1.º DE MAYO DE 1937


No sé qué sepultada artillería
dispara desde abajo los claveles,
ni qué caballería
cruza tronando y hace que huelan los laureles.

Sementales corceles,
toros emocionados,
como una fundición de bronce y hierro,
surgen tras una crin de todos lados,
tras un rendido y pálido cencerro.

Mayo los animales pone airados:
la guerra más se aíra,
y detrás de las armas los arados
braman, hierven las flores, el sol gira.

Hasta el cadáver secular delira.

Los trabajos de mayo:
escala su cenit la agricultura.

Aparece la hoz igual que un rayo
inacabable en una mano oscura.

A pesar de la guerra delirante,
no amordazan los picos sus canciones,
y el rosal da su olor emocionante
porque el rosal no teme a los cañones.

Mayo es hoy más colérico y potente:
lo alimenta la sangre derramada,
la juventud que convirtió en torrente
su ejecución de lumbre entrelazada.

Deseo a España un mayo ejecutivo,
vestido con la enterna plenitud de la era.
El primer árbol es su abierto olivo
y no va a ser su sangre la postrera.

La España que hoy no se ara, se arará toda entera.

autógrafo

Miguel Hernández, 1937

LOS HIJOS DEL HIERRO
En las anhelantes locomotoras, iluminados por el resplandor de las calderas, entre humo, rugidos, pedazos de hierro y carbón, pasan los maquinistas y los fogoneros como viejos lobos de tierra. Engrasados musculosos como ejes o motores, llevan restos de humo sobre la frente, y sobre la piel las huellas puras que el trabajo deja con sus cascos de caballo poderoso. Parecen mineral incendiado, recorriendo la España leal de punta a punta heroicos y veloces bajo los bombardeos enemigos. Sus músculos trepidan como las máquinas, y como a las máquinas no les importa rodar sin descanso a través de estos días en que la libertad de España depende del esfuerzo de cada español.

Nos enfrentamos en la estación de Baeza con algunos hijos del hierro. Trabajan agregados a dicha estación cerca de ochocientos brazos, y con tal entusiasmo que los responsables de los distintos servicios sólo se preocupan de ordenar y cuidar la enorme cantidad de energías que se emplean en las faenas de explotación, tracción, vías y obras.

Las principales mercancías que emite la estación de Baeza son aceite, vino y esparto, y son destinadas generalmente a Levante. El personal las trata con mucho cuidado, evitando así complicaciones y averías, cosa que no sucedía cuando se trabajaba bajo la vigilancia inquisitorial de inspectores y jefes de servicio. Los mismos ferroviarios me hacen notar la diferencia existente entre el jornal de antes y el de ahora: hoy se percibe, como mínimo, un jornal de diez pesetas y ayer a duras penas se pasaba de las cinco. Trabajan todos compenetrados, en armonía. Bajo el apremio y la ofensa de los capataces anteriores, el trabajador rendía menos, falta del entusiasmo y la alegría que da comprobar que las buenas labores son remuneradas y aplaudidas. Todos los esfuerzos dignos necesitan premio, y los brazos, cuando se les violenta, decaen de su ánimo natural.

Hablo con el jefe de estación, Manuel Romero: un andaluz de los de solera. Pasamos ante vagones de aceituna caliente al sol, que huele como el hombre cuando suda. Olor a hierro, a grasa, a carbonilla, a vino reseco. Clama una sirena. Dos encendedores de máquinas, bigotudos y viejos, me ofrecen el pan que comen bajo el mediodía. Parecen también, como los maquinistas y fogoneros, hijos del tren, cachos, miembros del tren, como sus ruedas y cadenas. En los talleres de reservas, en los depósitos, están las máquinas humeantes, paradas, que desahogan su ansia de correr, respirando monstruosamente por tubos y agujeros como por un gran número de narices. De repente enmudecen, y el silencio se precipita sobre ellas. Mirándolas pienso que con el tren un advenimiento de arcángeles, oscuros de cruzar túneles, desmelenados.

Doce veces ha sido bombardeada la estación de Baeza. Cerca de doscientas bombas han caído sobre ella arrancando rieles y casas. Su pulso no ha sufrido alteración alguna, y cada uno de sus hombres se ha mantenido siempre en su puesto. El personal de vías y obras, con un gesto magnífico, sereno, todavía los trimotores negros sobre ellos, se han lanzado tras cada bombardeo a la reparación de los destrozos. Ninguno ha desertado de su obligación, a pesar de que, hasta hace poco tiempo, no había donde refugiarse. Los ferroviarios colaboran con todas sus fuerzas al lado del ejército del pueblo. En el campo enemigo extraen a diario numeroso material, interrumpen vías, quitan tablones y vuelcan trenes. Su labor es silenciosa, pero declara sin hablar los beneficios que nos hace. Los trenes blindados avanzan en sus manos a destruir el fascismo en varios puntos de España. Detrás de inmensas mechas de humo sonríen los ferroviarios, los hijos del hierro, a los hijos de nuestros soldados, que saludan desde el paso a nivel con el puño tendido.

Esta entrada fue publicada en Bertsotan/ en verso y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.