¡A GALOPAR!

En el último tercio del siglo XIX, el antropólogo Lewis Henry Morgan estableció basándose en sus estudios de campo sobre las tribus indígenas norteamericanas, que la evolución del desarrollo social respondía a tres estadios periódicos concretos que él tipificó, y en ese orden, como “el salvajismo, la barbarie y la civilización”. A pesar de que esa periodización cayó posteriormente en desuso, una simple mirada al desarrollo social a partir, especialmente, de la década del 70 del siglo pasado nos lleva a pensar que las afirmaciones de Morgan pudieron no ser del todo erróneas si nos atrevemos a invertir el orden de los periodos. Es decir, si esa reciente evolución partiese de la civilización, se hundiese en la barbarie y, finalmente, acabase en el salvajismo. Porque eso ha sido lo que ha ocurrido, si nos fijamos en el desarrollo reciente de la historia europea: Se ha pasado de disfrutar de un cierto Estado del Bienestar para sufrir una violenta reacción neo-liberal y, finalmente, provocar el renacimiento del fascismo.

El creciente auge del (neo) fascismo, que se extiende actualmente de la misma forma que a mediados del siglo XIX Marx y Engels predecían cómo recorrería Europa el comunismo -como un fantasma- debería de alertar a los ciudadanos sobre el peligro y las consecuencias de que esta recidiva fascista esté plantando los pilares de lo que puede llegar a ser un oscurísimo futuro para la humanidad. Pero sería de una ingenuidad suicida justificar este auge actual del totalitarismo faccioso, de la intolerancia y en última instancia del salvajismo más puro y duro, con teorías tan simplistas como buscar la causa en un desencanto social provocado por el fracaso de la ideología de izquierda, por la desaparición del “equilibrio entre bloques” o porque ha triunfado una globalización que nos convierte a todos en objetivos de una nefasta individualización que se resume en “qué hay de lo mío”, o en palabras más coloquiales: “Ande yo caliente…”

Aquí no hemos llegado solo porque cayese el muro de Berlín, ni porque las ideas que llevaron a buena parte de la humanidad a luchar por liberarse de sus cadenas estén obsoletas. Tampoco porque hayamos renunciado a un mundo más igualitario a base de vender a diario una porción de nuestra decencia (que también) a cambio del último modelo de teléfono móvil, de coche de alta gama o de chalet pareado. En resumen: a cambiar libertad y conciencia (si no de clase, al menos cívica) por una exacerbada ansia de consumismo antinatural. Estamos en esta penosa encrucijada porque el precio que, quizás sin darnos mucha cuenta, hemos pagado por “disfrutar” de todas esas mal llamadas ventajas de un progreso hecho a medida del capitalismo ha sido directamente proporcional a los derechos, libertades e ideales que hemos ido enterrando en profundas fosas de cuneta durante este esperpéntico “viaje a ninguna parte” de toda una civilización. Un periplo que, con absoluta seguridad, no hubiera sido tan agotador ni tan frustrante si quienes eran los máximos responsables de que la demencia no imperase hubiesen tenido voluntad de evitar lo que desde hace décadas se intuía: la vuelta a las cavernas. Por el contrario, si aquellos a los que dimos nuestra confianza con nuestros votos no hubiesen enajenado nuestras razonables ansias de equitativo progreso a base de oscuros pactos, descaradas mentiras y escandalosas traiciones; si no hubiesen instigado o, al menos  facilitado, guerras sucias contra los críticos, ayudando por acción o por omisión a fabricar pruebas falsas cuando fallaban los argumentos, o mirando hacia otro lado cuando otros lo hacían; si la Socialdemocracia no se hubiese convertido en social-liberalismo; si el Estado del Bienestar no hubiese ido mutando en un carísimo y elitista club privado, marcado por el mercantilismo más salvaje y por un inhumano y criminal desprecio hacia el imprescindible reparto social, ahora no estaríamos con el agua al cuello.

Desde hace 40 años (por poner fecha aproximada a una traición difícil de datar con objetiva exactitud), se ha estado dirigiendo nuestro voto al antojo de unos cuantos. Y para ello, se han empleado, una y otra vez, en revivir mediante un periódico bucle tan gratuito como oportunista el viejo cuento infantil de “Pedro y el lobo”. Cuando se acercaban las elecciones y se desconfiaba de si se disfrutaría, una vez más, de la siempre cómoda mayoría absoluta, no dudaron en asustar a los ciudadanos con la sempiterna amenaza de “¡Que viene el lobo, que viene el lobo!”, tuviese aquel lobo pelaje bolchevique para unos, o vistiese camisa azul para los otros.

