IL FIGLIO DEL POLIZIOTTO

Hace ya una eternidad, concretamente el verano anterior al año que murió el dictador Franco, bajaba del tren en la Centraal Station de Ámsterdam con mi mochila en la espalda, cuando una imagen me dejó absolutamente estupefacto: Un policía muy joven, desarmado, con el pelo rubio platino casi por los hombros, un pendiente en la oreja izquierda y una impoluta camisa azul celeste preguntaba a los mochileros que se desperdigaban por la estación si sabían dónde iban a dormir aquella noche y, en caso de no contar con alojamiento, se les indicaba donde podrían dormir, comer o ducharse gratis. Incluso se les recomendaba donde no se debía de comprar droga o a quien se podía recurrir si se sufría un mal viaje de LSD.

Casi por las mismas fechas, pero un año después y en Londres, un viernes noche deambulaba por Brixton con unas cuantas pintas de “stout” encima mientras intentaba sin éxito orientarme para llegar a la pensión donde me alojaba. Mi estado debía de ser bastante elocuente porque, de pronto, paró a mi lado un coche de policía del que salió un “Bobby” que amablemente preguntó si me encontraba bien. A pesar de mi estado conseguí decirle que había bebido de más, lo cual era obvio, y que me había perdido. Los policías al ver que no era más que un joven foráneo, y que además de bastante contento estaba desorientado, se ofrecieron a acercarme en su coche a la pensión, que por otra parte no estaba muy lejos.

Para mí, que en aquella época tan solo era un adolescente izquierdista, más acostumbrado a huir corriendo de los “grises” y de “la social” que a confiar en ellos, aquellas inusuales experiencias con gendarmes de otros países me impactaron tanto que, a partir de entonces, nunca pude imaginar una sociedad democrática en la que la principal función de la policía fuese otra que la de ayudar al ciudadano en lugar de reprimirle.

Desgraciadamente, el curso de la historia ha seguido otros caminos muy diferentes. Hemos conocido, y muchas veces denunciado, la deriva neo-liberal que desde finales del siglo pasado fue degenerando nuestro mundo mediante sucesivas ofensivas privatizadoras. Países como Gran Bretaña, Francia, Alemania o España han sido testigos del desmantelamiento de lo público y de la progresiva privatización de los elementos más básicos de la Sociedad del Bienestar, sea la sanidad, la educación, las pensiones o las garantías laborales. Pero, a pesar de ello, casi ni nos hemos dado cuenta de que instituciones como la policía también han desviado su rumbo natural en muchos de los países que se jactan de disfrutar de “democracias plenas”. La progresiva militarización de los cuerpos de seguridad, la creación de sindicatos policiales de marcado carácter autoritario y antidemocrático, la aparición de canales de rr.ss deseando la muerte de una alcaldesa, el descubrimiento de la “policía patriótica”, el desmantelamiento de los agentes de barrio, la profusión de la seguridad privada, o la creciente brutalidad policial han ido incidiendo en la ciudadanía hasta dejarla prácticamente indefensa frente a los abusos. Tanto es así que, en ocasiones, la peligrosísima arbitrariedad de algunas actuaciones policiales nos ha hecho recordar, especialmente en el caso concreto de España, aquella odiosa impunidad que amparaba a la policía en los oscuros años de la dictadura.

En este país hemos visto, a lo largo de los dos últimos lustros, como diferentes gobiernos han utilizado a la policía para sus propios intereses, bien sea para aplicar la agravante de terrorismo a meras peleas de bar entre borrachos, fabricar falsos dosieres para la “cloaca mediática”, destruir pruebas en investigaciones delicadas, encubrir a mafias policiales u ocultar malos tratos en comisarías y centros de detención. Incluso hemos constatado el uso de las fuerzas antidisturbios para cargar salvajemente contra población pacífica, siempre o casi siempre amparándose en una más que dudosa apreciación de delito que a veces la justicia, a toro pasado, ha tenido que desestimar. Desgraciadamente con los cuerpos y fuerzas de seguridad está ocurriendo algo muy parecido a lo que sucede con la bandera monárquica: Parece que tanto los unos como la otra sirven para defender y representar a solo una parte de la ciudadanía. En concreto, a aquella que continuamente se llena la boca con proclamas patrioteras, pero no duda un instante en meter mano a la caja común. El resto debemos de ser poco menos que apátridas y, por lo tanto, sin derechos que nos amparen ni símbolos que nos representen. Una deriva esta de bajísimo perfil democrático que, para consuelo de los imbéciles, no es patrimonio exclusivo  de nuestra tierra.

Es evidente que los sucesos acaecidos recientemente en Minnesota con la muerte “in live” de George Floyd y esa abominable foto fija del policía inmovilizándolo con la rodilla hasta asfixiarlo, así como las numerosas protestas que rápidamente se han extendido por todo el territorio de los EE.UU., han vuelto a poner de manifiesto, no solo que en aquel país sigue existiendo un racismo considerable, sino también que la policía es cómplice indispensable para que se pueda mantener esa segregación.

