MASTERS OF WAR

“Masters of war”. Ed Sheeran.

Este mes se cumplen dos décadas del atentado a las Torres Gemelas, que sirvió para justificar un importante giro de timón en las políticas antiterroristas y de seguridad interior de una buena parte —¿quizás todos?— de los mal llamados países democráticos. El asesinato de aproximadamente 3.500 personas, entre víctimas directas e indirectas, que supuso aquella cadena de atentados en suelo norteamericano ha propiciado durante veinte años la justificación tácita de otros tantos millones de muertes en todo el planeta. Las bajas, tanto militares como civiles, acaecidas en Afganistán, Irak, Siria, Líbano, Sudán, Yemen, Libia o Somalia, así como los intentos desestabilizadores que, con mayor o menor éxito, han sufrido un buen número de naciones africanas, latinoamericanas o asiáticas durante ese mismo periodo, siempre han estado marcados por un común denominador: La guerra a un supuesto terrorismo del que siempre se ha intentado ocultar su origen, su naturaleza y sus propósitos. Basta con repasar aquellos casos en los que la existencia de presuntos terroristas o, lo que es aún más grave, de países, gobiernos u organizaciones políticas proclives a ser acusadas de apoyarlos, han servido como motivo más que suficiente para la activar una presencia militar explicita en cualquier lugar del planeta donde mereciese la pena intervenir para obtener un beneficio.

No obstante, aquel 11 de septiembre de 2001 marcó, sin lugar a dudas, un antes y un después respecto a lo que podríamos llamar, el veterano patrocinio norteamericano de la desestabilización y su apoyo a regímenes autoritarios y antidemocráticos. Hasta entonces, ese papel se había ejercido por medio de misteriosos grupos de presión, agencias y servicios de contraespionaje semiclandestinos o, incluso, oscuros personajes sin pasado que de pronto saltaban a la portada de la revista Life con una gorra de plato en la cabeza. Antes de aquella fecha, la estrategia más habitual era la del “asesoramiento a gobiernos amigos”, el apoyo a grupos opositores de dudosa representatividad, la financiación a sectores afines de las oligarquías nacionales o, simplemente, la creación y soporte de bandas mercenarias que se encargasen de hacer aquellos trabajos que el Tío Sam no podía llevar a cabo sin ensuciarse demasiado las manos. Aquel modus operandi, que se resumía en construir un sanguinario teatro de marionetas, tan solo condicionado por el principio de que nunca llegasen a verse los dedos de quienes movían los hilos, resultaba tan oneroso como comprometedor y, además, dependía de demasiados factores, en ocasiones difíciles de asumir, que podían dificultar en gran medida el éxito de las inversiones.

El afán por el control económico-militar no era ninguna novedad en la agenda exterior de La Casa Blanca. Basta recordar las llamadas “tácticas del terror”, empleadas asiduamente por EE.UU. desde el principio de la década del 50 del siglo pasado, mediante las que grandes regiones como Latinoamérica, Medio y Extremo Oriente o África del Sur se vieron sumidas en acciones y reacciones, golpes y contragolpes, guerrillas y antiguerrillas creadas con el único propósito de desestabilizar movimientos políticos populares, democráticos o antiimperialistas. Intervenciones encubiertas que se intentaron camuflar con la ayuda de las más peregrinas excusas —guerra contra las drogas, defensa de la democracia o apoyo logístico a países aliados amenazados— aunque en realidad estuviesen orientadas a asegurar un entorno propicio para los intereses corporativos estadounidenses, sobre todo cuando aquellos intereses podían verse amenazados por gobiernos que se negaban a ser meros lacayos de Norteamérica.

Pero, más tarde o más temprano todo acababa sabiéndose: Los estruendosos desatinos de la CIA en Chile, Argentina o Uruguay, los errores tácticos de sus “asesores” en Angola y Mozambique, los narco-escándalos de “la Contra” en Nicaragua, Colombia o El Salvador y el descarado apadrinamiento de Muyahidines y Talibanes en Pakistan y en el Afganistán pro-soviético habían favorecido el renacer de un espíritu antiamericano como no se había visto desde los momentos más álgidos de la aventura vietnamita. Además, finalizada la guerra fría, derribado el muro de Berlín y con un pelele alcohólico ocupando el trono del Kremlin, aquellas paparruchadas propagandísticas de la defensa de la democracia y los valores del mundo occidental ya no podían seguir dando cobertura a la obsesión de Washington por liderar, al precio que fuese, la economía mundial y las múltiples oportunidades de negocio que les proporcionase su “capitalismo de autor”.

Con el comienzo del nuevo milenio, al mismo tiempo que la economía de EE.UU. comenzaba a verse afectada por un importante efecto recesivo que culminaría siete años más tarde con una crisis descomunal, otros países que hasta entonces no había supuesto ningún peligro para las finanzas norteamericanas comenzaron a serlo. China e India se desarrollaban a un ritmo vertiginoso; Rusia apostaba por implementar una industria energética basada en el gas que amenazaba con trastocar el monopolio yanqui del petróleo. Indonesia y Vietnam, después de la tumultuosa década de los 90, pasaban a crecer con tasas anuales cercanas al 5%, mientras que, en Latinoamérica, países como Colombia, Perú y Venezuela iban haciéndose un sitio en el panorama económico de la región y otros como Chile y Brasil destacaban por un imparable desarrollismo. Incluso el continente africano, a pesar de sus persistentes carencias, conseguía ir saliendo poco a poco del marasmo y servicios básicos como el agua, la salubridad o la electricidad comenzaban a ser mucho más accesibles que diez años atrás.

