BELLA CIAO

A pesar de los desmesurados esfuerzos de la mayor parte de los medios de comunicación del país por convencernos de que el fascismo ha surgido de la noche a la mañana, alimentado por una indignación popular forjada en el rechazo a una “España rota” que finalmente se ha plasmado en esos trescientos y pico mil votos de Vox en Andalucía, una vez más quieren engañarnos. El fascismo nunca se fue. Lleva entre nosotros casi 100 años, unas veces más latente, otras más activo y casi siempre disfrazado y acechante a la espera de que vuelva a ser requerido por los poderosos para solucionar los aspectos más “desagradables” de una lucha de clases que los de arriba nunca han dado, ni mucho menos, por perdida.

También quieren engañarnos cuando pretenden documentar presuntos trasvases de votos de la izquierda hacia el fascismo. O bien esos votos nunca fueron de izquierda (si acaso algunos fueron votos de obreros, que no es lo mismo), o bien confunden torticeramente lo que significa la izquierda. Pero lo cierto es que ese “masivo” éxodo electoral que quieren vendernos es simplemente una falacia y así lo demuestran las cifras. Es verdad que sería de estúpidos creer que al fascismo sólo le ha votado la gente de derechas, porque tanto la historia como el presente nos indican que eso no es así. El voto fascista se alimenta hoy del mismo pesebre de siempre: del sentimiento de rabia de gente despolitizada que necesita volcar su ira buscando culpables que sean fáciles de identificar y de digerir. Gente que no quiere complicarse la vida con conceptos intelectuales que no entiende y que por ello desprecia. Gente que, a fuerza de incultura, propaganda y desinformación, interpreta el mundo en el que vive como si fuese el espectador de un Reality Show televisivo en el que lo que le de verdad importa es reconocer fácilmente a quién hay que nominar: el parado que no quiere trabajar porque es un vago, la “feminazi” que finge maltrato solo por joder al varón, el separatista que quiere destruir España porque la odia, el pensionista que pretende vivir como un marqués en vez de conformarse con su pensión de mierda, el gitano, el moro o el negro que se creen iguales que los “españoles de verdad”; el perro flauta resentido que quiere quitar al rico lo que tanto sudor le ha costado de robar, el “minusválido” que sale por un riñón a la sanidad y que, si te pones a pensar, hubiera sido mejor que no hubiese nacido, el okupa, el drogata, el… Algo sencillito y claro: Un culpable tan obvio que no cueste demasiado trabajo identificarlo.

Ahora parece que toca rasgarse las vestiduras porque sin previo aviso los falangistas han conseguido un considerable puñado de votos en lo que hasta hace nada fue el granero electoral del centro izquierda español. Sin embargo, nadie se molestó en pararse un momento a pensar a donde nos llevarían aquellos chanchullos, unas veces liderados por el PP y otras por el PSOE, fundamentados en el más absoluto desprecio a la decencia, cuando desde el poder se permitió, o desde la oposición se prefirió ignorar los cierres patronales encubiertos, los continuos desahucios, el desmantelamiento de la sanidad y la educación, la corrupción generalizada, el partidismo judicial, el cambalache ideológico, el progresivo acoso a la diversidad, o la epidemia feminicida que fueron creando pasito a pasito una desafección general y un absoluto descrédito de la ciudadanía hacia todo lo que representaba la clase dirigente, estuviese esta representada por políticos, banqueros, iglesia, tribunales o monarquía.

Ahora unos y otros se culpan mutuamente de haber propiciado que la bestia haya salido de la cueva, pero parece que han olvidado de pronto lo que hasta ayer mismo estuvieron defendiendo con tal de perpetuarse en sus sillones. Ya no recuerdan la indiferencia que mostraban hacia aquel mantra popular de “todos los políticos son iguales”, tan coreado desde los editoriales y que tan bien les vino durante aquellos tiempos felices en los que se repartían a pachas los escaños sin sospechar nunca que esa equidistancia en la corrupción podría facilitar cualquier día el nacimiento de un indeseado mesías. Tampoco recuerdan la soberbia del “cero euros, cero” con la que respondían a los que clamaban porque se abriesen las cunetas para enterrar decentemente a quienes murieron luchando por la libertad. Han olvidado incluso sus mofas para los que semana tras semana reclamaban sus derechos a obtener una contraprestación en escuelas u hospitales a cambio de todo lo que durante años y años habían aportado desde sus jornales de miseria para facilitar la pervivencia de un sistema que día a día se iba demostrando tan desigual como injusto. Por olvidarse se olvidaron de todo. Olvidaron sus promesas y sus programas, sus deudas y sus responsabilidades porque nadie les iba a pedir cuentas. Porque sus votantes iban a seguir, pasase lo que pasase, asegurándoles su alpiste a perpetuidad, y porque si alguien osaba  perturbar el status quo lanzarían, como así hicieron, toda su maquinaria mediática para enfangar al oponente hasta límites difícilmente imaginados hasta entonces.

