MACHIRULO ESCÓNDETE

A pesar de que en 2021 se cumple el 85 aniversario de que por primera vez se celebrase en España el 8 de marzo, este año da toda la impresión de que, en vez de institucionalizarse, normalizarse y representar una importante efeméride, símbolo de igualdad, de lucha y de justicia, el Día Internacional de la Mujer se ha convertido en una fecha ilícita y perseguible, especialmente en ciudades como Madrid, donde las conmemoraciones de otros años han tenido que pasar casi a la clandestinidad. Las facilidades para su celebración y el debido soporte institucional se han esfumado al rebufo de un presunto peligro para la salud, que en todos los meses que llevamos de pandemia nunca antes se había argumentado, a pesar de haberse convocado actos mucho más multitudinarios y faltos de control que los que han sido prohibidos este 8 de marzo por la Delegación de Gobierno.

Desde luego, si consideramos las abultadísimas cifras de contagios, fallecimientos y saturación hospitalaria que la COVID-19 está ocasionando en Madrid (y que rara vez son mentadas, ni tan siquiera en la radio y la televisión pública), podríamos llegar a pensar que quizás fuese comprensible un mayor control y cuidado respecto a las manifestaciones en la capital, pero en ese caso lo razonable habría sido que se aplicase el mismo criterio a todas las concentraciones, que tanto estos días como a lo largo de todos los meses de pandemia han sido convocadas y autorizadas.

Sin embargo, esta no ha sido en ningún caso la tónica seguida en Madrid por el Delegado de Gobierno ni, por supuesto, por el ayuntamiento y la Comunidad. Al contrario, en Madrid, al siempre elástico amparo de la libertad de expresión y de reunión se han permitido innumerables manifestaciones que de antemano se sabía que incumplirían los limites pactados, como fue el caso de la marcha “antivacunas” y sin mascarillas, alentada desde Miami por un cantante acabado. Se ha dejado que se reuniesen sin control centenares de negacionistas, de neonazis o de “cayetanos” nacionalcatólicos; se han consentido homenajes a la División Azul, con cánticos, símbolos y apología fascista y concentraciones multitudinarias a las puertas de un estadio de fútbol, con centenares de energúmenos levantando el brazo y gritando “sieg heil”. En Madrid se ha hecho a diario la vista gorda al continuo tumulto de las terrazas atestadas y carentes de la más mínima distancia social; no se ha controlado el exceso de aforo en los comercios, ni se han evitado los centenares de fiestas que, además de ser ilegales, incumplen todos los protocolos marcados por las autoridades sanitarias. En Madrid se han cerrado perimetralmente barrios populares, mientras zonas residenciales han podido continuar con su lujosa rutina, y la policía ha permitido caceroladas de “señoritos” durante semanas, al tiempo que se cargaba con saña contra trabajadores que apoyaban la sanidad pública. Madrid está mutando cada fin de semana en una inmensa verbena que acoge a lo más desnortado de la muchachada patria y a unos cuantos miles de jóvenes importados de diferentes puntos de Europa, ávidos por disfrutar de aquello que, en sus países de origen, lógicamente no se les permite. En Madrid todo vale si cuesta dinero y se cuestiona si es gratuito. Sus habitantes no pueden visitar a sus familiares en sus domicilios, pero si pueden reunirse con ellos para tomarse una caña en una terraza, para comer en un restaurante o para ir de compras a un centro comercial.

