YA SOY MILICIANO. Memorias del miliciano Isidoro Andreu (III)

Tercera entrega de la publicación del documento de las Memorias de un Miliciano con la segunda entrega. En él se recogen las vivencias del bilbaíno Isidoro Andreu, desde su incorporación al frente de Álava hasta la retirada por Cantabria y su caída prisionero en la plaza de toros de Santander.

NACE UN REPUBLICANO. Memorias del miliciano Isidoro Andreu (I)

COMIENZA EL DRAMA Memorias del miliciano Isidoro Andreu (II)

YA SOY MILICIANO. Memorias del miliciano Isidoro Andreu (III)

Después de la llegada de los refugiados guipuzcoanos los acontecimientos se precipitan. A mediados de Septiembre, por fin, la UGT. Haceun llamamiento a todos los alistados para que nos presentemos en la Universidad Comercial de Deusto. Allí nos congregamos varios miles de voluntarios y nos organizan por batallones, dándonos como uniforme el clásico buzo azul de trabajo, que a partir del 18 de Julio, se había ennoblecido  al convertirse en símbolo del miliciano de la República.

Nos reparten también plato, cubiertos, manta y cantimplora; nos señalan mandos escogidos a dedo entre los que más destacan por su ardor revolucionario o por haber sido cabos en la mili  durante varios días no sacan al campo de fútbol para aprender a marcar el paso, como a los quintos del cuartel. Yo empiezo a pensar que aquello es una chorrada, porque si nuestro próximo futuro es salir al monte mejor sería que nos enseñaran a desplegarnos por él. Además me preocupa el hecho de que aún no hemos visto un solo fusil y yo, que no he hecho la mili, no tengo ni la más mínima idea de su manejo. Empiezo a preguntarme si me enseñarán su manejo cuando tengamos enfrente a los requetés, lo que me parece demasiada improvisación. Pocos días después fue esto lo que ocurrió precisamente.

El día 25 de Septiembre amanece radiante, sin una sola nube invitándonos a tomar el sol en el campo de fútbol donde jugamos a ser soldados. Allí estamos cuando, a media mañana, el súbito alarido de la sirena de Euskalduna nos corta la respiración; se rompen las formaciones en un instante y  atendiendo las órdenes de nuestros “oficiales” corremos como gamos arefugiarnos en el edificio de la Universidad Comercial. A nadie se le ocurre pensar que este edificio sólo tiene dos plantas y el tejado tiene variasclaraboyas enormes y por lo tanto es lo menos indicado para servir de refugio a una masa de dos o tres mil hombres. Yo, con muchos camaradas, entro por la puerta principal y me tumbo debajo de la escalera que arranca desde el amplio vestíbulo. A mi izquierda veo un ventanal que da al jardín, protegido por una reja y unos cristales de preciosos colorines, pero cuya vista me hace temer que no he acertado al escoger sitio seguro.

La Universidad de Deusto fue sede de los batallones socialistas, después una prisión franquista.

Al clamor de las sirenas, que ya suenan de todos los puntos de Bilbao, empieza a unirse un siniestro ronroneo lejano que, rápidamente, va aumentando en intensidad. Nuestra ignorancia y nuestro susto no nos impide reconocer lo que aquel sonar de motores significa y adivinamos lo que va a venir a continuación. En un momento empiezan a oírse terribles estampidos lejanos que, inexorablemente, se van acercando y derepente los tenemos sobre nuestras cabezas; ahora percibimos un sonido mucho más terrorífico que el rugir de los motores y que el estruendo de la bombas que nos pone los pelos de punta: es un agudo silbido que aumenta rapidísimo de intensidad y termina en una terrible explosión. La bomba ha caído sobre la Universidad Central, que está a pocos metros de la nuestra; casi al instante otra vez el pavoroso silbido y a continuación una conmoción gigantesca cuya onda expansiva me levanta en el aire, haciendo golpear mi cabeza contra la parte baja de la escalera donde estoy refugiado; una lluvia de cristales de colores me cae encima como confetis en carnaval y una nube de humo, que apesta atrilita, me haceponerme de pie y correr despavorido hasta el jardín.

Empiezo a salir de mi aturdimiento, respiro con ansia el aire puro de fuera y puedo aún contemplar, ya lejanas, las tres “pavas” que han defecado sobre nosotros.

