TODO CAMBIA

Una de las pocas realidades que parece que ganan consenso, sea donde sea que se mencionen, es la de que después de esta salvaje pandemia del COVID-19 nada va a volver a ser igual. Pero algo tan obvio como que una epidemia mundial que ya se ha llevado por delante a más de 80.000 personas, la mayor parte de ellas en el antes llamado “Primer Mundo”, pueda convertirse en un punto de inflexión económico, político, histórico y cultural pasa a ser un auténtico sinsentido si no se matiza claramente hacia dónde va a ir y sobre quién va a repercutir el tan aparentemente asumido cambio. Y, por el momento, salvo algunas afirmaciones más cargadas de buenismo que de fundamento, no está nada claro que la salida de esta crisis global vaya a servir para avanzar en cuestiones tan apremiantes como son la prioridad de lo público frente a lo privado, el blindaje de los derechos democráticos o la protección sin paliativos de las capas sociales más desprotegidas que, desgraciadamente, suman un escandaloso porcentaje dentro de la población mundial. En definitiva: Un decidido salto hacia delante en la búsqueda del bien común que sea capaz de, no solo revertir las criminales políticas del neo-liberalismo globalizado, sino también de profundizar en el tan acuciante cambio social por el que claman desde sus míseros agujeros miles de millones de personas víctimas de esta sistémica deshumanización.

De nada va a servir que salgamos de esta situación de pesadilla, sí una vez superada la crisis sanitaria volvemos a las andadas y seguimos patrocinando un mundo basado en el “tanto eres, tanto vales”. Porque la valía, tal y como desgraciadamente la entiende mucha gente, no se basa en absoluto en la empatía, el humanismo, la consciencia social ni la bonhomía, sino en la solidez de nuestras cuentas corrientes, en la capacidad de explotar de forma impune a nuestros congéneres, o en el egoísmo de tener siempre asegurado un bote salvavidas para ti solo cuando, por una de aquellas, la vida choca contra el iceberg de la fatalidad.

Esta realidad que hoy nos abruma, y que solo pudo imaginarse en las novelas de ciencia ficción más catastrofistas, ha puesto patas arriba el mundo que vivimos: Los parques están clausurados y las zonas de copas vacías; las tiendas cerradas y los aviones en tierra. Los delfines retozan en las playas abandonadas y los jabalíes campan a sus anchas en los bulevares del extrarradio. Los planes se han desbaratado, los viajes cancelados y muchísimos trabajos perdidos. Salir a la calle y pasearla se ha convertido en un lujo más deseado que conducir el coche más caro. Algunos de aquellos que hace semanas apretaban un timbre para que les sirviesen un wiski con hielo, hoy tienen que calentarse ellos mismos el agua de su té de media tarde, porque los que les servían ya no están ahí para hacerlo. Un balcón al que asomarse es tan envidiado como un palco en la final de liga. Parejas que no se soportan se ven condenadas a convivir semanas enteras como si se tratase de una distópica luna de miel, mientras miles de trabajadores, sean peones o CEOs, acuden a diario a sus tajos sin saber si de aquí a unos cuantos días la fiebre y la neumonía les habrá convertido en una cifra más del cómputo diario de bajas. Hasta el Papa, presunto representante de Dios en la tierra, tiene que repartir su bendición anual “Urbi et Orbe” en una fantasmagórica plaza de San Pedro sin un solo fiel presente que pueda santiguarse.

No deja de ser paradójico que muchos de los que a diario aplauden desde los balcones y se identifican como adalides del patriotismo vuelvan la vista hacia otro lado cuando la incontestable realidad les demanda unas cuotas de solidaridad que pueden afectar negativamente a su patrimonio. Ya se trate de reducir millonarias ganancias, o simplemente de asumir mayores exigencias fiscales para ayudar a paliar con una renta mínima universal las penurias de los que nada o casi nada tienen.

Si no aplicamos decididos cortafuegos al siniestro derrotero que nuestra sociedad viene sufriendo desde hace más tiempo del que somos capaces de recordar; si no nos rebelamos contra la asunción de la precariedad como algo normal y cotidiano, el futuro nos va a obligar, como si ocupásemos asiento en una trágica noria de movimiento continuo, a sucumbir periódicamente a crisis, pandemias y devastaciones varias, que hoy se llevan por delante a los más ancianos, mañana a los más jóvenes, después a los más débiles, a los más tontos, a los más pobres o, incluso con mala suerte para ellos, algún día a los más ricos.

Desde siempre el ser humano ha sabido que el cambio y la transformación ha de ser una constante, tanto para la persona en si como para la sociedad de la que forma parte. Pero también ha sido perfectamente consciente de que ese cambio no es deseado por todos, y mucho menos por aquellos que cimentan su poder en la perpetuación de su confortabilidad a costa de lo que sea.

Esta inesperada pandemia que estamos viviendo es solamente una alerta más a sumar a los múltiples avisos que llevamos recibiendo desde hace años. Vivimos en un mundo que hace oídos sordos a las noticias, tristemente cotidianas, que nos anuncian la desaparición de innumerables especies, las hambrunas generalizadas, la masiva deforestación, las guerras por este o aquel mineral o hidrocarburo, la sustitución de la biodiversidad marina por continentes enteros de desechos plásticos, el paro endémico, las mortales epidemias que año a año acosan a los más desatendidos, el agotamiento de los acuíferos, los incendios que asolan extensiones inconmensurables… En definitiva, una lenta agonía del mundo, que nos esforzamos por olvidar con la absurda esperanza de que todo podrá ser reversible no se sabe cuándo. Pero no es así. De nada nos sirve el seguir engañándonos siendo tan estúpidamente refractarios a un cambio que no permite elección. Que ya hoy mismo es insoslayable.

El cambio es de obligado cumplimiento. La superación del actual sistema productivo es inexcusable. La defensa a ultranza del patrimonio público es vital. La redistribución de la riqueza social es inaplazable. La batalla a muerte contra la precariedad es la mejor bandera. La reconducción de los patrones de consumo es irrenunciable. Si no tenemos presentes todas estas afirmaciones como si nos fuese la vida en ello, estamos abocados a la extinción. Más lenta o más súbita; más o menos cruenta y dolorosa, pero desgraciadamente irrefrenable. Cualquier movimiento que nos aleje de aquellos objetivos nos estará alejando del sentido común, de la esperanza, de aquella vieja idea que tanta lucha ha costado el conseguir acercarnos a ella y de la que gentes sin escrúpulos siempre han intentado apartarnos. En pocas palabras y en términos más políticos, de la auténtica Democracia de todos y para todos.

 

TODO CAMBIA

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante
Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia

Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera
Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
Lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana

Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia
Cambia todo cambia

Pero no cambia mi amor

Letra y música: Julio Numhauser. 1982

 

La Plaza de San Pedro desierta durante la bendición “Urbi et Orbe” del Papa Francisco. 27/03/2020

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