En defensa de la historia y de Indalecio Prieto.

Hemos reproducido un escrito de la nieta de Largo Caballero en estas páginas, hoy lo dedicamos a Indalecio Prieto. Los dos ministros republicanos vilipendiados por una derecha cada vez más cerril, ignorante y vengativa. Son malos tiempo para la lírica.

En El Correo escribían Jose Luis de La Granja y Luis Sala, reproducimos su interesante artículo.

En la his­to­ria no va­le to­do. Co­mo his­to­ria­do­res te­ne­mos la obli­ga­ción de de­fen­der la ver­dad his­tó­ri­ca, que es­tá sien­do ob­je­to de una gra­ve ter­gi­ver­sa­ción por par­te de Vox has­ta el pun­to de ca­lum­niar a los lí­de­res so­cia­lis­tas Fran­cis­co Lar­go Ca­ba­lle­ro e In­da­le­cio Prie­to co­mo «ase­si­nos». Re­sul­ta es­can­da­lo­so que par­ti­dos de­mo­crá­ti­cos, co­mo el PP y Ciu­da­da­nos, asu­man es­te dis­cur­so de odio de la ex­tre­ma de­re­cha y ha­yan apo­ya­do en el Ayun­ta­mien­to de Ma­drid una mo­ción in­fa­me pa­ra qui­tar sus nom­bres de las ca­lles y re­ti­rar las es­ta­tuas de es­tos dos mi­nis­tros de la II Re­pú­bli­ca, ade­más de je­fe del Go­bierno en el ca­so de Ca­ba­lle­ro.

Cen­te­na­res de his­to­ria­do­res he­mos fir­ma­do un «in­for­me téc­ni­co» que des­mon­ta una a una las acu­sa­cio­nes de Vox. Di­cho in­for­me se cen­tra más en Ca­ba­lle­ro que en Prie­to. Co­mo he­mos de­di­ca­do al­gu­nos li­bros a es­te úl­ti­mo, que­re­mos reivin­di­car su fi­gu­ra his­tó­ri­ca por­que le con­si­de­ra­mos, jun­to con Jo­sé An­to­nio Agui­rre, el pa­dre fun­da­dor del Es­ta­tu­to de 1936 y de la Eus­ka­di au­tó­no­ma en la Gue­rra Ci­vil, prin­ci­pal an­te­ce­den­te del ac­tual au­to­go­bierno vas­co.

Es bien co­no­ci­do el bil­bai­nis­mo de In­da­le­cio Prie­to, quien desa­rro­lló su pro­fe­sión de pe­rio­dis­ta en ‘El Li­be­ral’ de Bil­bao y su ca­rre­ra po­lí­ti­ca en su ciu­dad de adop­ción, a la que re­pre­sen­tó en las Cor­tes co­mo dipu­tado en las sie­te elec­cio­nes ge­ne­ra­les que se ce­le­bra­ron en­tre 1918 y 1936. Co­mo tal, y co­mo mi­nis­tro de Obras Pú­bli­cas en­tre 1931 y1933, Prie­to hi­zo mu­cho por el desa­rro­llo ur­bano de Bil­bao (de la mano de su gran ami­go Ri­car­do Bas­ti­da) y tam­bién de Ma­drid. Am­bas ciu­da­des se lo han re­co­no­ci­do dan­do su nom­bre a la es­ta­ción de Aban­do y eri­gien­do una es­ta­tua en los Nue­vos Mi­nis­te­rios.

Su vi­da y su obra han si­do muy bien es­tu­dia­das por di­ver­sos his­to­ria­do­res. Él mis­mo se de­fi­nió «so­cia­lis­ta a fuer de li­be­ral», con­si­de­ran­do que la li­ber­tad es ba­se esen­cial del so­cia­lis­mo. El ‘prie­tis­mo’ fue un so­cia­lis­mo de­mo­crá­ti­co y re­for­mis­ta. Ri­car­do Mi­ra­lles ha re­sal­ta­do que Prie­to fue «un ver­da­de­ro so­cial­de­mó­cra­ta, ‘avant la let­tre’». Co­mo de­mó­cra­ta se opu­so a las dic­ta­du­ras de Pri­mo de Ri­ve­ra y de Fran­co, y tu­vo que exi­liar­se du­ran­te un cuar­to de si­glo, so­bre to­do en Mé­xi­co, don­de mu­rió en 1962.