El tío de América, ya no era tan rico y su hegemonía planetaria empezaba a sufrir las consecuencias. Era necesario recuperar posiciones y la manera más eficaz de conseguirlo era potenciando una rama de su industria que nunca les había defraudado: la guerra. Pero, para iniciar un conflicto ya no bastaba con aquellas razones que habían esgrimido desde el comienzo de la guerra fría; para intervenir militarmente fuera de las propias fronteras era necesario que existiese un motivo mucho más tangible y, sobre todo, más espectacular que los antiguos alegatos ideológicos que les habían permitido invadir el sudeste asiático en los años 60 y 70 o el Líbano, Panamá y Granada durante los 80. El 11 de septiembre de 2001 pudieron contar con un motivo tan de peso como lo había sido, 60 años antes, el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbour.

Mucho se ha hablado de la verdad y la mentira respecto a la presunta autoría de los atentados del 11 de septiembre. ¿Qué era en realidad aquella organización hasta entonces desconocida, llamada Al-Qaeda? ¿Por qué el hijo de unos millonarios saudíes, adiestrado y financiado diez años antes por la CIA y el Pentágono, se había convertido de la noche a la mañana en la némesis por excelencia de Norteamérica? Tampoco se indagó, a pesar de las afirmaciones al respecto de prestigiosos analistas, sobre si el Mossad israelita y el GIP saudí tuvieron algo que ver en la planificación y la ejecución de aquella masacre. La única realidad es que, como consecuencia de aquellos atentados, tres semanas después, el 7 de octubre de 2001, aterrizaba en Kabul el primer contingente de tropas estadounidenses destinadas a preparar la “Operación Anaconda”, que tenía como objetivo destruir las bases de Al-Qaeda en aquel país y de capturar, vivo o muerto, al presunto responsable de la masacre de las Torres Gemelas, Osama Bin Laden.

Aquella operación de castigo que iba a protagonizar un limitado número de tropas y que iba a durar unas pocas semanas, desembocó en un conflicto armado en el que han intervenido cientos de miles de soldados de casi todos los países que componen la OTAN y que ha durado dos décadas. Lo que el tiempo ha demostrado es que, en realidad, aquella invasión no pretendía derrotar a un puñado de terroristas, que se sabía de sobra que no estaban en Afganistán, sino controlar un país clave en el equilibrio geoestratégico mundial, resucitar la industria armamentística norteamericana, aprovechar los innumerables recursos de una de las zonas de Asia Central más ricas en petróleo, gas y minerales, monopolizar el negocio del opio y, de rebote,  implantar un sistema mundial de vigilancia que, con la constante amenaza del terrorismo como excusa, ejerciese de Gran Hermano global y ayudase a controlar cualquier tipo de deriva social o política que resultase molesta al Supra-Establishment.

Como consecuencia de aquella primera acción militar en suelo afgano se precipitaron, como si se tratase de un mortífero efecto dominó, una serie de conflictos que derivaron en una guerra de Irak que, con la bendición expresa de los gobiernos de EE.UU, Gran Bretaña y España significó un altísimo precio en vidas humanas y la completa destrucción de la economía y la sociedad de aquel país;  otra guerra civil en Siria, también con centenares de miles de víctimas entre muertos y exiliados, que estuvo a punto de enfrentar militarmente a Rusia y EE.UU., y un conflicto bélico en Libia que  acabó con la riqueza de uno de los principales países africanos en producción de gas y petróleo, para convertirlo en un infierno, paradigma del subdesarrollo moral, en el que los crímenes contra la humanidad son el pan de cada día. En definitiva, un saldo de varios millones de muertos, sobre todo civiles, que han proporcionado unas ganancias astronómicas a miles de negociantes sin escrúpulos que, a lo largo de veinte años de conflictos, no han tenido el más mínimo reparo en enriquecerse de forma obscena con la muerte, el dolor y la miseria. Millones de almas inocentes que han resultado mutiladas, arruinadas o dementes, que se han visto obligadas a huir, cruzando mares y fronteras, a ser esclavizadas, torturadas y violadas por la suprema codicia de un sistema inhumano, que está abocado a autodestruirse.

