O PAÍS VAI DE CARRINHO

Una vez más, después de décadas de profiláctica clandestinidad, el discurso fascista reaparece en nuestro presente, y como en otros nefastos momentos gana fuerza y acólitos. También en esta ocasión desconocemos cuáles serán las formas que adoptará y los subterfugios que utilizará para poder ir pariendo a sus cachorros, pero de lo que no deberíamos dudar es de que, use las caretas que use, volverá a ser sinónimo de sufrimiento, muerte y destrucción.

Algo realmente inquietante es que el fascismo hoy lo tiene mucho más fácil que nunca para poner sus huevos. Su habilidad para desenvolverse dentro de esta sociedad consumista tan alienada, “yoista”, inculta y desclasada como la que vivimos, le asegura un excelente hábitat para que su ponzoña enraíce en cualquier estrato de esta comunidad enferma terminal.

La situación de decadencia y desarraigo de la mayor parte de los países que hace tan solo 5 décadas conformaban el tan añorado “estado del bienestar” es tan extrema que la peligrosa beligerancia implícita en los idearios de individuos como Orban, Le Pen, Rivera, Johson, Trump, Salvini o Erdogan ha conseguido que las consignas racistas hayan llegado a calar en la aturullada y desnortada realidad de una izquierda huérfana de alternativa, programa y estrategia. Y lo que es peor, si no lo impedimos, esta situación va a durar y se va a extender como una epidemia en el seno de la anciana y atemorizada sociedad en la que vivimos.

Nunca en la historia, nunca, la inmigración ha sido un problema para la clase obrera. Al contrario, la clase obrera se ha forjado como tal a fuerza de migraciones (deportaciones a veces…), cambios y mestizajes. De ahí su más definitoria seña de identidad y su principal ventaja y virtud: el internacionalismo. Nunca en la historia, nunca, fue más importante a pie de tajo de dónde era un obrero que el simple hecho de serlo. En el carnet de identidad del trabajador solo estaba escrito en mayúsculas su ocupación, su lugar de nacimiento solo en minúsculas. Porque precisamente esa estrategia torticera, la de diferenciar a cada cual por su origen o por el color de su piel fue siempre una de las principales armas que usaron los patronos contra los obreros cuando pretendían desunirlos o frenar sus luchas.

Hasta hace muy poco, el racismo y la xenofobia eran el mejor comodín del neo-liberalismo para crear confusión y confrontación entre los trabajadores, fomentando una traicionera competitividad basada en el tan manido “vienen de fuera a quitarte lo tuyo”. Pero la ciega codicia de los “patronos del mundo” les ha llevado a crear un peligroso monstruo que en cualquier momento puede intentar devorar también a aquellos que lo parieron. Las reacciones de la UE frente al Brexit, a las políticas fascistas de Hungría, Polonia e Italia, o el desasosiego extremo que crea en Bruselas cualquier nueva jornada electoral en el territorio de los 28 son buena prueba de ello.

Y para colmo de males, por si no fuese suficiente desastre la progresiva desaparición de las ideas de tolerancia, pluralidad y antiautoritarismo en países que no hace mucho lideraban el desarrollo de esos conceptos (aunque a veces fuese como mal menor…) las tendencias xenófobas o, incluso deliberadamente racistas, ya no son solo patrimonio de la derecha. También hay hoy una izquierda, liderada por oportunistas “solomillos” (rojos por dentro, pero muy pardos por fuera), que está convirtiéndose en colaboracionista necesaria de la tragedia hacia la que parece que nos dirigimos. Desgraciadamente, hay cada vez más “solomillos” (entre los que, como si de un nefasto bucle histórico se tratara, vuelven a destacar bisoños y también veteranos estalinistas) que no hacen ascos en culpar a los inmigrantes de arrebatar el puesto de trabajo a “los de aquí”, o de ser cómplices de un “dumping” que ayuda cada día más a enquistar la precariedad. Trabajadores que por el mero hecho de tener la piel blanca y de haber nacido en España, Italia o Suecia, amparados en absurdos y reaccionarios sofismas, se niegan a reconocer que la causa de su miseria no la provocan los que llegan ateridos en el fondo de las pateras, sino aquellos que, a la chita callando, construyen sus ilícitas fortunas fomentando, caiga quien caiga, sea demenciales libremercados en los que todo vale, sea obsoletos proteccionismos casi autárquicos o, incluso, alimentando quiméricos y peligrosos ideales de renovados Estados-Nación.

Es más que posible que estos “solomillos” no pretendan ser racistas, pero también es cierto que esa complacencia hacia el discurso equívoco y hacia los tics xenófobos les aleja cada vez más de lo que debería de ser su ABC vital, y les aboca, poco a poco, hacia una paradoja de libro: igual que nunca fue posible el socialismo en un solo país (y a las pruebas me remito…) tampoco es factible defender la prevalencia de una “clase obrera nativa”, que ni existe ni se la espera. Sobre todo, si este proletariado “mucho español y muy español” considera enemigos a aquellos que hoy por hoy son los auténticos “parias de la tierra” (como canta “La Internacional”) y que, guste o no guste, están entre nosotros compartiendo precariedad y explotación. Nunca fue obligatorio trabajar en la automoción, la minería o los astilleros para ser clase obrera. Obviamente, también se es proletario cuando para sobrevivir se carga a la espalda una manta enrollada que oculta decenas de camisetas falsas de Benzema (sobre todo cuando ni las camisetas, ni tan siquiera la manta, son suyas).

