LO QUE PUEDE EL DINERO

La absoluta desfachatez con la que la Sala 3ª del Tribunal Supremo anunciaba el 6 de noviembre la revocación de la sentencia dictada tan sólo 19 días antes y que, contra toda lógica legal, desdecía sus propias decisiones dictaminando que el impuesto de Actos Jurídicos Documentados de las hipotecas tenía que seguir pagándolo el cliente, ha supuesto un gravísimo deterioro de la confianza de millones de ciudadanos en la justicia, al comprobar de forma palpable como el más alto tribunal del país se ha plegado a las exigencias del poder económico, aunque eso haya supuesto enfangar en el mayor de los descréditos a uno de los pilares del estado democrático.

Desde que, hace menos de un mes, el Supremo dio a conocer la primera sentencia que eximía al comprador de asumir el coste del impuesto, los mismos bancos que en los primeros 6 meses de este año han obtenido unas ganancias de más de 8.600 millones de euros no han parado de hacer ruido mediático (hay quien dice que incluso algunas llamadas telefónicas), asustando a los accionistas y amenazando con repercutir el nuevo gasto en las futuras hipotecas, aunque sea a costa de exprimir, una vez más, el bolsillo de la ciudadanía depauperada in extremis por toda una década de crisis.

Dice Moody’s, el gran oráculo del latrocinio global, que el coste que tendría que asumir la banca española, si finalmente fuese quien tuviese que pagar el impuesto de marras, ascendería a unos 640 millones anuales. Es decir, aproximadamente un 1% del capital que todos los ciudadanos de este país tuvimos que aportar contra nuestra voluntad en 2012 para rescatar unas entidades financieras presuntamente arruinadas: 62.000 millones de euros nos costó aquella broma, de los que a día de hoy solo se han recuperado poco más de 4.000.

El chorreo sin límite de dinero público que han venido destinando desde hace lustros los diferentes gobiernos para cuestiones que se escapan por completo al control ciudadano solo es comparable en magnitud y gravedad a los sacrificios y penurias que se han infligido a los habitantes de este país con excusas tan cínicas y despreciables como la de “Es el mercado, amigo”. Se estima que en los últimos 10 años se han producido en España más de 450.000 desahucios. Solo en 2017, cuando el gobierno de turno y sus palmeros se jactaban de que ya había pasado lo peor de la crisis, hubo un total de 22.330 familias que perdieron sus casas por no poder hacer frente a las hipotecas, y otras 35.666 que fueron desalojadas de sus viviendas por no poder seguir pagando la renta. Es decir, más o menos han sido 100 familias al día, o 4 a la hora las que se han quedado sin cobijo de la noche a la mañana. Algo que cada vez parece estar más directamente relacionado con el constante aumento del precio del alquiler, especialmente en ciudades como Barcelona o Madrid, que están provocando los holdings inmobiliarios que han ido creciendo gracias a la permisividad de la legislación frente a los llamados fondos buitre.

Y al tiempo que la vivienda, las pensiones, la dependencia, la sanidad o la enseñanza se deteriora a pasos de gigante; al tiempo que la precariedad, la temporalidad y el paro se afianzan y se enquistan aquellos mismos bancos, instituciones económicas y agencias de calificación de riesgo que no dudan en boicotear, extorsionar o amenazar a estamentos y gobiernos para asegurar a los suyos obscenos beneficios, son los primeros que auguran la fractura irremediable del “sistema” si en España se sube el salario mínimo 165 euros al mes, a pesar de que en los últimos 10 años haya disminuido en términos reales cerca de un 4%, mientras que el precio de la vida no ha parado de aumentar.

Sin embargo, esos tremebundos vaticinios, que los poderosos achacan a la aplicación de una más que tímida subida del jornal de los trabajadores, desaparecen por arte de magia cuando se trata de estipular, por ejemplo, el sueldo de la jefatura del estado, la casa real, la casa del rey, los primos, sobrinos, allegados y conocidos: 240.000 euros al año para el ciudadano Borbón; 130.000 para la cónyuge: 194.000 y 109.000, respectivamente, para el emérito y la emérita… En total, 8 millones de euros anuales en mantener una institución obsoleta, salpicada por escándalos y oscuros negocios protagonizados por algunos de sus miembros, sean de sangre o consortes que, además, se permiten el descaro, como es el caso de la ciudadana Cristina de Borbón, no solo de acudir hace pocos días al cumpleaños de su madre cuando por decencia debería de pisar este país lo menos posible, sino que además no duda en posar en la consabida foto de familia colocándose en el centro y vestida de color rojo.

La paciencia de los españoles, vamos a llamarla así, está más que avalada por la historia. No en balde el genocida Franco murió en la cama, la jefatura del estado se trasmitió por decreto ley, la transición se impuso a base de todas las tretas que se consideraron necesarias y el himno, la bandera y la policía, entre otras muchas cosas, se heredaron directamente de la dictadura. Pero, también es cierto que esa paciencia (vamos a seguir llamándola así) se consiguió imponer a base de terror, de hambre, de fosas comunes, de represión salvaje y de muchas, muchas misas y hoy, afortunadamente, aquel miedo que domesticó nuestra paciencia ya no es el que era. Este país ha empezado a darse cuenta de que algunos controlan el poder y otros, muchos más, podemos controlar la calle. Las protestas de los ciudadanos, las movilizaciones de los pensionistas, las mareas de todos los colores, las organizaciones vecinales, los colectivos sociales, en resumen, la gente decente está decidida a defender sus derechos y lo poco que han conseguido salvar del expolio. Basta ya de impunidad; basta ya de engaños y de colegueos. No hay nada peor para el mantenimiento de la paz social que institucionalizar la estafa y a los estafadores, sobre todo cuando la responsabilidad de todo ello recae en quien más debería de velar por la defensa de la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos: la Justicia y los que la representan.

 

LO QUE PUEDE EL DINERO

Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
al torpe hace discreto y hombre de respetar;
hace correr al cojo y al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación;
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades,
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras, de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y muchos ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados,
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto muchos curas en sus predicaciones
despreciar al dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir
mas si huelen que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor:
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor;
toda cosa del siglo se hace por su amor.

Letra: Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. Música: Paco Ibáñez. 1969.

 

Protesta ciudadana frente al Tribunal Supremo. Madrid 6 de noviembre de 2018.

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