney escribió en una ocasión que el verdadero lenguaje de la transformación política no es el de los derechos, sino el de los deberes[9]. Cuestión que nos adentra en una reflexión nada trivial: ¿tendríamos que concebir, acaso, la reivindicación política en términos no de derechos individuales sino de obligaciones colectivas? ¿qué implicaciones teóricas y políticas tendría hacerlo así?

De lo que no cabe duda es de que para no vaciar de contenido el concepto de derechos hemos de cuestionar, discutir y negar la inviolabilidad del capital. Urge reforzar la democracia y lo público frente a y contra el capital. Poner de manifiesto que los derechos individuales generalizados (la libertad de conciencia, de opinión, la sexual, etc.) pasan necesariamente por disfrutar de condiciones materiales de existencia. Unas condiciones dignas de existencia generalizadas y universales que se han revelado ya, fuera de toda duda razonable, incompatibles con los niveles extremos de riqueza de algunos individuos. Los niveles de riqueza extremos se derivan siempre de abusos, sobreexplotación de terceras personas, corrupción y fraude, no del trabajo duro, la diligencia personal y la previsión, como la mitología liberal-meritocrática gusta repetir.

Sí, hay que poner límites a la riqueza, pero no por inmoral (que efectivamente lo es a partir de una dimensión difícil de determinar y que habría que establecer), sino por incompatible con la vida en el planeta a medio y corto plazo ya. A veces, una pose inmoralista-nietzscheana hace que evitemos considerar obsceno el hecho de que alguien posea aviones privados, o se pueda comprar una isla o un país entero. Creo que no deberíamos tener reparo en decir que es inmoral, pero ese no es el argumento principal. Lo fundamental es que es técnica, política y jurídicamente insostenible.

Nadie piense que se trata de ideas en las nubes. Remito a la denuncia que hacen, entre otros, Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro del imperio transnacional de la lex mercatoria. Sus trabajos muestran con todo rigor cómo mediante dicha ley el capital internacional ha construido una espesa maraña de normas y excepciones a la carta al servicio de sus intereses corporativos[10].La lex mercatoria ya no es, como fue en su origen, aquella ley mercante que regulaba el comercio en la Europa medieval. Hoy es una estructura jurídica que garantiza y blinda los beneficios de las empresas transnacionales en toda circunstancia. Los autores la llaman “arquitectura de la impunidad”. El liberalismo clásico había puesto de manifiesto la relación estrecha que hay entre libertad y responsabilidad, en la cual se fundamenta la idea del mérito personal. Pero la lex mercatoria, que regula en el ámbito internacional las transacciones comerciales, aunque protege los intereses de las empresas (a los que llama “derechos”) no establece obligaciones correlativas para ellas, desplazando éstas a las regulaciones estatales. El enorme poder de coacción y chantaje que tienen y usan estas empresas condiciona después la legislación de muchos países, con lo cual se cierra el círculo de la arquitectura de la impunidad. Amnistía Internacional ha denunciado que muchas empresas multinacionales han adquirido un poder y una influencia sin precedentes y no hay mecanismos efectivos para impedir que dichas empresas cometan vulneraciones de derechos humanos o para que rindan cuentas de sus actos. Las defensoras de derechos humanos en Latinoamérica lo saben bien: lo sufren en sus carnes, literalmente, al precio de su propia vida, como han puesto de manifiesto los casos de Berta Cáceres o Marielle Franco, entre otras muchas defensoras.

Si el capitalismo es un modo de producción y un sistema económico, el neoliberalismo es su ideología legitimadora[11].Democracia o capitalismo no es un eslogan ni un hashtag para redes sociales. Es una cruda y real disyuntiva. Decía al principio que, en el límite, el liberalismo y la democracia son incompatibles. En muchos lugares han llegado al límite hace rato. Hablar de democracias liberales en este contexto es ya demasiada postverdad. De hecho, la disyuntiva no es solo entre capitalismo y democracia. Estamos ante la tesitura de tener que elegir entre el capitalismo o la vida. La lucha por la vida y la lucha por la democracia son, en su misma entraña, luchas anticapitalistas.

22/02/2022

Tere Maldonado pertenece a feministAlde y es profesora de filosofía

[1]En el estudio del surgimiento y el desarrollo de la categoría de individuos, los trabajos del antropólogo Louis Dumont son el locus classicus ineludible, en especial sus Ensayos sobre el individualismo, una perspectiva antropológica sobre la ideología moderna (Alianza Editorial, 1987).

[2]Eduardo Aznar Vallejo, Vivir en la Edad Media (Arco libros, 2017, 3ª edición). Tal vez se incurra en anacronismo también al hablar de “discriminación” en la Edad Media: para que pueda haberla tiene que darse un horizonte normativo mínimamente igualitario en relación con el cual se produzca la discriminación (lo que no es el caso en el Medievo, en cuya normatividad, precisamente se establece de forma central el trato desigual).

[3]Jacques Rancière,El odio a la democracia (Amorrortu, 2006).

[4] Cfr. En las ruinas del noeliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente, de Wendy Brown (Traficantes de Sueños, 2021).

[5] Celia Amorós, “Hongos hobbesianos, setas venenosas”, en Mientras tanto/48 (1992).

[6]DomenicoLosurdo, Contrahistoria del liberalismo (El Viejo Topo, 2007).

[7] Thomas Szasz, Nuestro derecho a las drogas (Anagrama, 1993), traducción y prólogo de Antonio Escohotado, que ha sido el gran defensor en España de la despenalización y liberalización del comercio y el uso de drogas, además de gran apologista del liberalismo, tanto político como económico.

[8] Esta cuestión del carácter liberal de algunas reivindicaciones feministas (y las aporías a las que ello nos aboca) exige un desarrollo mucho más profundo y extenso en el que no puedo entrar aquí.

[9] César Rendueles, Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista (Seix Barral, 2020).

[10]Juan Hernández Zubizarreta y Pedro Ramiro, Contra la ‘Lex Mercatoria’. Propuestas y alternativas para desmantelar el poder de empresas transnacionales(Icaria, 2015).

[11]Como se ha dicho muchas veces, es un sistema económico que ha desbordado el campo de la economía y ha invadido el de la sociedad,y de paso todas las facetas y esferas de la vida (de manera que no vivimos sólo en una economía capitalista sino,directamente,en una sociedad capitalista).

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