Nosotros, los trabajadores y los que nos representan en nuestros tajos (aunque aquellos no siempre defiendan nuestros intereses como corresponde), somos los máximos responsables de nuestras futuras victorias y debacles; nunca deberíamos de olvidarlo, pero lo hacemos constantemente. Quizás, en momentos como los que vivimos no esté de más recordar aquel “Mundo de ayer” del que hablaba Stefan Zweig, y el hecho de que hace casi ya 80 años todo se fue al traste bajo un clima social peligrosamente parecido al que actualmente comienza a tomar forma. Pero también es nuestra obligación intentar desmontar los discursos de aquellos que pretenden anteponer desde la izquierda un punto de vista “nacional” frente al maremágnum de un planeta económica, social y ecológicamente al borde del colapso, porque ser “compañeros de viaje” (aunque solo sea por omisión, como los pecados) de los que no dudan en engañarnos asegurando que el problema radica en un color de piel o en un continente de origen, es tan peligroso como hacerte del Ku-Klux-Klan porque te fascinan los capirotes. No existe y nunca existió ninguna clase obrera “nacional”; no existe y nunca existió ninguna clase obrera blanca, europea, española o de Babia. La clase obrera no tiene patria, pero tiene un claro y común enemigo: este irresponsable y voraz capitalismo asesino que algún día se devorará a sí mismo. Amén. 

(PD. Mientras acabo de escribir estas líneas me llega la noticia de que VOX ha conseguido reunir a 9.500 personas en la plaza de toros de Vistalegre en su mitin de puesta de largo en Madrid. Esta temporada otoño-invierno vuelven a llevarse las camisas pardas).

O PAÍS VAI DE CARRINHO

O país vai de carrinho
Vai de carrinho o país
Os falcões das avenidas
São os meninos nazis

Blusão de cabedal preto
Sapato de bico ou bota
Barulho de escape aberto
Lá vai o menino-mota

Gosta de passeio em grupo
No Mercedes que o papá
Trouxe da Europa connosco
Até à Europa de cá

Despreza a ralé inteira
Como qualquer plutocrata
Às vezes sai para a rua
De corrente e de matraca

Se o Adolfo pudesse
Ressuscitar em Abril
Dançava a dança macabra
Com os meninos nazis

Depois mandava-os a todos
Com treze anos ou menos
Entrar na ordem teutónica
Combater os sarracenos

Os pretos, os comunistas
Os Índios, os turcomanos
Morram todos os hirsutos!
Fiquem só os arianos !

Chame-se o Bufallo Bill
Chegue aqui o Jaime Neves
Para recordar Wiriamu,
Mocumbura e Marracuene

Que a cruz gamada reclama
de novo o Grão-Capitão
Só os meninos nazis
Podem levar o pendão

Mas não se esqueçam do tacho
Que o papá vos garantiu
Ao fazer voto perpétuo
De ir prà puta que o pariu

(letra y música: José “Zeca” Afonso. 1983) 

 

EL PAÍS VA PARA ATRÁS.

El país va para atrás
Va para atrás el país
Los halcones de las avenidas
Son los niños nazis

Chupa de cuero negro
Zapatos de punta o botas
Tubo de escape libre
Allí va el muchacho-moto

Le gusta moverse en grupo
En el Mercedes que el papá
Se ha traído desde Europa
Hasta la Europa de aquí

Desprecia a toda la chusma
Como cualquier plutócrata
A veces sale a la calle
Con cadenas y con porras

Si el Adolfo pudiera
Resucitar en abril
Danzaría la danza macabra
Con los niños nazis

Después los mandaría a todos
Con trece años o menos
A entrar en la orden teutónica
Y combatir a los sarracenos

A Los negros y a los comunistas
A los indios y a los turcos
¡Mueran todos los de pelo hirsuto!
¡Quédense sólo los arios!

Llamad a Búfalo Bill
Que venga Jaime Neves (*)
Para recordar Wiriamu,
Mocumbura y Marracuene (**)

La cruz gamada reclama
de nuevo al Gran Capitán
Y sólo los niños nazis
Pueden llevar el pendón

Pero no se olvidan del chollo
Que su papá les garantiza
Si siguen obedeciendo
A la puta que les parió.

(Traducción libre: Liova37)

(*) Jaime Neves fue un militar portugués que participó en la  “Revolución de los Claveles” y que posteriormente desempeñó un papel decisivo en las operaciones que boicotearon el  proceso revolucionario nacido del 25 de abril de 1974.

(**) Masacres de Wiriamu, Mocumbura y Marracuene. Principales matanzas de civiles mozambiqueños y angoleños protagonizadas por las tropas coloniales portuguesas a lo largo de más de 100 años de colonización en África subecuatorial.

Fascismo

Las hordas fascistas salen de paseo.

 

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