VENCEREMOS

Este mes de septiembre, concretamente el día 4, se han cumplido 50 años del hecho con el que comenzó la más destacada y a la vez más frustrante iniciativa para intentar conseguir una alternativa de poder popular que llevase a la construcción de una vía pacífica hacia el socialismo real, respetando las normas de la democracia parlamentaria: la victoria electoral de la candidatura de la Unidad Popular chilena.

Un exiguo periodo de 3 años que, a pesar de los importantísimos logros alcanzados durante su corta existencia, desencadenó a la postre la instauración de una sangrienta dictadura militar que atenazó durante 17 años a los chilenos y que se saldó con miles de muertos, torturados, encarcelados y exiliados. Un emocionante hito histórico durante el cual, a pesar de su carácter efímero, el pueblo de Chile disfrutó de un huracán de libertad que favoreció que las conquistas sociales, el reparto equitativo de la riqueza, la igualdad de oportunidades y la defensa de los intereses de las clases más desprotegidas se convirtieron en el ABC del gobierno presidido por Salvador Allende.

Una etapa de la historia de Chile que, con sus aciertos y desaciertos, demostró que era posible una senda hacia el socialismo, construida solo y únicamente mediante la unidad de las clases populares y el ejercicio de su derecho al voto, renunciando a la vía que hasta entonces estaba considerada como la única que permitía conseguir aquel objetivo: la insurrección popular armada.

Pero, aquel camino iniciado en Chile resultaba tan peligroso para los sectores refractarios del país, que la oligarquía chilena, con la necesaria complicidad de “los vecinos del norte”, no dudó en iniciar, desde el mismo día en que Allende ganó las elecciones, una constante y desleal estrategia de acoso y derribo hacia el nuevo gobierno del pueblo, que concluyó con una sangrienta cuartelada que no dudó en exterminar por todos los medios y de forma radical cada una de las conquistas de la izquierda social. Algo que, en cierta medida, también fue responsabilidad del gabinete de Allende, que basándose en la tan ingenua como peligrosa creencia de que los reaccionarios respetarían lo elegido por la ciudadanía en las urnas, desoyó lo que algunos de sus socios de gobierno le recomendaban y omitió la siempre necesaria limpieza a fondo de las estructuras de poder ligadas a las camarillas económicas, judiciales, militares y policiales. El exceso de tolerancia por parte del propio Allende y su firme creencia en la bondad del ser humano, al margen de honrarle como persona, desgraciadamente también favorecieron lo sucedido 3 años después. Un desafortunado error que trajo consigo, no solo su muerte, sino también la de miles de compatriotas.

En las últimas décadas, la historia se ha encargado de mostrarnos situaciones parecidas. Sin movernos de continente y con formas y matices diferentes, algunas menos cruentas y otras tan opacas y maquilladas que nos impiden sopesar su sangrienta realidad, este mismo patrón de “juego sucio” se ha repetido  en prácticamente toda Latinoamérica: Perú, Bolivia, Ecuador o Brasil, por solo citar los complots más recientes, nos dan buena muestra de ello.

Ya sea mediante golpes de estado, ya sea con elecciones amañadas, con maquiavélicas deslegitimaciones, inhumanos bloqueos o recurriendo al tan eficaz “lawfare”, aquellos países han sufrido en sus carnes la derrota al comprobar como su apuesta por conseguir estados sociales y de derecho por la vía de las urnas ha sido frustrada mediante las más oscuras y rastreras confabulaciones. Y no es necesario profundizar en exceso para comprender que esos fracasos estuvieron casi siempre directamente ligados al hecho de desaprovechar la oportunidad que les proporcionaba el ser gobierno con un claro y mayoritario apoyo popular para, desde esa base, atreverse a acometer la necesaria desinfección profiláctica que depusiera de sus puestos de poder a aquellos que dieron suficientes pruebas de que, ni iban a respetar el tablero de juego, ni tampoco permitir los avances progresistas.

Desgraciadamente, no hay porqué centrarse solo en Latinoamérica para constatar la vigencia de esas actitudes conspiratorias y pro-golpistas. Dejando al margen a EE.UU. y su tan peculiar administración populista-gansteril actual, y obviando por el momento otros oscuros ejemplos más próximos como Hungría y Polonia, España es, sin ir más lejos, una buena muestra de cómo la voluntad popular puede ser una y otra vez boicoteada mediante engaños, “pactos del capó”, apresuradas reformas constitucionales, tramas ilegales y demás enredos que nunca pasarían la prueba de una “lupa democrática”.

