LA GUERRA: BATALLA DE VILLAREAL. Memorias del miliciano Isidoro Andreu XI

Continuamos con la publicación del documento de las Memorias de un Miliciano que inciamos con NACE UN REPUBLICANO. Memorias del miliciano Isidoro Andreu (I).  En él se recogen las vivencias del bilbaíno Isidoro Andreu, desde su incorporación al frente de Álava hasta la retirada por Cantabria y su caída prisionero en la plaza de toros de Santander. Estos días harán 86 años de la única ofensiva del ejército de Euzkadi en los 11 meses de guerra, el objetivo era conquistar Vitoria y aliviar el frente de Madrid. La ofensiva comenzó al amanecer del 30 de noviembre cuando los integrantes del segundo batallón de la UGT. atacaron, aún de noche, a la guarnición que custodiaba el embalse del Gorbea, que daba de beber a los 38.000 vitorianos de la época. Los combates se prolongaron hasta el 23 de diciembre y el bando rebelde resistió inesperadamente, fracasando la operación.

A partir de aquella tarde, los acontecimientos se precipitaron. Pocos días después, un atardecer nos mandaron formar ante el Casino, nos llenaron a tope las cartucheras, incluyeron en nuestro equipo dos bombas de piña por miliciano, dos latas de atún, dos de sardinas, una tableta de chocolate, otra de membrillo, nos llenaron las cantimploras de “salta- parapetos” y cuando aún no habíamos salido de nuestro pasmo ya estaba llegando frente a nosotros una caravana de autobuses, donde nos embarcaron.

Todo fue tan imprevisto que nadie pudo avisar a sus familiares que salíamos de nuevo para el frente. Enseguida comprendimos que aquella vez íbamos a ser nosotros los atacantes y que, por lo tanto, la sorpresa inicial del enemigo nos favorecería, por lo que todos asumimos nuestra propia sorpresa. Después de pocos kilómetros de recorrido fue evidente que esta vez nuestro destino iba a ser el frente de Álava. La noche era muy oscura y había comenzado a llover intensamente. La subida por Barazar fue lentísima pues todos los autobuses llevaban la luz corta y con los faros ahumados. A pesar de esto, al llegar al alto, comprendimos que los “fachas” estarían ya viendo, como nosotros, las luces de aquella inmensa serpiente fosforescente que se arrastraba hacia la cumbre, ciñéndose a todas las curvas de la carretera, durante muchos kilómetros.

Por fin, hacía las diez de la noche, llegamos a Ubidea y nos alojaron por secciones en las casas del pueblo; mi sección ocupó un cálido pajar y yo preparaba ya mi “nido” cuando entró el teniente y nos espabiló el sueño de golpe. Nos explicó que al amanecer atacaríamos y que nuestro objetivo era Vitoria. A las doce de la noche nos pondríamos en marcha acompañados por un guía que, bordeando el Gorbea, nos conduciría sobre el pueblo que tendríamos que tomar inicialmente; que la marcha nocturna duraría de cuatro a cinco horas y entregó a dos camaradas un fusil ametrallador enseñándoles someramente su funcionamiento, acompañando su explicación con un folleto. A los demás nos repartió otros que nos explicaban como protegernos de los distintos tipos de granadas que podría utilizar la artillería enemiga. (rompedoras, huecas, sparnell, etc.). Se nos explicaba mediante gravados como hacer la primera cura a los Heridos (huesos fracturados, heridas en el vientre, en la cabeza, etc.). Como utilizar la bayoneta, donde y como clavarla para que fuera mas mortífera la herida etc.

Cuando se marchaba nos dijo que tendríamos aproximadamente dos horas para empollar y que de lo asimilado podía depender que en las próximas horas estaríamos vivos o muertos.

