OS SENHORES DA GUERRA

Desde que a mediados del mes de marzo la crisis del COVID-19 apareció de forma dramática para cambiar radicalmente la vida de media Europa, una terminología netamente militarista comenzó, al menos en España, a teñir de verde oliva las noticias: Guerra, bajas, lucha, victoria, armas, combate, derrota, héroes… han sido palabras que tanto desde los editoriales de prensa y los informativos de radio y TV, como en las declaraciones institucionales y las ruedas de prensa, han estado continuamente presentes como si el centro de nuestra preocupación fuese más un conflicto bélico que una gravísima pandemia. Algo que no deja de ser curioso ya que, paradójicamente, lo que desde hace más de dos meses está en juego no son las fronteras o la hegemonía política o militar de ningún país o territorio, sino la vida y la salud de los ciudadanos.

No sé muy bien si este lenguaje marcial, del que casi todo el mundo ha echado mano al margen de su posicionamiento político y de su mayor o menor simpatía por la milicia, ha surgido de forma espontánea o si, por el contrario, se ha debido a alguna torticera estrategia lingüística para enmascarar con una carga épica el terrible desastre en el que el Coronavirus nos ha sumido. De lo que sí estoy seguro es de que el empleo de tanto símil militar no ha sido una buena idea, porque este inmenso esfuerzo que todos estamos haciendo tiene mucho más que ver con una decidida apuesta por vida y la esperanza, que con ninguna tanática obsesión de destrucción y muerte.

Ha sido precisamente esta focalización de la actualidad, a la que irremediablemente nos ha empujado el fanatismo de la pandemia, la que ha desplazado a un segundo plano uno de los grandes y necesarios recordatorios que, en circunstancias normales, habría marcado la agenda política internacional de buena parte de este 2020: El 75 aniversario del final de la 2ª Guerra Mundial, que en Europa se produjo el 8 de mayo de 1945, cuando los ejércitos aliados y la resistencia popular conseguían derrotar al nazi-fascismo y poner fin a un terrible episodio en el que casi 70 millones de personas perdieron la vida.

La 2ª Guerra Mundial se convirtió en el hito bélico más mortífero de la historia. Aún hoy en día no existe una estimación realmente fidedigna de la mortandad que provocó, aunque en 1978 se calculó que el número de muertos totales no habría sido inferior a 65 millones y medio, de los que le corresponderían, solo a Europa, más de 20. Además de los caídos en los diferentes campos de batalla y de los millones de civiles, de uno y otro bando, masacrados en virtud de su consideración de inevitables “daños colaterales”, al menos 6 millones de hombres, mujeres y niños judíos, así como decenas de miles de gitanos, izquierdistas, pacifistas, homosexuales, discapacitados y marginados sociales murieron solo en los campos de exterminio nazis. Tampoco los propios alemanes se salvaron de la hecatombe: A mediados de 1945, una vez finalizada la guerra, en Alemania, con una población de unos 70 millones de personas y un considerable equilibrio de género, había 7 millones más de mujeres que de hombres.

Pero, además del obsceno número de bajas ocasionado por el conflicto, entre 1939 y 1945, al menos 60 millones de civiles europeos fueron desarraigados de sus hogares; 27 millones abandonaron sus países o fueron expulsados por la fuerza. Cuatro millones y medio fueron deportados por los nazis para realizar trabajos forzados y centenares de miles también lo fueron al ser enviados a Siberia por los soviéticos. Cuando la guerra terminó, más de 2 millones de polacos y checos fueron “transferidos” a la URSS, y más de 12 millones de alemanes huyeron o fueron expulsados de territorios de habla germana de la Europa del Este. Entre la primavera y el verano de 1945, una media de más de 40.000 refugiados alemanes confluía cada semana en la zona noroeste de Alemania, huyendo de otros territorios bajo control ruso.

En aquella espantosa guerra se vieron involucrados más de 22 países europeos. Lo que significó, además de pérdidas humanas, la consiguiente destrucción de pueblos, casas, industrias, infraestructuras e incluso ciudades enteras. Algunas como Varsovia, Coventry, Berlín, Roterdam o Hamburgo quedaron prácticamente convertidas en escombros. Otras como Dresde fueron arrasadas en poco más de 3 horas y media, cuando más de 800 bombarderos pesados arrojaron sobre su centro histórico 1.500 toneladas de explosivos de alta potencia y ochocientas cincuenta mil bombas incendiarias que produjeron temperaturas tan extremas que llegaron a derretir el vidrio de las ventanas, el acero de las vigas y el asfalto de las calzadas. Testigos que sobrevivieron recordaban como los remolinos resultantes del brutal consumo de oxígeno que causaba el fuego succionaban, como si se tratase del ojo de un huracán, todo lo que encontraba en su radio de acción, ya fuesen objetos, animales o personas. Se calcula que en unas pocas horas entre 25 y 40 mil personas murieron calcinadas, de shock térmico, de sobrepresión o incluso asfixiadas en los refugios con los gases de la combustión o la falta de oxígen.

Nunca un conflicto bélico llegó a ser tan dramáticamente destructivo como el que azotó el mundo entre 1939 y 1945. Una guerra que, como todas, solo tuvo una razón de ser: El enriquecimiento de algunos a costa del sufrimiento de otros. Y en la que, como es habitual, aquellos que la provocaron y que pretendieron lucrarse con ella fueron una ínfima parte comparados con los millones que la sufrieron.