Pero lo más trágico del cuento es que mientras los que asustaban con un futuro inmediato de “quema conventos” y de hordas de “sin Dios” violando monjitas por las esquinas se preocupaban, con afán de disciplinadas hormigas, por ir preparando el patio para cuando soplasen en sus velas vientos más favorables, los otros, con una irresponsabilidad rayana en el delito, dejaban abiertas las puertas del corral confiando en que el lobo se habría muerto de viejo. Aquellos “Pedros” (me refiero a los del cuento…) fueron tan estúpidos -o tan cínicos, porque siempre ha lugar para una duda razonable- que nunca se les ocurrió pensar que quizás el lobo no estaba muerto, sino que simple y llanamente estaba en su madriguera criando a una nueva camada. Y poco a poco, elección tras elección, condicionaron nuestro voto para que no exigiésemos que se cambiase la frágil cerca de madera del corral por una sólida muralla, y también para evitar que eligiésemos con raciocinio, y no con la habitual y displicente pereza, a los albañiles que debían mantenerla en buen estado y sin fisuras. Hoy, el lobo está a las puertas del corral y la vieja valla de palos está casi podrida. Bastarían unos cuantos empujones para que cayese hecha serrín y toda la jauría lobuna se diese un soberbio festín de temerosas ovejas descarriadas.

Es por eso que HOY tenemos que afinar con precisión de francotirador nuestra decisión en las urnas. Repito, es HOY (porque, si no frenamos la deriva en la que nos vemos inmersos no vamos a tener muchas más ocasiones de hacerlo) cuando nos vemos indefectiblemente obligados a ejercer de albañiles, aunque eso signifique arremangarnos hasta el codo y renunciar al tan hispánico cainismo. Olvidar los “quienes” y centrarnos en el “qué”. Unir voluntades, abandonar sectarismos, purgar prejuicios y ponernos nosotros mismos manos a la obra (ya que los capataces están tomando cañas en el bar) para edificar esa defensa que hace décadas que tenía que estar erguida, protegiendo el viejo corral que tantas luchas y tantos sufrimientos costó de construir, para así evitar convertirnos en exquisito festín para fauces hambrientas.

De poco vale ya la tan manida utilidad de voto cuando hemos podido comprobar que ese utilitarismo con el que llevan 40 años intentando seducirnos solo ha servido para llenar los bolsillos de aquellos que a la hora de la verdad desatienden el rebaño. Olvidémonos del “voto útil” y ejerzamos con responsable utilidad nuestro voto para impedir que se siga aplazando lo ineludible. Ya no hay tiempo para malgastar 4 años más en medicarnos con placebos que nos inducen a creer en aguas milagrosas, es el momento de empuñar el bisturí e intentar extirpar de raíz el tumor que nos está matando. Ya está bien de confiar en ineficaces sucedáneos cuando en nuestras manos está el conseguir una efectiva herramienta con la que obligar a los tibios a reconducir sus peligrosas derivas neoliberales en pro de la construcción y de la defensa de una sociedad más libre, más justa, más igualitaria, más tolerante, más ecológica, más social… En definitiva, más humana.

El próximo 28 de abril hay que tener muy claro que ha llegado la hora de plantarnos y exigir, con toda la fuerza que tienen millones de papeletas, que hay que seguir avanzando, cueste lo que cueste, para poder salir de una vez por todas de este letal laberinto en el que quieren encerrarnos despiadados Minotauros. Es el momento de decir basta y de elegir a aquellos que sean capaces de, por encima de todo, defender a su pueblo frente al salvajismo que impera; es el momento de usar nuestro voto y nuestra voz para desgañitarnos de nuevo -como en aquél mítico concierto de Paco Ibañez en el Olympia de París, hace ahora 50 años- con un estruendoso ¡A GALOPAR, A GALOPAR HASTA ENTERRARLOS EN EL MAR!

 

A GALOPAR

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
la grande, la sola, desierta llanura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!
¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Letra: Rafael Alberti. Música: Paco Ibañez. 1969.

 

El Trifachito.

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