Las sirenas vuelven a sonar anunciando el fin de la alarma aérea, me dirijo otra vez hacia la Comercial con el temor de  encontrarme con una carnicería, entro en el hall donde estuve refugiado y se me quita un peso de encima. No hay cadáveres descuartizados, ni siquiera heridos graves; sólo algunos contusos a quienes, como a mi, les cayeron encima cascotes, trozos de verja o cristales. La bomba iba bien dirigida, buscando carne, pero hemos tenido la increíble suerte de que ha estallado por fuera del pabellón, en lejardín, justo debajo de la ventana policromada, abriendo un cráter de tres metros de ancho y uno de profundidad al pie de la pared maestra, en el lado opuesto al que nosotros estábamos. Nos hemos salvado por un metro de desviación y gracias a la solidez de aquella fachada. En la otra Universidad no han tenido tanta suerte y ha habido varios muertos. Se ha visto que el Servicio de información “fachi” ha funcionado a la perfección, pues sabían que las Universidades de Deusto eran el Cuartel General de las milicias de la UGT y nos habían escogido como blanco. Esto aumentó la rabia de todos y nos preguntábamos que hacíamosallí encerrados ya tantos días, porqué no senos daban armas y sobre todo porqué no estábamos ya en el monte.

Sirena antiaérea en Gernika

Por la tarde no hubo instrucción y el campo de fútbol estaba repleto de grupos de milicianos que comentábamos con indignación las noticias que nos llegaban de Bilbao, donde ya se sabía que el bombardeo había matado mucha gente.

De pronto, las sirenas de alarma vuelven a sonar con alarido lastimero. Los grupos se disuelven como por encanto, pero ahora nadie corre hacia la Uni; esta mañana tuvimos nuestra primera lección bélica y sin que nadie nos diga nada corremos hacia las vías del ferrocarril de Las Arenas, las atravesamos y nos desplegamos por la ladera del monte, buscando altura lejos del objetivo y al abrigo de la maleza. Cuando estaba ya a  cien metros de la vía férrea veo una escuadrilla de “pavas” a la altura de Archanda y me tiro de cabeza debajo de unos arbustos, acompañado de varios camaradas.

Esta vez el sitio es de privilegio y compruebo que al aire libre siento menos temor a los aviones que en el encierro de esta mañana. Ahora no estoy esperando a ciegas a la bomba que me va a despedazar, sino que, hipnotizado, las veo caer y esto me asusta menos.

Debajo de nuestro observatorio está la Universidad, enfrente la ría y al  fondo junto a la campa de los ingleses hay un submarinoque ha llegado hace unos días; vemos como la tripulación salta a tierra y corre hacia la campa, todos menos tres, que se apiñan alrededor de un pequeño cañón antiaéreo quecomienza a disparar contralos aviones. Las granadas estallan bastante lejos de la escuadrilla, pero le obliga a romper la formación y sólo un avión conserva la vertical sobre nosotros; Vemos que suelta una hilera de pequeñas bombas que, con un amariconado pitido, caen a lo largo del campo de fútbol pero sin estallar ni una sola, quedando clavadas e la tierra con la cola al aire. Casi a continuación de esta “defecación” suelta cuatro o cinco bombas más grandes, buscando claramente al submarino cuyos artilleros ya no están sobre cubierta; estas bombas estallan sobre el muelle a pocos metros de su objetivo, y sobre el almacén de maderas de Arana situado en la campa de los ingleses que comienza a arder como un gigantesca pira. Los pilotos “fachis” se dan por satisfechos y los aviones se pierden de vista detrás del Pagasarri.

Este segundo bombardeo llena de luto a muchas familias bilbaínas y como consecuencia inmediata llega la barbarie de las represalias. Una multitud indignada y frenética asalta el barco “Cabo Quilates” que estaba convertido en prisión en su fondeadero de las dársena de Axpe y mata sin compasión a varias decenaa de fascistas allí detenidos. Entre los cadáveres amontonados en la cubierta aparecieron varios apellidos  de los más sonados de Neguri.

. El 25 de septiembre de 1936 fue asaltado por milicianos incontrolados. El 2 de octubre se produjo un nuevo asalto al Cabo Quilates.

Al atardecer, nos ordenan formar en el campo de fútbol, de donde ya se habían extraído las bombas incendiarias que no habíanexplotado. Allí estábamos alineados, en silencio, tres batallones de milicianos con el ánimo conturbado porque presentíamos que algo desusado iba a ocurrir, como final de aquel trágico día. Transcurren unos tensos minutos, vemos avanzar saliendo de la Uni, un grupo de milicianos armados que escoltan a dos personas. Uno de ellos es un hombre de unos cuarenta años que camina con paso firme, mientas que el otro, mucho más joven, se resiste y forcejea desesperadamente con la escolta, que casi lo arrastra. Al final los colocan delante de la portería situada junto al paredón del ferrocarril; el hombre está erguido, silencioso y sereno; El joven llora y suelta verdaderos alaridos, pidiendo piedad, mientras se niega a levantarse del suelo en pleno ataque de terror y de histeria. No quiere o no puede levantarse, por lo que a una orden del jefe del pelotón un miliciano sale corriendo hacia la Uni y vuelve poco después con una silla y una cuerda. El joven es sentado y amarrado a ella, pero no cesa en sus escalofriantes súplicas de clemencia, con gritos que resuenan en el silencio de aquel trágico anochecer y a mí me ponen carne de gallina.

