BREAD AND ROSES

“Mujeres por todas partes. Gran señal. Cuando las mujeres se involucran, cuando el ama de casa empuja a su hombre, cuando arranca la bandera negra que flota sobre la olla para plantarla entre dos adoquines, es porque el sol se levantará en una ciudad en revuelta”. (Jules Vallès. Periodista y comunero. 1832-1885)

Cada día que pasa se hace más patente la ofensiva reaccionaria global contra todo aquello que, de una manera u otra, signifique una diferencia respecto a los esquemas básicos del entramado laboral, social, moral, racial o sexual del sistema patriarcal capitalista. El discurso contra el diferente, lanzado desde las tribunas más reaccionarias, ya no se contenta con atacar a la persona migrante, a la sin techo, a la discapacitada, la parada, la homosexual, la ecologista o a la animalista, sino que, henchidos de odio y crecidos por diversos éxitos electorales, también han comenzado una labor de zapa contra el género femenino, intentando forzar una regresión contra natura respecto a todas las conquistas que la lucha de la mujer ha conseguido en las últimas décadas. Pero detrás de esa estrategia no hay solamente machismo, ni tan siquiera simple fascismo: hay un claro intento de forzar un nuevo paso atrás en el marco de una involución en los derechos sociales y laborales que atenta directamente contra la clase trabajadora.

Hoy en día, las mujeres ya no son sólo casi la mitad de la población mundial (49,6%), sino que además significan el 40 % de la fuerza laboral del planeta. Cuando a finales de los años setenta del siglo pasado la ofensiva neoliberal trazó su nuevo plan económico mundial y comenzó a reestructurar las relaciones laborales, las mujeres fueron masivamente “invitadas” a incorporarse al mercado laboral. Eso sí, como mano de obra más barata que la masculina. Por lo que el porcentaje de mujeres trabajadoras utilizadas por la industria mundial se disparó, rebasando en pocos años la barrera del 30 % e iniciando un proceso ascendente durante la década de los ochenta y hasta mitad de los noventa, que luego se atenúo hacia los 2000, coincidiendo con el progresivo surgimiento de las reivindicaciones femeninas por la equiparación salarial.

En años previos y posteriores a la crisis financiera de 2008, que descubrió los límites y las contradicciones del neoliberalismo y el fraude de la globalización, la participación laboral femenina retrocedió ligeramente. Pero, aunque en los últimos años también se registraron algunas fluctuaciones a la baja de menor calado, la cantidad de mujeres trabajadoras a nivel mundial ha llegado a alcanzar un “suelo” que difícilmente podría nunca retroceder a niveles previos a la década de los setenta (es decir, por debajo del 30 %), sin que ese hecho llegase a producir, sin duda, importantes cambios estructurales de carácter político, económico y social. Sin embargo, es importante reconocer que esa integración de las mujeres en el mundo laboral se ha producido desde su inicio con desigualdades salariales, empleos precarios y, por si fuera poco, implicando una doble jornada laboral, ya que el trabajo doméstico no pagado no ha disminuido en absoluto.

Y mientras tanto el capitalismo nunca ha dejado de aprovechar todas las oportunidades que le ha ido ofreciendo la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo. El capital necesita de la fuerza laboral femenina por múltiples razones. Por una parte, le sirve para continuar dividiendo las filas de la clase obrera, no exenta de tics machistas o, al menos, paternalistas. Además, y al mismo tiempo, usa los puestos laborales peor pagados de las mujeres para presionar a la baja los salarios, como ya hizo en su día con la mano de obra infantil o como también sigue haciendo con la migrante.

Alguno de los sectores de producción actualmente más boyantes a nivel mundial, como es la confección textil, son un excelente ejemplo de cuál es el papel laboral que el capitalismo tiene previsto para muchísimas mujeres (quizás, si pudiese, para casi todas) allí donde puede imponer con mayor impunidad sus políticas más agresivas. En Bangladesh, importantísimo exportador de ropa “low cost” a nivel mundial, la industria de la confección emplea a millones de trabajadores, de los que el 80% son mujeres. Se trata del principal sector productivo del país, con un total de 30.600 millones de dólares en exportaciones en 2018, lo que representa casi un 84% por ciento del total exportador de la nación. Sin embargo, el actual gobierno, corrupto, de aquél país ha intentado mostrar la salvaje explotación de la mano de obra femenina como un “logro”, y se ha apoyado en los excelentes ingresos obtenidos para presentar a nivel internacional su plan económico como el resultado de un “milagro” del nuevo desarrollo capitalista que impera en la zona. Sin embargo, la realidad es otra muy diferente. Durante la última década, este plan que ha intentado venderse como un inmenso beneficio para la región, se ha sustentado, casi en exclusiva, en la incorporación masiva de mano de obra femenina en condiciones de seguridad deplorables, con jornadas de trabajo interminables y salarios de miseria, que de vez en cuando ocupa las primeras páginas de los informativos por algún desgraciado accidente que causa la muerte a decenas de inocentes.