Tam­bién co­mo de­mó­cra­ta, desem­pe­ñó un pa­pel de­ci­si­vo en la ins­tau­ra­ción de la II Re­pú­bli­ca, la pri­me­ra de­mo­cra­cia es­pa­ño­la, a la que en­car­nó jun­to con Ma­nuel Aza­ña. Co­mo es­cri­bió San­tos Ju­liá, «a Prie­to no le se­pa­ra­ba na­da de Aza­ña» por­que am­bos de­fen­dían lo mis­mo: «una Re­pú­bli­ca de­mo­crá­ti­ca, li­be­ral, par­la­men­ta­ria». Es cier­to que co­me­tió el error de su­mar­se a la re­vo­lu­ción de oc­tu­bre de 1934, error que tra­tó de en­men­dar po­lí­ti­ca­men­te de in­me­dia­to y del que se arre­pin­tió años más tar­de.

Al ini­cio de la Gue­rra Ci­vil, en el trá­gi­co ve­rano de 1936 con ma­tan­zas en los dos ban­dos, Prie­to fue el pri­me­ro que ape­ló a la pie­dad y a la jus­ti­cia. En un dis­cur­so ra­dia­do el 8 de agos­to, se di­ri­gió con es­tas pa­la­bras a los de­fen­so­res de la Re­pú­bli­ca: «Yo os pi­do que no les imi­téis; yo os lo rue­go, yo os lo su­pli­co. An­te la cruel­dad aje­na, la pie­dad vues­tra; an­te la se­vi­cia aje­na, vues­tra jus­ti­cia; an­te to­dos los ex­ce­sos del enemi­go, vues­tra be­ne­vo­len­cia ge­ne­ro­sa».

Des­de el prin­ci­pio de su lar­go exi­lio, Prie­to abo­gó por la con­cor­dia y «la re­con­ci­lia­ción de los es­pa­ño­les», pa­so ne­ce­sa­rio pa­ra la res­tau­ra­ción de la de­mo­cra­cia. Por lo­grar es­ta y aca­bar con la dic­ta­du­ra de Fran­co, es­tu­vo dis­pues­to a sa­cri­fi­car sus an­he­los re­pu­bli­ca­nos, que ha­bían guia­do to­da su tra­yec­to­ria po­lí­ti­ca, y lle­gar a un pac­to con los mo­nár­qui­cos de Jo­sé Ma­ría Gil Ro­bles, que que­rían res­ta­ble­cer la mo­nar­quía en la per­so­na de don Juan de Bor­bón. Fue el de­no­mi­na­do Plan Prie­to, al que Agui­rre se su­mó en 1948 y que fra­ca­só por­que el hi­jo del rey des­tro­na­do en 1931 pre­fi­rió en­ten­der­se con Fran­co. «Es­ta po­lí­ti­ca hi­zo de Prie­to un ade­lan­ta­do de la re­con­ci­lia­ción» en­tre ven­ce­do­res y ven­ci­dos en la Gue­rra Ci­vil (San­tos Ju­liá). Tal fue la sen­da que pre­pa­ró la tran­si­ción a la de­mo­cra­cia en Es­pa­ña tras la muer­te del dic­ta­dor.

Se­gún el em­ba­ja­dor nor­te­ame­ri­cano Clau­de Bo­wers, Prie­to fue «la per­so­na­li­dad más bri­llan­te y po­de­ro­sa, con más ge­nio pa­ra la vi­da po­lí­ti­ca» en la Es­pa­ña de su tiem­po. Ta­char a In­da­le­cio Prie­to de «cri­mi­nal» es una ca­lum­nia, un in­sul­to a su per­so­na y a su me­mo­ria. Es tam­bién un in­sul­to a los mi­les de viz­caí­nos que le vo­ta­ron pa­ra que les re­pre­sen­ta­ra en las Cor­tes. Y es, so­bre to­do, un in­sul­to a la in­te­li­gen­cia. Un in­sul­to al tra­ba­jo in­te­lec­tual de maes­tros co­mo Tu­ñón de La­ra, Jo­ver, Ma­le­fa­kis, Arós­te­gui, Fu­si o el ya ci­ta­do Ju­liá, que nos en­se­ña­ron a pen­sar his­tó­ri­ca­men­te y a tra­tar de com­pren­der los pro­ce­sos his­tó­ri­cos en su com­ple­ji­dad. Eso es lo que ha­ce a la his­to­ria dig­na de lle­var ese nom­bre.

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