WE SHALL OVERCOME

“La extrema derecha ha sido mucho más internacionalista que la izquierda; están intercambiando estrategias, trucos políticos y tecnologías”, dijo Naomi Klein en una videoconferencia de presentación del Green New Deal a mediados del pasado mes de mayo. Una frase de una desoladora contundencia en unos momentos en los que Steve Bannon aún no había sido detenido por fraude y cuando, a pesar de los contradictorios sondeos pre-electorales, muchos se temían lo peor: Que Donald Trump continuase en el poder durante otros 4 años más.

Aquella vehemente afirmación de una de las más populares activistas del siglo XXI, además de intentar servir de revulsivo frente a la tímida oposición del centro-izquierda más tibio que había permitido, si no propiciado, un desmesurado avance de la extrema derecha en los dos últimos lustros, también resonaba como una desesperada llamada a organizarse en un momento en el que personalidades políticas tan dispares como Jane Sanders, Yanis Varoufakis , Noam Chomsky, Fernando Haddad o Ada Colau promovían la creación de una autodenominada “Internacional Progresista” para intentar contrapesar el desmesurado éxito mediático del “trumpismo” y de su pariente más cercano, el nacional-populismo, que  pretendía afianzarse, tanto en Europa, como en Latino-América.

Evidentemente, esa Internacional Progresista estaba bastante alejada del concepto intrínseco a las 4 anteriores Internacionales que se sucedieron desde 1864 hasta 1938, fundamentadas todas ellas en el ambicioso concepto de la revolución socialista mundial. Las aspiraciones del más reciente intento de coordinación estratégica internacional de las diferentes corrientes políticas ligadas al ecologismo, el feminismo, la democracia directa o el socialismo democrático tiene mucho más que ver con la herencia ideológica de Olof Palme y de Willy Brandt que con el espíritu de las “Tesis de Abril” o del “Programa de Transición”.

Pero, aunque la iniciativa tiene indudablemente un gran interés, el momento en el que se dio a conocer no fue precisamente el más propicio. La crisis del COVID19, los sucesos de Bielorusia y Georgia, el sempiterno Brexit y las elecciones bolivianas y norteamericanas han opacado en gran medida el foco mediático sobre la nueva Internacional y, además, han dado pábulo a todo tipo de presunciones, dudas y desconfianzas esgrimidas sobre todo desde el ámbito de la izquierda más académica y ortodoxa. La misma que no se ha demorado ni tan siquiera un par de días para pontificar que no hay que esperar nada de Joe Biden, porque se trata del mismo perro con diferente collar o, incluso, que el nuevo inquilino de la Casa Blanca va a favorecer mucho más a los mercados que su antecesor, con la consiguiente debilitación de la tan ansiada “revuelta proletaria mundial” que, como todos sabemos, estaba a la vuelta de la esquina.

Y es que aquellos que a finales de octubre vaticinaban desde la izquierda de la izquierda una hecatombe mundial si Donald Trump conseguía revalidar su mandato, una vez conocida su derrota se han apresurado a afirmar sin un ápice de pudor que una vez más ha sido el capitalismo quien ha vuelto a salir beneficiado (obviando la realidad de que los EE.UU son la mayor reserva de capitalismo del orbe). Un beneficio mayor incluso que en el caso de que Trump hubiese vuelto a ganar, porque, según “la izquierda de verdad” ahora va a ser más difícil acentuar las contradicciones que, según creen los más iluminados, siempre favorecen al desarrollo su tan estimada táctica del cuanto peor, mejor.

Es obvio que en las elecciones norteamericanas no se votaba por el triunfo del “Che”, sino, en todo caso por la derrota de “Hitler”. A estas alturas nadie puede llevarse a engaño. Desde un primer momento ha quedado muy claro que en estos comicios no se enfrentaban dos auténticas alternativas políticas. La diatriba estaba entre, por una parte un intento de perpetuación en el poder de un millonario fascista que pretendía huir hacia delante para evitar su ruina económica y su más que probable imputación penal, y por otra la personalización en una inofensiva vieja gloria del partido demócrata de algo a lo que aspiraba con vehemencia más de la mitad del potencial electorado norteamericano:  Poner cara a un heterogéneo voto contra Trump que, afortunadamente, ha conseguido ser mayoría. A nadie hay que contarle que Joe Biden es un amable y educado septuagenario católico de centro derecha, que no tiene nada que ver con el infiltrado “socialista-comunista-castrista” con el que Donald Trump le identificaba. Pero, al menos, este buen señor, al que incluso sus enemigos políticos tildan de buena persona, parece que tiene la intención de restituir unos cuantos derechos sociales usurpados por Trump a los trabajadores norteamericanos, a la vez que pretende reconstruir el tejido social del país, destrozado tras de 4 años de fascismo encubierto. Algo que junto a las promesas de fijar un salario mínimo de 15$ la hora y de recuperar el “Obamacare”  para evitar que los indigentes y los parados sigan muriéndose a las puertas de los hospitales, no son en absoluto unas cuestiones nimias, aunque puedan parecérselo a “izquierdistas puros” que no hacen demasiado esfuerzo por ponerse en la piel de muchos millones de estadounidenses, especialmente si son negros o latinos.