Pero esta feminización del trabajo, que tan útil le ha resultado al neoliberalismo más agresivo para afianzar sus políticas de recortes salariales y para mantener una inagotable cantera de mano de obra precaria, puede convertirse en un arma de doble filo. Las mujeres han sido parteras de grandes luchas y de importantísimas conquistas. La historia nos ha demostrado una y otra vez que son el fenómeno político más dinámico que existe a nivel global, y que con el peso estructural que han llegado a conseguir en el mundo del trabajo asalariado, podrían ejercer una sólida presión en contra de los planes de ajuste y austeridad, y en favor del conjunto de los trabajadores.

Por eso, hoy más que nunca, hay que defender todas las iniciativas que hagan frente a cualquier discriminación hacia la mujer; hay que luchar porque no haya vuelta atrás en los derechos conseguidos, tanto en cuestión de delitos de género, como de equiparación salariar, paridad representativa o cualquier otra cuestión que afecte a la absoluta igualdad entre mujeres y hombres. Esta desafiante muestra de decisión y poder del movimiento de mujeres en todos los rincones del planeta confirma que cualquier cambio de raíz en la sociedad que busque acabar con la explotación y las desigualdades de las y los oprimidos, no podrá hacerse excluyéndolas de ningún protagonismo. La unión del movimiento obrero y el movimiento de mujeres en un solo todo está llamado, indefectiblemente, a unificar el conjunto de las luchas de los sectores oprimidos para hacer realidad sus reivindicaciones.

Como dijo Louise Michel, la maestra anarquista que en los días de la Comuna parisina fue la primera en enarbolar una bandera negra: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”

 

BREAD AND ROSES

As we come marching, marching
In the beauty of the day,
A million darkened kitchens,
A thousand mill lofts gray,
Are touched with all the radiance
That a sudden sun discloses,
For the people hear us singing:
Bread and roses! Bread and roses!

As we go marching, marching,
We battle too for men,
For they are women’s children,
And we mother them again.
Our lives shall not be sweated
From birth until life closes;
Hearts starve as well as bodies;
Give us bread, but give us roses!

As we go marching, marching,
Unnumbered women dead
Go crying through our singing
Their ancient call for bread.
Small art and love and beauty
Their drudging spirits knew.
Yes, it is bread we fight for
But we fight for roses, too!

As we go marching, marching,
We bring our greater days.
The rising of the women
Means the rising of the race.
No more the drudge and idler
Ten that toil where one reposes,
But a sharing of life’s glories:
Bread and roses! Bread and roses!

Our lives shall not be sweated
From birth until life closes;
Hearts starve as well as bodies;
Bread and roses! Bread and roses!

Letra y música: Popular. Adaptación: Judy Collins. 1976


PAN Y ROSAS

Caminamos todas juntas
En un día encantador,
Y un millón de oscuras cocinas,
Y millares de grises desvanes,
Se iluminan con el resplandor
Que un repentino sol emana,
Para que la gente nos oiga cantar:
¡Pan y rosas, pan y rosas!

Caminamos todas juntas,
Luchando también por los hombres,
Porque son hijos de mujeres, 
Y seremos sus madres de nuevo.
No explotaran nuestras vidas
desde el nacimiento hasta el fin; 
Cuerpo y alma tienen hambre;
¡Dadnos pan, pero también rosas!

Caminamos todas juntas,
E incontables mujeres muertas
Sollozan mientras cantamos
Su ancestral clamor de pan.
Aún sin arte, amor ni belleza,
Sus maltratadas almas sabían
Que es pan por lo que luchamos.
¡Pero que también luchamos por rosas!

Caminamos todas juntas,
Para ver días mejores.
La victoria de las mujeres
Será la de la raza humana.
No habrá más esclavos ni holgazanes.
No habrá diez trabajando mientras solo uno descansa, 
Sino que compartiremos lo bueno de la vida:
¡Pan y rosas, pan y rosas!

No explotaran nuestras vidas
desde el nacimiento hasta el fin; 
Cuerpo y alma tienen hambre;
¡Pan y rosas, pan y rosas!

Traducción libre: Liova37

 

Mujeres en lucha contra las políticas ultraconservadoras del gobierno de EE.UU.

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