A QUIÉN LE IMPORTA

Hace pocos días, concretamente el pasado 28 de junio, se celebraba el 50 aniversario de la revuelta de Stonewall. La primera vez en la historia (que conozcamos) que varios cientos de personas homosexuales y transexuales plantaron cara a la policía para defender su derecho a reunirse, relacionarse, comunicarse y expresar su sexualidad sin que aquello pudiese suponer el ser perseguidas, apaleadas, juzgadas o encarceladas por el simple hecho de enfocar y desarrollar su afectividad y su sexualidad de una forma diferente a la que entonces se consideraba como la única reconocida y válida por la moral y la cultura dominantes.

Aquella protesta que fue duramente reprimida por la policía de Nueva York, fue el pistoletazo de salida para la aparición de una nueva causa a añadir al extenso listado de las tareas pendientes que el género humano está obligado a asumir y defender si algún día pretende conseguir su liberación de un sistema degradante y opresor como es el capitalismo. Una nueva causa, tan antigua como la propia humanidad, que a partir de entonces se identificó con un anglicismo que, poco a poco, se infiltró como concepto reconocido en el argumentario de casi todos los movimientos sociales y políticos que defendían un desarrollo progresista de la sociedad: GAY. Una nueva palabra que pronto se internacionalizó para dignificar y sustituir a otras que con un significante claramente despectivo venían utilizándose en los diferentes idiomas del mundo, como “pedé”, “froggio”, “fagot”, “seltsam”, “pidor”, “fag” o “maricón”.

Sin embargo, aquella reivindicación que empezó a popularizarse a partir de las revueltas de Stonewall no debía de resultar tan nueva para los movimientos revolucionarios y emancipadores porque en la historia del pasado siglo XX ya había sido contemplada, aunque ciertamente con poco éxito, en algunas honrosas ocasiones. En 1922, el Partido Bolchevique fue el primero a nivel mundial que reformó el código penal, el de la Unión Soviética, para despenalizar el sexo homosexual consentido y entre adultos e, incluso, el gobierno de la U.R.S.S.se adhirió a la Liga Mundial por la Reforma Sexual, aunque posteriormente el estalinismo volviese a considerarlo un crimen social, un desviacionismo burgués y desatara una feroz represión contra lo que Richard Stites definió como el “Termidor sexual”. En esa misma época y en la Alemania de Weimar, destacadas figuras progresistas especializadas en el campo de la medicina, la sociología y la siquiatría como Karl Ulrichs o Magnus Hirschfeld encabezaron un movimiento cuya principal meta era la despenalización de la homosexualidad. De hecho, durante un tiempo, el Comisariado de la Salud soviético, a cargo de Semashko, encargó a higienistas, médicos y psiquiatras soviéticos que trabajasen con ese objetivo en colaboración con el Instituto de Investigación Sexual de Berlín, presidido por Hirfcherld, uno de los centros más activos del momento en el reconocimiento de los derechos homosexuales. Estos avances en la dirección de desestigmatizar la homosexualidad, que fueron frenados de forma drástica con el auge del nazi-fascismo y el asentamiento del estalinismo, volvieron a aparecer en los Estados Unidos, aunque de manera mucho más cauta y en circunstancias de semiclandestinidad, durante el desarrollismo económico norteamericano posterior a la IIª Guerra Mundial, propulsados por asociaciones pro derechos civiles, como la Matachine Society. En el caso de Europa, y en aquellos mismos años, la popularidad que fueron ganando figuras de la talla de Jean Cocteau, André Gide o Jean Genet, que nunca ocultaron su homosexualidad, también favoreció un ambiente de cierta permisividad, al menos entre las vanguardias artísticas e intelectuales.

Pero no fue hasta la radicalización política de los movimientos sociales que emergieron post Mayo Francés cuando la llamada “cuestión homosexual” empezó a replantearse en términos de liberación con una decidida crítica al sistema capitalista que buscó estrechar lazos con el resto de las luchas de los oprimidos y explotados, así como la subsiguiente aparición de los Frentes de Liberación Homosexual . Y lo que es más importante, dejó de tener una óptica puramente masculinizada para reconocer también el lesbianismo, la transexualidad y la asignación de género como cuestiones pendientes. Una tendencia que favoreció que el último viernes de junio de 1969 aquel impulso liberalizante se manifestase de forma patente en los encontronazos violentos y las barricadas de fuego que llevaron el episodio del Stonewall a las primeras planas de la prensa mundial.

A partir de entonces, la lucha por la despenalización de las conductas sexuales “diferentes” y por el reconocimiento de la diversidad sexual como un derecho inalienable fue ocupando, lenta pero decididamente, un espacio reivindicativo al que la mentalidad progresista y los partidos de izquierda no pudieron dar la espalda. Y así, sin tregua y con paso decidido, se fueron consiguiendo avances que desembocaron en algunos lugares en una progresiva despenalización de las conductas sexuales diversas e, incluso, en el reconocimiento de las uniones de hecho entre personas del mismo sexo, y más recientemente en la institucionalización del matrimonio homosexual en una considerable cantidad de países de todos los continentes.