Y todo esto en medio de una salvaje pandemia que se ha cebado muy especialmente con los EE.UU. y que ha facilitado la salida del armario de un peligroso movimiento reaccionario de gran transversalidad, capaz de aunar a los restos dispersos del “Tea Party” con lo que quedaba del movimiento “Patriots”, vestigios del “Alt-Right”, bandas de fanáticos ultra-religiosos y pro-vida, y comandos armados, más extremistas si cabe, representados por los “Proud Boys” y otros diversos grupos de violentos supremacistas, a los que se les pudo ver actuar como fuerzas paramilitares en los disturbios que se produjeron meses atrás como consecuencia de las manifestaciones contra la brutalidad policial. Un amplísimo abanico de fuerzas radicales empapadas de odio racial y de clase, y empecinadas en acabar con las prácticas democráticas mediante una estrategia de tensión que solo podría favorecer el enfrentamiento armado en el seno de la sociedad civil norteamericana.

Por supuesto que todo este andamiaje neo-fascista no se va a derrumbar por el simple hecho de que su máximo mentor haya perdido las elecciones, pero lo que sí es seguro es que lo van a tener mucho más difícil si quien los jalea y anima a seguir desestabilizando la paz social está lejos de los mecanismos de poder. Es de esperar que Joe Biden, o su vicepresidenta, Kamala Harris hagan todo lo posible por reconstruir el armazón legal de la democracia norteamericana. Esperemos que el cómputo final de votos les permita, como ya muchos se atreven a pronosticar, hacerse tanto con el Congreso de Representantes, como con el Senado y facilitar así los cambios legislativos que impidan en el futuro la vuelta del “trumpismo” a las instituciones. Al menos en esta ocasión pueden tenerlo más fácil de lo que otros presidentes “progresistas” como Jimmy Carter lo tuvieron. Algunas de las “fuerzas oscuras” que acabaron con la carrera de Carter, como fueron el Pentágono, la CIA o el FBI, sienten hoy un gran alivio al constatar que estas elecciones les han quitado de encima a uno de sus más imprevisibles detractores: Donald Trump. Un desequilibrado egocéntrico que nunca ha soportado que nadie a su alrededor le cuestionase sus caprichos, aunque se tratase de sus más fieles asesores o del más leal de los ejércitos.

Ojalá que el venenoso legado de Donald Trump acabe por desaparecer lo antes posible, aunque 70 millones de fanáticos son difíciles de asumir. Ojalá que en el futuro Trump solo sea alguien que pasó a la historia como el presidente que más hizo por enfrentar y desunir a los Estados Unidos y del que, esperemos, solo quede el recuerdo de su absurdo peinado y su desmedida soberbia de sempiterno niño rico.

 

WE SHALL OVERCOME

We shall overcome
We shall overcome
We shall overcome, some day.

Oh, deep in my heart
I do believe
We shall overcome, some day.

We’ll walk hand in hand
We’ll walk hand in hand
We’ll walk hand in hand, some day.

Oh, deep in my heart
I do believe
We shall overcome, some day.

We shall live in peace
We shall live in peace
We shall live in peace, some day.

Oh, deep in my heart
I do believe
We shall overcome, some day.

(Spoken)
The most important verse if the one they wrote down in Montgomery Alabama.
They said “We are not afraid”,
And the young people taught everybody else a lesson.
All the older people that had learned how to compromise
And learned how to take it easy, and be polite, and get along
And leave things as they were.
The young people taught us all a lesson.

We are not afraid
We are not afraid
We are not afraid, today.

Oh, deep in my heart
I do believe
We shall overcome, some day.

The whole wide world around
The whole wide world around
The whole wide world around, some day.

Oh, deep in my heart
I do believe
We shall overcome, some day.

Letra: Pete Seeger & Frank Hamilton. Música: Popular. 1963

 

VENCEREMOS

Venceremos
Venceremos
Un día venceremos.

En lo profundo de mi corazón
Sé que
Un día venceremos.

Caminaremos de la mano
Caminaremos de la mano
Un día caminaremos de la mano.

En lo profundo de mi corazón
Sé que
Un día venceremos.

Viviremos en paz
Viviremos en paz
Un día viviremos en paz.

En lo profundo de mi corazón
Sé que
Un día venceremos.

(Hablado)
El verso más importante es el que escribieron en Montgomery Alabama (*).
Dijeron: “No tenemos miedo”
Los jóvenes nos enseñaron a todos una lección.
A todas las personas mayores que habían aprendido a ceder
Aprendido a tomárselo con calma, y a ser educados, y a llevarse bien
Y a dejar las cosas como estaban…
Los jóvenes nos enseñaron a todos una lección.

No tenemos miedo
No tenemos miedo
No tenemos miedo, hoy.

En lo profundo de mi corazón
Sé que
Un día venceremos.

A lo largo de todo el mundo
A lo largo de todo el mundo
Algún día (venceremos) a lo largo de todo el mundo.

En lo profundo de mi corazón
Sé que
Un día venceremos.

Traducción libre: Liova37

(*) Referencia a las movilizaciones lideradas por el “Civil Rights Movement”, durante la primavera de 1963 en Birmingham, Alabama.

Joven afro-americano puño en alto durante una manifestación en Atlanta, Ggeorgia. Mayo 2020

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