Pero, a pesar del evidente componente racista de este reciente y dolorosamente famoso comportamiento criminal de la policía norteamericana, el racismo es solo un aspecto más de esta progresiva metamorfosis de los agentes del orden en agentes del caos. El racismo, la aporofobia, la misoginia, la homofobia, la xenofobia, el sexismo… incluso en ocasiones el simple y llano fascismo sin maquillaje, brazo en alto y con símbolos de siniestro recuerdo, están por desgracia mucho más presentes entre las policías de un buen puñado de países que entre la propia población de esas mismas regiones. Algo absolutamente inaceptable en cualquier nación de esta zona del mundo que presume de ser la defensora de los derechos humanos pero que, a la primera de cambio, bloquea, sanciona, invade o intenta derrocar a los gobiernos que, según su peculiar e interesado criterio, no cumplen con el “sello de calidad” que ellos mismos sistemáticamente vulneran.

La tan convulsa historia del mundo, sobre todo a lo largo del último siglo, implica unas responsabilidades que no se pueden obviar si pretendemos avanzar hacia una sociedad más justa y democrática. Al igual que la pandemia que estamos sufriendo ha podido servir para constatar que solo un potente y sólido sistema público de salud puede hacer frente a este tipo de imponderables, hay que ser conscientes de que además de la sanidad también hay que reforzar y defender, al precio que sea, una educación pública universal, una política de pensiones equitativa, una fiscalidad auténticamente progresiva, una justicia imparcial y, porqué no, unas fuerzas y cuerpos del estado que, por encima de todo, sirvan para defender los intereses  de la ciudadanía y no los de sus élites.

La advertencia que la cúpula militar lanzó la semana pasada al infame Donald Trump desde el Pentágono, negándole el uso del ejército a su antojo y provecho, como si el U.S. Army no estuviese compuesto por soldados regulares, sino por la horda de mal encarados guardaespaldas que siempre acompañan al bufón en sus espectáculos, debería de servir de advertencia a aquellos que desde el poder quieren hacer un uso partidista, sectario y prevaricador de los institutos armados: Si la cúpula militar de uno de los países más belicistas del mundo ha puesto freno a los peligrosos caprichos del presidente de la nación, cualquier otro ejército puede hacerlo si, como en el caso norteamericano, ve peligro en ello. No hay o, mejor dicho, no debe de haber instituciones públicas, y mucho menos armadas, que puedan servir para amparar comportamientos antidemocráticos. La mera idea de algo parecido debe ser considerado un aberrante oxímoron.

Solo lo público es auténticamente democrático, o lo que es lo mismo, pero en lenguaje más de calle: Solo el pueblo salva al pueblo. Que sean los implicados los que decidan si son pueblo o si prefieren ser verdugos, pero si optan por lo segundo, que sean capaces de asumir las consecuencias.

 

IL FIGLIO DEL POLIZIOTTO

Vedi sono più importante
Ho tre maglie e tu una sola;
Vedi sono più importante:
Ho il papà con la pistola
E combatte contro tutti
Assassini, farabutti;
E la sera torna a casa
Con la sua divisa blu
E si siede sul mio letto
Mi racconta quel che ha fatto
Fino a che non m’addormento
E son contento.

“Quando il nostro commissario
Con la fascia tricolor
Lui m’ha detto di sparare
Non se ne poteva più.
Eran mille scalmanati
Noi duecento baschi blu
Son bastati due o tre morti
Non si son sentiti più.
Tira un colpo o due per aria
Poi ti vedo quel barbon:
Gli ho sparato in mezzo agli occhi
E non se ne parli più.”

Vedi sono il bambino
Più importante della scuola:
Ho il papà con la divisa
Ho il papà con la pistola;
E m’ha detto che ha sparato
Contro certi esseri strani
Che gridavan per le piazze
Che gridavan come cani;
E m’ha detto che’eran brutti
E cattivi e sporchi e storti
E che non se ne stan buoni
Fino a che non sono morti.

“Quando il nostro commissario
Con la fascia tricolor
Lui ci ha detto di sparare
Non se ne poteva più.
Eran mille scalmanati
Noi duecento baschi blu:
Son bastati due o tre morti
Non si son sentiti più”

Paolo Pietrangeli. 1969

 

EL HIJO DEL POLICÍA

Verás, yo soy más importante
Yo tengo tres camisas y tú sólo tienes una;
Verás, soy más importante:
Tengo un padre con pistola
Y lucha contra todos
Asesinos, villanos;
Por la noche llega a casa
Con su uniforme azul
Y se sienta en mi cama
Y me cuenta lo que hizo
Hasta que me duermo
Y soy feliz.

“Cuando nuestro comisario
Con el brazalete tricolor
Ha dicho que disparásemos
Ya no podía aguantarme más.
Eran miles de perturbados,
Nosotros, doscientos boinas azules.
Dos o tres muertos bastaron
Para que no se les oyese más.
Hice uno o dos tiros al aire
Y entonces vi a aquel niñato:
Le disparé en medio de los ojos.
Y no se hable más.”

Mira, yo soy el chico
Más importante de la escuela:
Tengo un padre de uniforme
Tengo un padre con pistola;
Y me dijo que disparó
Contra unos seres extraños
Que gritaba en las plazas
Que gritaban como perros;
Y me dijo que eran feos
Y malvados y sucios y pervertidos.
Y que no se quedará a gusto
Hasta que no estén muertos.

“Cuando nuestro comisario
Con el brazalete tricolor
Ha dicho que disparásemos
Ya no me podía aguantar más.
Eran miles de perturbados,
Nosotros doscientos boinas azules.
Dos o tres muertos bastaron
Para que no se les oyese más.
Hice uno o dos tiros al aire
y entonces vi a aquel niñato:
Le disparé en medio de los ojos
Y no se hable más.”

Traducción libre: Liova37

 

La policía chilena reprimiendo a manifestantes. Enero 2020.

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