Sin embargo, hoy en día, cuando en países históricamente refractarios al reconocimiento de la diversidad sexual, como España o diferentes naciones latinoamericanas, se ha conseguido tras años de represión, sufrimiento y lucha que las respectivas legislaciones reconozcan el matrimonio homosexual, se comienza de nuevo a sentir, también ahí, el peso de la reacción contra las conquistas obtenidas. Y buena prueba de ello es el tumulto potenciado por “la caverna mediática” en la celebración de este año del Día del Orgullo Homosexual, en la que desde diversas tribunas reaccionarias se ha llegado a tildar de radicales, intolerantes y totalitarios a aquellos que, con toda la razón, no han permitido la presencia en la celebración del Orgullo de los compañeros de viaje del fascismo que pretenden ocupar con fines meramente propagandísticos un espacio de visibilidad, cuando al mismo tiempo están amparando leyes y conductas homófobas que en los últimos meses han disparado exponencialmente las agresiones violentas contra miembros del colectivo homosexual.

Igual que sería ética y lícitamente admisible que se impidiese la participación de torturadores en una protesta contra la tortura, la de los patronos en una huelga, o la de los pederastas en una manifestación contra el abuso a menores, es perfectamente comprensible que en el desfile del Orgullo se disparen las protestas espontaneas de la gente o se intente impedir la asistencia organizada y con pancartas al viento de los mismos partidos políticos que en Andalucía, por acción u omisión, facilitan datos protegidos de personas gay a la canalla fascista, mientras que en Madrid juegan a ser demócratas y a querer limpiar sus conductas reaccionarias haciendo acto de presencia en una celebración que en el fondo rechazan y que, si por ellos fuese, o bien no se llevaría a cabo, o bien se circunscribiría a un gueto bien delimitado y alejado del ámbito de normalización que se ha conseguido con la lucha.

Como bien definía un folleto, publicado en 1939 por un conocido revolucionario marxista titulado, “Su moral y la nuestra”, nuestra moral es aquella que apoya, impulsa y defiende el derecho de las personas, la clase trabajadora y los pueblos en general a su total emancipación. Y no esa otra doble moral que oprime a los indefensos al tiempo que se unta de una pátina de falso liberalismo y que, a la hora de la verdad, solo menciona la causa homosexual cuando esta se traduce en fomentar los vientres de alquiler para hacer un buen negocio con, entre otras, parejas homosexuales que quizás, no lo dudo, tengan muy arraigado el sentimiento de la “paternidad/maternidad” o, incluso su identidad sexual, pero que, a las pruebas me remito, distan años luz de entender conceptos como la cosificación del cuerpo femenino o la explotación de los vientres más desamparados porque su cuenta bancaria así se lo permite. Como vehementemente gritaron muchos asistentes a la manifestación del orgullo el pasado sábado 7 de julio en repulsa al intento de aquellos provocadores que pretendían desfilar junto con el colectivo LGTBI: “¡Maricas y bolleras también somos clase obrera!”. Una consigna que patentiza que el colectivo homosexual, a pesar del deseo de algunos, no está ni mucho menos compuesto solo por histriónicos contertulios que participan en degradantes “reality shows” televisivos, ni por acaudalados “fashion victims” e “influencers” gay de renombre para los que el mundo se limita a destinos vacacionales de ensueño, a encargar hijos a vientres de alquiler como se encargan mascotas a las pajarerías y a exhibir marcas de súper lujo, inalcanzables para la mayoría de los mortales, en fiestas de dudoso pero siempre ostentoso e insultante gusto.

Que a los fariseos les quede claro, muy claro, que solo hay una lucha por múltiples facetas que esta tenga. Una lucha que también tiene como objetivo impedir que se infiltren en nuestras filas, ya sea en protestas o en celebraciones más lúdicas, aquellos que no dudan en golpearte a traición con la cachiporra al tiempo que exhiben, cara a la galería, una exagerada sonrisa de hipócrita condescendencia. Que les quede claro, muy claro que no necesitamos en ningún caso su aceptación porque nuestro lugar en el mundo lo hemos conseguido sin que nunca nadie nos regalase nada; lo hemos conseguido, orgullosos de ello, con nuestro propio esfuerzo, con la lucha.

¡NI UN PASO ATRÁS! ¡NO PASARAN!

 

A QUIÉN LE IMPORTA

La gente me señala
Me apunta con el dedo
Susurra a mis espaldas
Y a mí me importa un bledo.

¿Qué más me da?
Si soy distinta a ellos
No soy de nadie
No tengo dueño.

Yo sé que me critican
Me consta que me odian
La envidia les corroe
Mi vida les agobia
¿Por qué será?
Yo no tengo la culpa
Mis circunstancias les insultan.

Mi destino es el que yo decido
El que yo elijo para mí.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

Quizá la culpa es mía
Por no seguir la norma
Ya es demasiado tarde
Para cambiar ahora
Me mantendré firme en mis convicciones
Reforzaré mis posiciones.

Mi destino es el que yo decido
El que yo elijo para mí.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

¿A quién le importa lo que yo haga?
¿A quién le importa lo que yo diga?
Yo soy así y así seguiré
Nunca cambiaré.

Letra y música: Alaska y Dinarama. 1986.

 

Marcha en Times Square, Nueva York, del “Gay Liberation Front”, octubre de 1969.

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