Cuando nos dejó solos, se podía oír en el pajar el vuelo de una mosca, aquel imprevisto y macabro cursillo, impartido a la débil y vacilante luz de un candil de carburo, en el destartalado pajar de un caserío mientras la lluvia crepitaba sobre las tejas, nos hundió en una total depresión. Cuando reaccioné un poco, las preguntas que me hacía se amontonaban en mi cabeza ¿aquello era un ejercito o un malcomió dirigido por orates? ¿Cómo no nos habían enseñado cosas tan vitales para nuestra supervivencia en nuestros largos meses de anodina preparación y ahora pretendían que nos lo metiéramos en la cabeza en las dos horas precedentes a una ofensiva en la que íbamos a jugarnos la vida? ¿Con qué moral íbamos a lanzarnos al ataque cuando habían puesto, ahora precisamente, ante nuestros ojos, aquellos folletos donde aparecían horripilantes imágenes de heridas? ¿Dónde estaban las gomas contra hemorragias que sacaban de sus macutos los soldados del grabado? ¿Donde estaban nuestros sanitarios de primera línea?

Todo aquel caos que bullía en mi cabeza se fue poco a poco condensando en una inquietante conclusión. En nuestras filas no solo faltaban mandos intermedios. Estaba claro que en niveles mucho más elevados faltaba el cerebro necesario para organizar y dirigir aquella aventura. Ante aquel tremendo alarde de improvisación, en momentos tan decisivos como los que íbamos a afrontar aquella noche, solo se podía deducir una cosa: aquel ejército tenía miles de corazones pero no tenía cabeza.

Esta conclusión llenó mi ánimo de ansiedad y de zozobra, hasta tal punto, que empecé a desear que terminase cuanto antes aquella insoportable espera y nos pusiéramos en marcha de una vez a enfrentarnos a nuestro destino.

Por fin, llegó la orden de prepararnos a abandonar el caserío. Nos colocamos las cartucheras, cargamos con nuestras mantas y mochilas y formamos la Compañía en la carretera, bajo la lluvia inclemente que no cesaba. Se nos advirtió que íbamos a internarnos en el monte en fila india, con un guía a cabeza y que era vital que nadie perdiese de vista al hombre que caminaba delante para evitar perderse.

Así lo hicimos y nuestra compañía inició la marcha, convertida en una larga y sinuosa oruga procesionaria.

Al poco tiempo de caminar por el monte, perdidas ya en la lejanía las pocas luces de Ubidea, nuestra marcha se hizo tan penosa como el caminar por el interior de un negro túnel. Estaba la noche tan oscura que había que forzar la vista para conseguir ver la silueta del camarada que nos precedía; el miedo a despistarnos hacía que no mirásemos donde poníamos el pie, por lo que los tropezones y las caídas menudeaban. No sabíamos siquiera la anchura que podía tener el sendero, ni si teníamos el vacío por la izquierda o por la derecha, por lo que era imprescindible seguir los pasos del camarada que nos servía de lazarillo. Nos habían prohibido terminantemente el fumar y el hablar en voz alta, por lo que los tropezones no tenían ni el alivio de una buena imprecación.

Pasaron las horas, dos, tres, cuatro horas y seguíamos nuestro caminar de topos. Yo observaba que, a partir de la primera hora aproximadamente, el camino había dejado de subir y ahora no tenía pendiente, con largos trechos sin desnivel, por lo que me pareció que estábamos bordeando las laderas de un monte que no podía ser otro que el Gorbea. Seguía lloviendo incesantemente y a pesar del ejercicio de la marcha empezaba a notar frío y cansancio.

De pronto la procesionaria detuvo la marcha y todos creímos que, por fin, nos daban un descanso. Nos sentamos sobre el húmedo suelo y se iniciaron algunas tímidas conversaciones en voz baja. Callamos enseguida pues llegó el sargento que nos ordenó tener la máxima vigilancia, porque nuestro pelotón, que caminaba a la cola de la compañía se había desconectado de esta en una bifurcación del camino y ahora estábamos perdidos en el monte. Nos recomendó calma y silencio total, hasta que regresasen los enlaces que habían salido para conectar de nuevo.

Durante bastantes minutos estuvimos acordándonos todos de la madre del cretino causante de aquella situación, sin atrevernos a respirar, pues ignorábamos si en aquellos momentos estábamos en campo republicano o detrás de las líneas rebeldes. De ser así, en cuanto amaneciera nos podían cazar como a conejos.

Había pasado una eternidad de tiempo cuando apareció un enlace, acompañado del guía de la compañía, quienes habían salido en nuestra búsqueda, Ya mas tranquilos, nos pusimos nuevamente en marcha y a los pocos minutos de caminar llegamos a las que iban a ser nuestras posiciones de ataque.