A un grito del Jefe del Batallón nos ponemos todos firmes, el que manda el pelotón de la orden de fuego, suena una descarga y el hombre se dobla hacia delante y cae como un saco; el joven por el contrario, cae hacia atrás pegado a la silla y sólo vemos de él sus dos piernas que se agitan durante unos instantes, hasta quedar inmóviles bajo el tiro de gracia.

Por fin han cesado sus patéticos alaridos, ha caído  la noche y por unos momentos un silencio mortal envuelve a los tres milhombres que hemospresenciado la ejecución. Después alguien nos habla y nos dice que los ejecutados habían sido cogidos in fraganti cuando desde Archanda, con unos lienzos blancos, estaban señalizando sus objetivos a los aviones.

Aquella noche no pude dormir, pues empecé a comprender que la guerra estaba ligada inexorablemente a la muerte, que la muerte no hacía distinciones entre hombres y adolescentes, entre republicanos y rebeldes, entre mujeres, niños, civiles o combatientes. Comprendí también que aquel sentimiento de juvenil exaltación, de ansia de aventura, de gozo por poder romper la monotonía ramplona de un trabajo aburrido tendría que encauzarlo de una forma mas realista, puesto que ahora ya sabía que lo que se avecinaba no era una serie de acampadas en el monte, sino una verdadera y salvaje guerra, que empezaba a presentir quizás me hiciese  añorar la venta de calcetines, los partidos de fútbol y los dulces meneos de Gazte-leku.

El día siguiente transcurrió de una forma rutinaria. Yo estaba más tranquilo porque sabía que mi familia y mi casa se habían librado del bombardeo. Ahora las conversaciones versaban sobre los fusilamientos presenciados y sobre todo se discutía el misterio de las bombas que no estallaron. Había varias explicaciones, desde el optimista que sostenía que había sido un acto de sabotaje de los soldados del aeródromo de  Burgos, quienes habrían graduado mal las espoletas adrede, hasta los que creían que dichas espoletas nohabían funcionado simplemente por haber caído en el campo, en lugar de hacerlo sobre el duro edificio de la Uni.

Sin embargo, si aquel día fue placido y sin sobresaltos, durante la noche sé precipitaron los acontecimientos. Serían las once aproximadamente cuando recibimos la orden de prepararnos con todos nuestros utensilios de campaña, o lo que es lo mismo, con nuestro plato, nuestra cuchara y tenedor y nuestra manta. A los pocos minutos empezaron a aparecer en la puerta de la Uni una serie de autobuses en los que entramos entre exclamaciones gozosas los que, desde aquel momento, éramos ya oficialmente el 7º Batallón de la U.G.T.[1]Asturias (47º del Ejército de Euzkadi).

La caravana atravesó las calles de Bilbao en completo silencio, solo roto por el sonar de los motores, pues nadie chistaba, preocupados por adivinar hacia donde, hacía que frente nos enviaba nuestro destino. Al llegar al Arenal, en lugar de enfilar La Ribera, camino de Ochandiano que todos creíamos nuestro fin de viaje, los autobuses cruzaron el puente de Isabel II, subieron por Hurtado de Amezaga y no pararon hasta el cuartel del Regimiento de Garellano, en Basurto.

[1] Para finales de 1936 el principal núcleo de unidades del PSOE y la UGT, formado por los batallones de Euzkadi 9º (Fulgencio Mateos), 34º (Carlos Marx), 42º (Pablo Iglesias), 47º (Asturias), 61º (Reserva), 63º (México), y 6º de Ingenieros, se había constituido en Vizcaya, conociéndoseles genericamente como “Columna Meabe. La unidad la encuadraron mandos y fuerzas veteranos de la lucha en los frentes de Ochandiano, muchos de ellos voluntarios desde el mes de julio, que compartieron experiencia bélica con los núcleos que, comandados por Fulgencio Mateos, dieron lugar al 1º de la UGT. El batallón lo mandaba el comandante Rogelio Castilla Alcalde, secundado por el intendente Miguel Segurajáuregui Olalde. Martín Sola López era teniente ayudante.

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