Casi medio siglo después de la muerte en la cama del dictador, seguimos constatando que aquellos que siempre se han pavoneado de encarnar la “crème de la crème” del tan alabado espíritu de la transición, hoy ayudan por todos los medios a mantener en sus puestos a jueces que hicieron carrera en los tribunales franquistas, a policías que ganaron medallas torturando en los sótanos de las comisarías, a militares que ayudaron a diseñar falsos golpes de estado, a banqueros y empresarios que amasaron sus fortunas mediante estafas y mordidas, y a toda una red de ganapanes sin cuya ayuda habría sido imposible perpetuar su orden y su ley de manera tan fácil como lo han hecho.

Mantener paralizada la renovación del poder judicial para evitar su imparcialidad; infiltrarse “por detrás” en los más altos tribunales para seguir dictando sentencia a su antojo; mantener en sus cargos en las FF.AA. y FF.CC.S.E. a destacados elementos de ideología antidemocrática, por decirlo suavemente;  firmar bochornosas “cartas de recomendación” a jueces instructores para apoyar a individuos que hubiesen podido ser acusados de genocidas; favorecer a los bancos en sus fusiones y quitas con miles de millones de nuestro dinero en detrimento de subsanar las acuciantes carencias constatadas en la educación o la sanidad pública, que tan decisivas están siendo en estos difíciles momentos de pandemia; negar cualquier tipo de referéndum o consulta que pueda hacer peligrar el “status quo” impuesto, o no dar noticias de la fuga y conocido paradero de presuntos delincuentes, por muy coronadas que tengan sus cabezas, son, todas ellas, auténticas afrentas al pueblo soberano, absolutamente incompatibles con los principios básicos del Estado de Derecho. Una retahíla de carencias democráticas, de agravios comparativos y de obsoletos y antinaturales privilegios de casta que ensanchan, cada día más, la grieta que desde hace 81 años separa a la ciudadanía española respecto a buena parte de su clase dirigente. Algo que, como las urnas nos han indicado recientemente, es extremadamente peligroso en estos tiempos tan proclives a nacional-populismos y a mesías; a profetas del caos e iluminados salvapatrias.

Así que, visto lo visto, no permitamos que errores pasados vuelvan a repetirse en un tan nocivo como antisocial bucle de tóxica impunidad. Mientras tanto, y hasta que consigamos vislumbrar el imperativo camino hacia la tan urgente IIIª República, la única manera de hacer que el país pueda salir de esta discapacidad democrática que le asfixia es exigiendo, con la ley en la mano, responsabilidades a todos aquellos que corresponda. Investigando, juzgando y condenando, si llega el caso, a quienes se presuma que son culpables de delitos contra lo público. En definitiva, contra la ciudadanía. Solo respetando la ley en sentido estricto, sin favoritismos, partidismos, oscuros intereses y perversas ambiciones podremos pretender preparar este país para el futuro. Por el momento, y aunque resulte un tanto patético, solo podemos contabilizar en el marcador de nuestra historia reciente 40 años de dictadura y otros 40 de libertad bajo fianza y además vigilada. Una condena demasiado estricta para un pueblo que solo ha sido responsable del delito de aspirar a vivir, como mínimo, en una democracia homologable.

VENCEREMOS (*)

Aquí va todo el pueblo de Chile
Aquí va la Unidad Popular
Campesino, estudiante y obrero
Compañeros de nuestro cantar.

Con sabiente de nuestra bandera
La mujer ya se ha unido al clamor
La Unidad Popular vencedora
Será tumba del yanqui opresor.

Venceremos, venceremos
Con Allende en septiembre a vencer
Venceremos, venceremos
La Unidad Popular al poder.
Venceremos, venceremos
Con Allende en septiembre a vencer
Venceremos, venceremos
La Unidad Popular al poder.

Con la fuerza que surge del pueblo
Una patria mejor hay que hacer
A golpear todos juntos y unidos
Al poder, al poder, al poder.

Si la justa victoria de Allende
La derecha quisiera ignorar
Todo el pueblo resuelto y valiente
Como un hombre se levantará.

Venceremos, venceremos
Con Allende en septiembre a vencer
Venceremos, venceremos
La Unidad Popular al poder.
Venceremos, venceremos
Con Allende en septiembre a vencer
Venceremos, venceremos
La Unidad Popular al poder.

(*) La letra de esta versión, posterior a la original compuesta letra y música por Sergio Ortega, la escribe Victor Jara expresamente para servir de “himno de campaña” de la candidatura Unidad Popular, encabezada por Salvador Allende en las elecciones de septiembre de 1970.

Letra: Victor Jara. Música: Sergio Ortega. 1970

Salvador Allende en uno de sus últimos discursos durante el verano de 1973.

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