Durante nuestra larga marcha de aproximación habíamos perdido toda noción del tiempo. No sabíamos cuantas horas habíamos caminado en plena oscuridad y bajo la lluvia. No sabíamos cuanto faltaba para amanecer y ahora allí, desplegados y tumbados sobre la hierba mojada, tratábamos de escudriñar las tinieblas para ver el terreno sobre el que tendríamos que luchar. Se nos había vuelto a reiterar la orden de no hablar y sobre todo no fumar. Los minutos pasaban lentos y la tensión nerviosa se hacía insoportable, cuando observe de pronto que la oscuridad en la que estábamos inmersos se iba haciendo menos agobiante. Lentamente, comenzaba a emerger ante nuestros ojos, difusos contornos de la naturaleza que nos rodeaba. La sombra, cerrada y hosca de aquella larga noche, emprendía su retirada ante el avance del alba, que ya despuntaba.

Empezábamos a ver nuestra situación. Estábamos desplegados en lo alto de una ladera de unos doscientos metros de bajada, cubierta a trechos por grupos de robles y cuyo fondo se convertía en una barrancada por la que discurría un pequeño arroyo. Al otro lado del arroyo un corto ribazo, poco empinado, y a continuación un muro, no muy alto, detrás del cual estaba la carretera que iba a ser nuestro primer objetivo.

La carretera discurría paralela al arroyo y a la izquierda este se iba ensanchando a medida que se acercaba a un pequeño embalse cuya presa, aunque lejana, estaba también a la vista.

Apenas habíamos tenido tiempo de ver nuestra situación, cuando, en un susurro, una orden circuló de boca en boca por nuestra línea. ¡Calad la bayoneta! ¡Calad la bayoneta! ¡Calad la bayoneta!. El clip frío y metálico que se oyó en el silencio del amanecer al cumplirse la orden, me erizó el cabello.

Siguieron unos momentos de angustiosa espera y de pronto, el sereno silencio del amanecer salto roto en mil retumbantes ecos, producidos por el alarido metálico de una trompeta tocando al ataque. Fue el amanecer del día treinta de noviembre de 1.936 y ese amanecer fue el último de su vida para centenares de camaradas.

Nuestro teniente, el gallego Nogueira, se pone en pie de un salto y dirigiéndose a nosotros nos grita  

¡Adelante rapaces, a por ellos!

 A este grito toda la sección nos lanzamos como locos ladera abajo. De repente, había desaparecido nuestro cansancio, nuestras dudas y nuestros temores y empezaba a funcionar nuestro instinto de supervivencia. Había que tomar aquella carretera cuanto antes, había que salvar aquellos doscientos metros de bajada en descubierta antes que nos alcanzara una bala de la muchas que silbaban ya alrededor. Del muro de la carretera surgían rojos y continuos resplandores que buscaban nuestros cuerpos, pero nosotros continuábamos nuestra alucinante carrera hacia aquella meta. Tropiezo en una raíz y caigo rodando varios metros.

¿ Te han herido camarada?

          ¡No, sigue corriendo!

Me incorporo y les alcanzo. Me doy cuenta de que en mi caída no he soltado el fusil, de lo crispadas que llevo mis manos sobre su culata. Una ametralladora comienza a ladrar cuando estamos atravesando un pequeño hayal y sobre nuestras cabezas cae una lluvia de hojas y pequeñas ramas segadas por sus balas. A nuestra izquierda, hacía el embalse, el tableteo de las ametralladoras es incesante. Frente a nosotros, la carretera y su muro están ya solo a cien metros, pero no cesa el fuego de fusil de sus defensores. De repente, desde lo alto de nuestra ladera, empieza a sonar el tap-tap-tap y enseguida son dos las armas automáticas que lanzan una lluvia de plomo que, pasando sobre nuestras cabezas, comienza a pespuntear de pequeños surtidores de tierra la carretera y el muro, protegiendo nuestro ataque. Mientras sigo corriendo como un loco hacía ella doy fervorosamente las gracias a los camaradas que tan bien han asimilado el cursillo del pajar.

         ¡Adelante, adelante, que ya tenemos el arroyo ante nuestros ojos!