Dos décadas después de que viésemos en directo por nuestras televisiones como se derrumbaban aquellos inmensos rascacielos neoyorquinos, la situación en Afganistán vuelve al mismo punto en el que estaba entonces. No han servido de nada los presuntos intentos de occidente por instaurar un gobierno estable en aquel país: Cuando se han percatado del soberbio berenjenal que se había montado, han puesto pies en polvorosa. Ya nadie recuerda las atrocidades que los servicios secretos y las tropas mercenarias han cometido a lo largo de estos años ni de las mujeres que, de nuevo, van a tener que esconderse bajo metros y metros de opresivas telas que las entierran en vida para no ser objeto del pecado de los varones; tampoco de las niñas, que serán obligadas a abandonar las escuelas para dedicarse tan solo a servir a padres, hermanos y maridos, mucho menos de los homosexuales que volverán a ser ahorcados en las farolas, aunque sus verdugos entreguen a la soldadesca los cuerpos infantiles de los “Bacha Bazi” para solaz de los combatientes sin esposa…

Afganistán ya no tiene futuro. Más pronto que tarde acabará convirtiéndose en el “Gran Zoco” de Asia Central, en el que, como ya sucede en Siria y en Libia, la destrucción de su tejido social, económico, político y moral la convertirá en la quintaesencia del libre mercado más atroz; más aberrante. Aquél en el que cualquier producto codiciado puede alcanzar un precio exorbitado, pero donde las vidas humanas tan solo valen unos pocos céntimos.  

MASTERS OF WAR

Come you masters of war
You that build all the guns
You that build the death planes
You that build the big bombs
You that hide behind walls
You that hide behind desks
I just want you to know
I can see through your masks.

You that never done nothin’
But build to destroy
You play with my world
Like it’s your little toy
You put a gun in my hand
And you hide from my eyes
And you turn and run farther
When the fast bullets fly.

Like Judas of old
You lie and deceive
A world war can be won
You want me to believe
But I see through your eyes
And I see through your brain
Like I see through the water
That runs down my drain.

You fasten the triggers
For the others to fire
Then you set back and watch
When the death count gets higher
You hide in your mansion
As young people’s blood
Flows out of their bodies
And is buried in the mud.

You’ve thrown the worst fear
That can ever be hurled
Fear to bring children
Into the world
For threatening my baby
Unborn and unnamed
You ain’t worth the blood
That runs in your veins.

How much do I know
To talk out of turn?
You might say that I’m young
You might say I’m unlearned
But there’s one thing I know
Though I’m younger than you
Even Jesus would never
Forgive what you do.

Let me ask you one question
Is your money that good?
Will it buy you forgiveness?
Do you think that it could?
I think you will find
When your death takes its toll
All the money you made
Will never buy back your soul.

And I hope that you die
And your death’ll come soon
I will follow your casket
In the pale afternoon
And I’ll watch while you’re lowered
Down to your deathbed
And I’ll stand o’er your grave
‘Til I’m sure that you’re dead.

Música: Tradicional. Letra: Bob Dylan. 1963

SEÑORES DE LA GUERRA

Vengan ustedes señores de la guerra
Ustedes que fabrican todas las armas
Ustedes que fabrican mortíferos aviones
Ustedes que fabrican grandes bombas
Ustedes que se esconden tras los muros
Ustedes que se esconden tras los escritorios
Sólo quiero que sepan
Que puedo verlos a través de sus máscaras.

Ustedes que no han hecho nada
Salvo construir para destruir
Ustedes juegan con mi mundo
Como si fuera su juguetito
Ustedes ponen un arma en mi mano
Y se quitan de mi vista
Y retroceden y huyen lejos
Cuando las balas vuelan rápidas.

Como el Judas de antaño
Mienten y embaucan
Con que pueden ganar una guerra mundial
Quieren que me lo crea
Pero veo a través de sus ojos
Y veo a través de sus cerebros
Como veo a través del agua
Que corre por mi desagüe.

Ustedes ajustan todos los gatillos
Para que otros disparen
Luego se apartan y esperan
Cuando las listas de muertos aumentan
Ustedes se esconden en sus mansiones
Mientras la sangre de los jóvenes
Fluye de sus cuerpos
Y se entierra en el barro.

Ustedes han aventado el peor miedo
Que jamás pueda crearse
Miedo a traer hijos
A este mundo,
Ustedes no valen ni la sangre
Que corre por sus venas
Por haber amenazado a mi hijo
Nonato y sin nombre.

¿Cuánto sé yo
Para hablar sin ton ni son?
Podrán decir que soy joven
Podrán decir que soy ignorante
Pero hay algo que sé
Aunque sea más joven que ustedes
Ni siquiera Jesús perdonará jamás
Lo que ustedes hacen.

Permítanme hacerles una pregunta
¿Es tan bueno su dinero
Como para comprar su perdón?
¿Piensan que es posible?
Creo que descubrirán
Cuando la muerte les pase factura
Que todo el dinero que hicieron
Nunca podrá salvar su alma.

Y espero que mueran
Y que su muerte les llegue pronto
Seguiré a su ataúd
En una tarde pálida
Y esperaré mientras les bajan
A su lecho de muerte,
Y me quedaré sobre su tumba
Hasta asegurarme que están muertos.

Traducción libre: Liova37

Cualquier día, a cualquier hora y en cualquier calle del Kabul talibán.

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2 respuestas a MASTERS OF WAR

  1. Jesus Angel Gutierrez Gil dijo:

    Enviado desde mi iPhone

  2. Pingback: MASTERS OF WAR

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