Pero esta vez la desfachatez de aquellos que dirigen el desgobierno de la capital ha alcanzado unas cuotas que hace pocos meses nos habrían parecido distópicas. La prohibición de todos los actos relacionados con el Día Internacional de la Mujer ha significado una importante escalada en su estrategia basada en el desprecio hacia todo lo popular, hacia todo lo avanzado, lo tolerante y lo igualitario. Algo que no podemos descontextualizar considerándolo un mero ataque al feminismo, porque no lo es. Se trata de algo mucho más simple, pero también mucho más perverso, congénito a la propia razón de ser del fascismo: Es simple y llanamente lucha de clases. Se trata de una reacción tan violenta y autoritaria como previsible frente a una realidad que no están dispuestos a consentir y que les aterra. No hay sistema si poco a poco se van quebrando las patas que lo sostienen, y las mujeres tienen mucho que decir a este respecto. Sin sumisión no hay opresión, sin obediencia no hay control, sin miedo no hay poder, sin machirulos no hay patriarcado… Los “señoros” del cortijo, no quieren volver a ver nunca más las calles de la capital bañadas de color purpura; los cánticos de las “brujas” devolviéndonos la alegría que ellos nos roban, invitándonos al fantástico akelarre de la libertad. Y es por eso que, muy a nuestro pesar, aún intentarán provocar, destrozar murales, hacer pintadas amenazantes, insultar, maltratar, vejar y violar. Pero todo será en balde porque, para su desgracia, el futuro les pertenece a Ellas, y la historia nunca ha sido una carretera de sentido único, a pesar de que en ocasiones las señales nos obliguen a dar demasiadas vueltas a las rotondas.

En estos difíciles tiempos en los que el virus de la COVID y el virus de la intolerancia nos amenazan, Madrid se está, poco a poco, convirtiendo en un obsceno museo del tardofranquismo. Un oscuro chiquero en el que los pobres, los diferentes, los trabajadores, las mujeres, los discapacitados, los migrantes, los transexuales, los rojos… ni son bien tratados, ni bien recibidos. Una ciudad terriblemente contaminada de CO2, pero también de fascismo, de machismo, de racismo, de homofobia, de codicia y de mentira; un anacrónico cortijo lleno de ranciedumbre y de clasismo, de machirulos y de obispos, de falangistas, de Florentinos, de tiralevitas y de trileros. Una amalgama asfixiante y enfermiza que, si entre todas y todos lo conseguimos evitar, mañana no será más que un desagradable recuerdo de un mal sueño. Porque, parafraseando a Salvador Allende: “Sabed que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes y moradas alamedas por donde pasen las mujeres libres para construir una sociedad mejor”.

 

MACHIRULO ESCÓNDETE

Somos las meigas ardiendo
Somos la rabia y la voz
Hemos venido a cantaros
Que se acabó la opresión.

Somos el eco que rompe
Toda verticalidad
Siguen soplando los vientos
De osadía y libertad.

No voy a guardar silencio
No he nacido pa’ callar
Ocupemos los espacios
Que nos quisieron negar.

No soy madre por defecto
Ni he nacido pa’ esperar
Deconstruyo los cimientos
Del sistema patriarcal.

Somos quien nunca se rinde
Quien alza una rebelión
Una gran ola que embiste
Este sistema feroz.

Desaprendiendo el camino
Construyendo al caminar
La libertad se conquista
Con las ganas de luchar.

Llámame “loca del coño”
No me puedes detener
Feminazi me han parido
¡Machirulo escóndete!

Llámame “loca del coño”
No me puedes detener
Feminazi me han parido
¡Machirulo escóndete!

Recitado:

“Somos las otras, las que no importan, las silenciadas, las rotas, las buenas, las peores, las heridas, las locas, las raras, las otras. Somos la rabia de nuestras asesinadas. Somos la ira y la alegría de nuestras hijas. Somos las nietas de las brujas que quemasteis. Somos la daga en vuestro cuello. Somos la sabiduría de las mayores. Somos las que decidieron importar. Somos la venganza y la risa y el abrazo y el grito colectivo de las hermanas. Nos hemos reconocido entre nosotras y hemos identificado al enemigo. Nos hemos dado la mano y la palabra. Queremos lo que es nuestro y lo queremos ahora. Queremos poder ser; queremos libertad. Somos una, somos todas.”

Llámame “loca del coño”
No me puedes detener
Feminazi me han parido
¡Machirulo escóndete!

Llámame “loca del coño”
No me puedes detener
Feminazi me han parido
¡Machirulo escóndete!
¡Machirulo escóndete!
¡Machirulo escóndete!

Letra y música: Tongo. 2020

Videoclip, “Machirulo escóndete”

Madrid 8 de marzo de 2020. Los barrios se tiñen de morado.

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