 Lo cruzamos de un salto, subimos el ribazo y ya estamos al pie del muro; ahora corremos el riesgo de que nos mate una bala de nuestros propios fusiles ametralladores, pero no, estos han cesado de disparar. En unos segundos lanzamos varias granadas de mano al otro lado del paredón que estallan sobre la carretera. Cuando se produce la última explosión trepamos sobre el muro, nos ponemos a caballo sobre el y nos dejamos caer al otro lado. Suenan unos disparos y el miliciano que va a mi lado se desploma como un fardo. Hemos saltado un pequeño grupo y ya en “nuestra “carretera nos tumbamos sobre el suelo y disparamos sobre varias sombras que huyen carretera adelante. Tratamos de ayudar al camarada caído pero tiene la cabeza destrozada por un balazo.

La primera parte de la operación está terminada y el teniente Nogueira nos reagrupa rápidamente. Nadie se atreve a preguntar cuantos han caído sobre la ladera y nos ordena avanzar en dos filas, una pegada al amparo del muro y la otra por la parte opuesta. Despacio y los ojos bien abiertos, pues en cada recodo podemos recibir un balazo. A los pocos metros, tumbados bajo el pretil de la carretera, dos guardias civiles muertos nos miran sin vernos. Un poco mas adelante tenemos que pasar por encima de tres cadáveres más.

Según avanzamos hacia el embalse va oyéndose mas claro el fragor del combate que por su posesión se desarrolla. Los camaradas que están atacando frontalmente la presa, tratando de pasar sobre ella, lo tienen muy crudo. Si podemos seguir nuestro avance nuestra ayuda puede ser decisiva, pues nosotros ya estamos al otro lado de ella y podemos cogerles entre dos fuegos. En esto voy pensando cuando de pronto, a la vuelta de un recodo, aparece un pequeño chalet, con un bosquecillo a sus espaldas. Tenemos el tiempo justo de tirarnos al suelo cuando dos de sus ventanas empiezan a escupir fuego. Nos desplegamos y concentramos sobre ellas nuestros disparos. El tiroteo dura varios minutos y el teniente Nogueira se impacienta. Coge dos granadas de mano y nos ordena disparar lo más intensamente posible sobre las ventanas. Durante unos segundos una granizada de balas no permite asomar las narices a ningún guardia. Los suficientes para que en una veloz carrera llegue hasta el porche y desde allí lance una bomba de mano dentro de la casa. Cuando estalla se hace un profundo silencio y a los gritos del teniente nos lanzamos sobre las ventanas del porche y penetramos en ella. Me encuentro en una sala con una hermosa chimenea encendida y en el suelo un gran charco de sangre rodea los cuerpos acribillados por la metralla de dos guardias civiles. Un reguero de sangre sigue por un pasillo y termina en el cuarto de baño, cuya ventana esta abierta. Me asomo a ella y aun puedo divisar a un guardia civil que, cojeando, se interna en el bosque. Inspeccionamos la otra habitación y bajo su ventana está el cadáver de un guardia civil, con un agujero en la cara. Entramos en la cocina y junto al fuego hay una mesa preparada con seis tazones, una perola de leche y varios chuscos. Por los tazones comprendemos que han sido tres los guardias que han escapado por la ventana del baño.

Nos repartimos los chuscos y salimos a la carretera, continuando nuestro avance hacia el foco del tiroteo, que ha disminuido en intensidad. Han callado las ametralladoras y solo se escucha fuego de fusilaría y sobre este retumba ahora el estampido de las bombas de mano.

Aligeramos nuestra cauta marcha y ahora avanzamos casi a la carrera, pues comprendemos lo que está pasando. En efecto, nuestros camaradas de la primera compañía han conseguido cruzar la presa y el enemigo se bate en retirada, que se convierte en fuga cuando nos ven aparecer a nosotros por uno de sus flancos.

La operación ha sido un éxito, pero al pasar junto al embalse vemos que se ha pagado un precio muy alto. Sobre el muro de la presa hay varios milicianos muertos, y en las aguas del embalse se mecen, con trágico vaivén, varios cadáveres que también pertenecen a hombre de nuestro batallón.