Pero con lo que la derecha española no contaba (pero acaba de aprenderlo de sopetón) es con el descubrimiento de lo que ocurre cuando se intenta blanquear el discurso del fascismo en beneficio propio. Ya no tienen que preguntar a sus socios europeos cuales son las peligrosas consecuencias de presumir constantemente de un patrioterismo de opereta, porque sus nuevos colegas de trinchera acaban de abrirles los ojos robándoles un generoso trozo del pastel. Lo que en definitiva significa que, a partir de ahora, si pretenden gobernar van a tener que entenderse con ellos para que los números cuadren. Los Populares podrán intentar engañar cuanto quieran a su electorado presentándoles como una victoria su debacle andaluza, pero la realidad es que su discurso inflamado y lleno de odio se ha vuelto en su contra y en el caso (que es más que posible) de que gobiernen en Andalucía, lo harán en precario y siempre al albur del criminal oportunismo populista creado por ellos mismos y sus adláteres. Y a todo esto, Ciudadanos, los terceros en discordia que durante meses creyeron ser “el pueblo elegido”, han pasado, casi sin darse cuenta, de ser los lampedusianos favoritos del Ibex 35 a convertirse en una oxidada bisagra siempre a punto de chirriar si no la engrasan con asiduidad.

Parece casi seguro que la derecha (la rancia y la neo-con) y la derecha extrema (de esta solo hay una: el fascismo) están dispuestas a gobernar en comandita, sea en Andalucía o sea donde haga falta. Lo que ya no está tan claro es que la izquierda, esa misma que se ha presentado a las elecciones andaluzas fragmentada (una vez más) en un buen puñado de siglas diferentes esté igualmente dispuesta a hacerlo. Para que la izquierda pueda significar una opción de gobierno atractiva y real debe deshacerse de unos cuantos lastres que cada vez resultan más pesados. Ya no sirve de nada glorificar unas siglas de solera ni reivindicar ninguna pureza de sangre, como tampoco sirve defender lo presuntamente nuevo solo porque si, ni asustar a los posibles votantes con la imagen infantiloide de que unos sanguinarios lobos con camisa parda se van a comer a los niños (por mucho que este cliché pueda llegar a tener de desgraciada realidad).  Ya está bien de criticar la “vieja política” cuando en definitiva es eso mismo lo que en el día a día se practica mediante puñaladas traperas, conspiraciones de salón y quítate tú que me pongo yo.

Quizás ya no queda más tiempo para perderlo en soflamas panfletarias que a la postre despolitizan y abocan a la abstención. Nos guste más o menos ha llegado el momento de atreverse de una vez por todas a hacer POLITICA con mayúsculas; política clara y valiente en la que quizás haya que renunciar a ciertas cuotas en televisiones y redes sociales para ganar otras, hoy por hoy tanto o más determinantes, en los tajos y en las plazas. Política de generosa unidad que anime a los ciudadanos a movilizarse por propio convencimiento, política adulta e inteligente que obligue al compromiso, a usar racionalmente la propia lógica y a defender con decisión las libertades de cada uno y la Libertad de todos. Este es el momento de que la ciudadanía supere esa larguísima etapa de permanente adolescencia electoral a la que nos condujo el Régimen del 78. Ya va siendo hora de crecer, de hacernos maduros, de olvidarnos de líricas y de epopeyas, de recuerdos viscerales y de consignas vacías. Ya no hay tiempo para la melancolía, solo para el pragmatismo. Hay que dejar de mirarnos el ombligo, remangarnos, sacar músculo y plantarle, de una vez por todas, cara de perro a la ultraderecha. Porque hay que dejar claro, meridianamente claro que al fascismo no se le discute. Al fascismo SOLO se le combate y se le destruye.

 

BELLA CIAO

Esta mañana me he despertado.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao…

Esta mañana me he despertado.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Esta mañana he despertado
Y he encontrado al opresor.

¡Oh! Guerrillero, quiero ir contigo.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Guerrillero, quiero ir contigo
Porque me siento morir.

Y si yo caigo, en la guerrilla.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Y si yo caigo, en la guerrilla,
Toma en tus manos mi fusil.

Cava una fosa en la montaña.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Cava una fosa en la montaña
Bajo la sombra de una flor.

Y la gente que la vea.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Y la gente que la vea
Se dirá ¡qué bella flor!

Esa es la flor del guerrillero,
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.
Es la flor del guerrillero,
Muerto por la libertad.

Esa es la flor del guerrillero,
Muerto por la libertad.

Esta mañana he despertado.
O bella ciao, bella ciao, bella ciao…

Música: Popular. Letra en castellano: Adolfo Celdrán. 1970

Al fascismo no se le discute. Se le combate y se le destruye.

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Una respuesta a BELLA CIAO

  1. What a data of un-ambiguity and preserveness of valuable familiarity concerning unpredicted
    feelings.

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