Siempre que se producen este tipo de hecatombes, que marcan por décadas a millones de personas, los buenos propósitos no llegan hasta que el conflicto acaba. Con el final de la guerra en Europa los supervivientes pretendieron alejar de sus conciencias el horror que vivieron apoyándose tanto en un sinfín de “mea culpa”, como de innumerables llamadas a una paz que juraron que duraría eternamente; habían aprendido, aseguraron. Pero aquel cómodo arrepentimiento siempre estuvo acompañado de una absoluta falta de autocrítica, afianzada en el hipócrita argumento de que únicamente los derrotados habían sido los responsables de aquel desastre, a pesar de que a aquel infierno no se llegó solo por acción, sino también por omisión. Pero olvidadas las buenas intenciones, no pasaría ni un lustro antes de que la codicia, las ansias de hegemonía y los oscuros intereses mercantiles volviesen a trufar el planeta de conflictos armados, ahora aquí y luego allí, que volverían a provocar una imparable dinámica de muertos, heridos, lisiados, huérfanos y desplazados que se mantiene perversamente activa hasta nuestros días.

Dice el refrán que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Yo añadiría que dos son pocas y que lo habitual en nuestra especie es tropezar al menos 3 o 4 veces, cuando no bastantes más. Hoy son muchas las voces afirman que esta terrible experiencia que nos está haciendo vivir la pandemia del Covid-19 hará que nuestra escala de valores cambie de raíz; que descubramos lo auténticamente importante de la vida y que superemos nuestra innata tendencia a escoger lo innecesario y lo superfluo en lugar de lo realmente imprescindible, de lo auténtico. Pero yo me pregunto, ¿seremos también capaces de desterrar las guerras? ¿Conseguiremos algún día superar nuestras diferencias simplemente hablando los unos con los otros y rechazando de plano la fuerza como único argumento? ¿Servirá de algo que hayamos visto, cara a cara, tanto miedo, tanta desesperación, tanto sufrimiento, tanta pérdida, o cuando la mala racha pase volveremos como asnos a tropezar una y otra vez en la misma piedra, en la misma bomba, en la misma pandemia?

 

OS SENHORES DA GUERRA

Os senhores da guerra
São os reis da competência
Matam dez mil homens
Sem problemas de consciência

Os senhores da guerra
São os reis da competência
Matam dez mil homens
Sem problemas de consciência

Se não fosse a economia
De mercado concorrente
Decerto os senhores da guerra
Não matavam tanta gente

A guerra é um bom negócio
Que não se pode perder
As armas só dão lucro
Se houver a quem as vender
E todos nós, tarde ou cedo
Temos de morrer

Os senhores da guerra
Fazem contas cuidadosas
Deixam dois por cento
Para obras caridosas

Calcula-se o rendimento
Em função do investido
O lucro é de 3000 dólares
Por cada corpo abatido

Biafra ou Palestina
Bangla Desh ou Polinésia
O Chile ou a Argentina
A Coreia ou a Indonésia
Fornecem carne p’ra canhão
Em primeira mão

Os senhores da guerra
São pessoas respeitáveis
Vão passar as férias
Em montanhas saudáveis

Os senhores da guerra
São pessoas respeitáveis
Vão passar as férias
Em montanhas saudáveis

Mergulham as carnes tenras
Em piscinas de água quente
Enquanto os seus mercenários
Matam muita, muita gente

E cada nova guerra
Que conseguem fabricar
Será mais um mercado
P’ra morrer e p’ra pagar
Até que o dia chegará
Em que a bomba rebentará
Nas suas mãos
E a guerra terminará

Letra y música: Grupo Outubro. 1977

 

LOS SEÑORES DE LA GUERRA

Los señores de la guerra
Son los reyes de la competencia
Matan diez mil hombres
Sin problemas de conciencia.

Los señores de la guerra
Son los reyes de la competencia
Matan diez mil hombres
Sin problemas de conciencia.

Se no fuese por la economía
Del mercado de la competencia
Seguro que los señores de la guerra
No matarían tanta gente.

La guerra es un buen negocio
Que no se puede perder
Las armas solo obtienen ganancias
Si hay alguien que las venda
Y todos nosotros, tarde o temprano
Tenemos que morir.

Los señores de la guerra
Hacen cuentas con esmero
Dejando un dos por ciento
Para obras de caridad.

Se calcula el rendimiento
En función de lo invertido
El lucro es de 3000 dólares
Por cada cuerpo abatido.

Biafra o Palestina
Bangla Desh o Polinesia
En Chile o en Argentina
En Corea o Indonesia
Suministran carne de cañón
De primera mano.

Los señores de la guerra
Son personas respetables
Pasaran las vacaciones
En montañas saludables.

Los señores de la guerra
Son personas respetables
Pasaran las vacaciones
En montañas saludables.

Sumergen sus tiernas carnes
En piscinas de agua caliente
Mientras que sus mercenarios
Matan mucha, mucha gente.

En cada nueva guerra
Que consiguen fabricar
Habrá otro mercado
Para morir y para pagar
Hasta que llegue un día
En el que la bomba reventará
En sus manos
Y la guerra terminará

Traducción libre: Liova37

 

Mujeres alemanas caminan entre las ruinas de Berlín. Junio de 1945.

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