Seguimos por la carretera que está jalonada, de trecho en trecho, por cuerpos de guardias civiles muertos, pero ahora observamos que, junto a ellos, también hay soldados pertenecientes sin duda a algún regimiento de guarnición en Vitoria. Nuestra sección deja la carretera y se interna por la derecha en un bosquecillo en el que la marcha se hace más lenta. Al resguardo de los árboles avanzamos con el dedo en el gatillo, tratando de ver a un enemigo invisible, aunque presente, por que las balas siguen zumbando y el sonido de los disparos lo tenemos de frente. Seguimos avanzando y el bosque parece no acabar nunca, hasta que de pronto, entre los árboles, divisamos el campanario de una iglesia. Allí, a nuestra izquierda, al final de la carretera que tanta sangre nos ha costado, está el pueblo de Murua. Ahora comprendemos que la maniobra para tomarlo va a ser la misma empleada para tomar el embalse. Nuestra primera compañía, que ha seguido el avance por la carretera, va a atacar el pueblo directamente, mientras nosotros vamos a envolverlo por la derecha.

Salimos del bosque avanzando con recelo y observamos que el paqueo que soportamos hasta ahora ha ido disminuyendo, mientras que a nuestra izquierda, frente a Murua, la batalla se ha desatado de nuevo. Los disparos de fusilaría son incesantes y sobre ellos suena otra vez la música mortal de las ametralladoras, acompañadas por el sonido electrizante de la corneta que repite incesantemente el toque de ataque.

Estamos en una pequeña loma que domina el pueblo desde su derecha y nos lanzamos veloces sobre las primeras casas. Nos posicionamos frente a ellas y tenemos unos segundos de duda. Nadie nos hace frente, algunas de sus ventanas tienen las luces encendidas y llegamos a la conclusión de que está ocupada por sus moradores. Estamos perplejos hasta que Nogueira reacciona y nos ordena cubrirle. Corre como una liebre hasta la casa mas cercana, de una patada abre la puerta y con la pistola en la mano se adentra en ella. Durante un momento angustioso nos quedamos sin aliento, pero enseguida reaparece en una ventana y nos hace señas para que nos acerquemos. Entramos por la puerta pateada y nos encontramos con una situación inesperada. Allí, ante el hermoso fuego de una chimenea de campana está nuestro teniente, tratando de tranquilizar a dos mujeres y tres niños que nos miran despavoridos.

Por ellas nos enteramos que hace más de una hora que el enemigo ha abandonado el pueblo, dejando solo un escuadrón de caballería del regimiento de Farnesio atrincherado en la iglesia para retrasar nuestro avance.

Con estos datos, el teniente ordenó que seis milicianos, yo incluido, esperemos allí nuevas ordenes mientras que el con el resto de la sección, sale de reconocimiento por aquel sector del pueblo, para comprobar si es cierto lo que nos han dicho.

Cuando quedamos solos, le pedimos a la mujer de más edad que nos caliente unos tazones de leche, cosa que hace sin excesiva cordialidad. Enseguida comprendemos por su actitud, que no nos reciben precisamente como a libertadores; sobre todo los niños parecen extrañados de no vernos los cuernos y el rabo.

A los pocos minutos regresan nuestros camaradas sin haber encontrado enemigos, y nos desplegamos, bordeando las casas, en dirección a la parte trasera de la iglesia, para cortar la retirada a los soldados que aún se defienden en su interior. El fuego de fusilería era muy intenso y cuando llegamos junto a ella nos parapetamos tras la tapia de una huerta que la domina por detrás. Está claro que la mole de su torre la convierte en un fortín, en el que se estrellan las balas de nuestros fusiles. Sería blanco fácil para un cañón, pero no lo tenemos y tomarla al asalto nos puede costar muchas bajas. La puerta trasera que divisamos parece muy recia. Encima hay dos pequeñas ojivas laterales, con vidrios coloreados y sus correspondientes rejas. La cosa está difícil, pero de pronto, un fusil ametrallador acribilla sus vidrios de colorines y un miliciano sale a la carrera de un portal, cruza la calle y colocándose debajo de una de las ojivas lanza una granda que se cuela limpiamente a través de la verja. A su estallido sigue un horripilante pandemonium de gritos humanos, coceos sobre las paredes y relinchos espeluznantes de caballos heridos, que patean sobre la puerta desesperadamente. La granada ha hecho explosión sobre ellos y los ha enloquecido, convirtiendo el interior de la iglesia en un infierno dantesco. Los relinchos de las pobres bestias son tan insoportables que me tengo que tapar los oídos para librarme de ellos. Los efectos sobre la moral de los encerrados es inmediato, pues de pronto aparece en el campanario un palo en el que ondea un trapo blanco. Se les ordena salir sin las armas, se abre la puerta y se produce una horrible estampida de caballos aterrados y cubiertos de sangre, que se desparraman coceando y relinchando por los campos vecinos. A continuación, salen los soldados con las manos en alto y los rostros lívidos de pavor, pero pronto se tranquilizan con el trato que reciben. Son reclutas, gente del pueblo y no tienen por que temer represalias.

La Batalla de Villarreal de Álava de Josu Aguirregabiria

Rendida la iglesia, Murua es nuestro e inmediatamente reanudamos nuestro avance en sentido oblicuo hacía la derecha. El terreno está formado por una serie de lomas bajas y alargadas y al coronar una de ellas tenemos al alcance de nuestros fusiles la carretera general y al fondo de la llanada alavesa se adivina Vitoria. A nuestra izquierda, en la lejanía, el sector de Villarreal está en plena batalla y el fuego de fusilería y ametralladoras es muy intenso intercalado con el sordo retumbar de la artillería. Entre nosotros y Vitoria no hay prácticamente enemigo, pues solo soportamos algún ligero paqueo intermitente. De pronto, cambia la situación y al débil tiroteo frontal le sustituye unas cerradas descargas desde nuestro flanco derecho que nos obliga a suspender nuestro avance y arrojarnos rápidos al suelo. Estamos desconcertados, pues los disparos proceden de la zona de Gopegui, pueblo que creíamos ya nuestro. El teniente se huele lo que está ocurriendo y envía dos enlaces, con telégrafo de banderas, al borde de la loma. Estos, jugándose el tipo, consiguen comunicar el nombre de nuestro batallón y el fuego cesa inmediatamente. Quien nos estaba asando a tiros era el batallón nacionalista que había tomado Gopegui y que al vernos, a lo lejos, nos habían tomado por rebeldes en retirada hacía Vitoria.

Después de este incidente, estaba claro que nuestra sección había avanzado mas de lo previsto por el mando del sector, por lo que Nogueira, hasta recibir ordenes, nos mandó protegernos del paqueo como pudiéramos y aprovechar la pausa para comer algo de nuestro rancho frío. Mientras me comía una lata de sardinas, acompañada de un chusco de pan de los guardias civiles muertos, yo observaba el terreno que tenía ante los ojos, en una amplia panorámica. En el extremo derecho del frente de combate, el más cercano a Vitoria, estábamos nosotros; en el centro, hacía nuestra izquierda, estaban los pueblos de Eribe, Nafarrete y Elosu, donde ya no se combatía, por lo que supuse que estaban en nuestro poder. Mas a la izquierda todavía, en el otro extremo de la línea de fuego, estaba Villarreal y de allí, aunque lejano, resonaba el fragor de la batalla, que debía ser muy dura a juzgar por la horas que estaba durando.

Ante aquella especie de mapa en relieve que tenía ante mis ojos, comprendí claramente porque se había frenado nuestro avance hacía Vitoria. Para proseguirlo era vital la posesión y utilización de la carretera general Vitoria-Bilbao por Barazar y por Urkiola y la llave para abrirla era Villarreal. Los rebeldes lo sabían y habían concentrado allí su resistencia. Comprendí enseguida que si aquella batalla no se ganaba en la próximas horas, habría fracasado el factor sorpresa y al día siguiente tendrían todos los refuerzos necesarios, incluida la temible aviación para abortar nuestra ofensiva.

Ante esta posibilidad, la sola idea de una retirada por la única salida que tendríamos de aquella ratonera y que no era otra que los senderos de montaña, me llenó de preocupación. De aquellos funestos augurios me sacó la llegada de un pelotón de relevo. Cedimos nuestros puestos a los recién llegados, y reagrupados con nuestro teniente, cogimos el camino de regreso hacía Murua. Nogueira nos dijo que íbamos a descansar una horas y que procurásemos dormir por que a la noche tendríamos que volver a la loma y que por falta de gente las guardias nocturnas serían de cuatro horas.

Estábamos entrando ya en el pueblo, cuando al pasar frente a un cobertizo o pequeño almacén, oímos unos gemidos que nos hicieron entrar en el. Al abrir la puerta nos quedamos helados de horror en el umbral. En el suelo, sobre sucias mantas ensangrentadas, yacían los cuerpos sin vida de veinte o veinticinco milicianos de nuestro batallón. Otros cinco o seis, todavía vivos a pesar de sus terribles heridas sacaron sus últimas fuerzas para clamar ayuda desesperadamente.

Sus alaridos son tan espeluznantes, ante la proximidad de una muerte que adivinan cercana, que nos hielan la sangre. Nogueira reacciona ante la presencia de dos camaradas que aparecen y a quienes toma por sanitarios. Les increpa fuera de sí pero estos nos ordenan salir a todos y una vez fuera le explican que allí no hay sanitarios que si no cae pronto Villarreal y por lo tanto no pueden pasar nuestras ambulancias, aquellos heridos y muchos mas están condenados a morir desangrados o de gangrena.

Esta explicación tan cruda y tan sencilla cierra la boca del teniente y a mí me deja horripilado y a punto de llorar, no tanto por lo que oigo, sino por lo que mis ojos está contemplando. Allí desde aquella fila de cadáveres, me están contemplando los ojos vidriosos de Juanchu, el hijo menor de nuestros caseros de Lequeitio. Su pelo rubio está rojo por la sangre y su cara aniñada está tan placida como si durmiera.

Nos alejamos totalmente desmoralizados. Todos pensamos que cualquiera de nosotros podemos vernos en la misma situación que aquellos infortunados camaradas; ante esta terrible posibilidad lo único que se me ocurre desear es una muerte instantánea, como la de Juanchu.

El teniente nos conduce a una casa evacuada por sus moradores y en ella nos instalamos, la casa tiene dos plantas comunicadas interiormente por una escalera y al entrar en ella vemos, sobre la alfombra de una pequeña sala, el cuerpo tumbado de un hombre herido. Lleva el uniforme del ejército sublevado y en su guerrera los galones de brigada. Nos dicen que es el jefe del escuadrón que defendía la iglesia y que si esta vivo todavía es porque así lo ha ordenado el comandante de nuestro sector de operaciones, quien quiere sacarle la máxima información posible, cuando pueda venir a interrogarle. Al pasar junto a su cuerpo, por primera vez en mi vida, siento odio hacia un ser humano y esta es una sensación que no me agrada.

Nos despojamos de nuestros empapados chaquetones y los colgamos alrededor de la lumbre de la cocina. Subimos al piso superior y nos acomodamos como podemos tumbados sobre la tarima que, aunque dura, por lo menos está seca. Estoy agotado y muerto de sueño, pero no puedo dormirme, cierro lo ojos con fuerza, pero no consigo borrar de mi cerebro las terribles imágenes de todo lo presenciado en aquel último día del mes de Noviembre. Se han clavado en mi retina y allí permanecen inamovibles los cadáveres de los guardias civiles, de los milicianos muertos sobre el muro de la presa, de los bultos macabros flotando silenciosamente sobre las aguas del embalse, pero de todas las terribles visiones que me torturan la más atroz de todas es la figura inerte y ensangrentada de Juanchu. Durante unos segundos sus ojos estuvieron clavados en los míos y ahora aquella opaca mirada está haciendo tanto daño a mi espíritu que creo que pasará mucho tiempo hasta que logre olvidarla. Era un chaval sin cumplir todavía los diecisiete años, un pequeño “ mutil” que se dejó arrastrar por el entusiasmo y el afán de aventuras de los años juveniles y que, como me había ocurrido a mí, no tenia ni idea de lo que podía tener de absurdo el irse voluntariamente a una guerra. Dentro de unos días, pensaba yo, sus padres recibirían una carta comunicándoles que se habían quedado sin su hijo. Su cuerpo joven y lleno de vitalidad aldeana unas horas antes, se pudriría en una fosa común, excavada en una barrancada desconocida lejos del cementerio de su aldea.

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