POPULISMO Y REPUBLICANISMO

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Os traemos este artículo de nuestro compañero Amado Mugika.

Populismo es una palabra que en los últimos años se escucha mucho en Europa. Utilizada
para definir regímenes latinoamericanos como el de Juan Domingo Perón, en Argentina; Getulio Vargas, en Brasil; Velasco Ibarra, en Ecuador; Chávez-Maduro, en Venezuela etc., se utiliza ahora para definir las políticas de derecha de Marine Le Pen, en Francia; Viktor Orban, en Hungría ; UKIP , en Gran Bretaña; D. Trump, en EE.UU. etc. y las políticas de izquierda como la de Syriza, en Grecia; Movimiento 5 Estrellas , en Italia, etc. ,en países plenamente democráticos y estados con sólidas instituciones democráticas.

Estamos, pues, ante un fenómeno muy ubicuo que hace muy difícil encontrar el denominador común a realidades, aparentemente, tan diferentes en el espacio, en el tiempo y en el espectro político.

Ciertamente, no responden a un pensamiento común, pues como dice Ernesto Laclau, uno de sus teóricos más conocidos, el populismo no es una ideología sino una estrategia política para alcanzar el poder y consolidarse en él. De la misma opinión es Fernando Vallespín, que en su obra “Populismos” (1) escribe que el populismo “no es una ideología política propiamente dicha, ni siquiera mínima, pues detrás no hay una articulada vertebración de ideas”.

Su estrategia común consiste en dividir a la sociedad en dos partes antagónicas y homogéneas bajo la dirección de un líder carismático con el objetivo de alcanzar el poder y monopolizarlo. La idea central de todos los populismos, sean de derechas o de izquierdas, es la de que hay que construir “el pueblo” frente a su enemigo, pues según Laclau ,“no hay populismo sin construcción discursiva del enemigo”.

Para esta ideología no se trata de encuadrar a todo el pueblo, ni a la clase obrera, ni a las masas asalariadas etc., pues en la estrategia populista no existe la clasificación política clásica de derecha/izquierda, porque la izquierda puede detentar el poder que se quiere conquistar, por lo que utilizan la división arriba/abajo , pues así pueden lograr, con programas poco definidos y cambiantes, mayorías transversales amplias : no importa la coherencia ,son partidos atrapa-lo-todo ,y de lo que se trata es de lograr el poder. En el peronismo, por ejemplo, coexistían la extrema derecha de la Triple A y la extrema izquierda de Montoneros.

El concepto populista de pueblo es ambiguo y nunca se plantea con claridad, pues se define en negativo: el pueblo populista es el que no está en el campo de la élite gobernante. Por eso este movimiento se presenta siempre como antielitista, contraria la clase dirigente, a la que define maniqueamente como el compendio de todos los males, y a ellos como defensores del pueblo, al que presenta como la síntesis de todo lo bueno, pues según el líder populista venezolano Nicolás Maduro , “nuestra democracia es distinta a todas, porque todas las demás…son democracias formadas por y para las élites“. Como si ellos no conformasen una nueva élite…

La otra característica común de todos los populismos es su voluntad hegemonista, pues quieren acabar con el pluralismo tanto en el campo de los de “abajo” como en el de los de “arriba”: el monopolio de la voz del líder.

El líder carismático es una figura central en la política populista, pues encarna al pueblo y él  es el encargado de definir al enemigo y, por tanto, por exclusión, al pueblo. Para los populismos de izquierda el enemigo será la elite extractiva , la oligarquía financiera, la casta dirigente, etc., mientras que para el de derecha, el enemigo puede ser la emigración que atrae el capitalismo para hundir los salarios y el Estado de Bienestar, los pertenecientes a otra etnia o religión, etc.

En una sociedad democrática, con cohesión y prosperidad económica, estos discursos de ruptura dicotómica de la sociedad no tienen éxito, pues, normalmente, los dirigentes políticos y económicos realizan con eficacia su papel y la democracia legitima su actuación. Pero si aparecen crisis económicas intensas que producen un paro alarmante, si la desigualdad provocada es insoportable , si la corrupción corroe las instituciones , partidos y sindicatos y se pone en duda la legitimidad de la representación política, entonces aparece una oportunidad para el populismo, un “momento populista”. Coyuntura que según el último informe anual de Human Righs Watch está declinando desde 2017, “porque el azote de la Gran Recesión, el uniformismo identitario de la globalización y el neoliberalismo deshumanizado eran su caldo de cultivo .Agotado ese momento, ha perdido buena parte de su “momentum”. Pero alerta, sigue ahí, coleando”.

El populismo es una política oportunista que ataca a la democracia cuando está débil, cuando ésta ha cometido errores o no ha cumplido bien su papel de integrar a toda la sociedad, por eso su denuncia contra una situación difícil encuentra muchos apoyos en diversos sectores que se sienten representados en ese discurso, pero el líder populista se limita a la denuncia de una determinada situación y no clarifica con la misma contundencia su alternativa porque así se generaría discrepancias entre las diversas propuestas de sus seguidores para corregir la crisis, por lo que en ese aspecto mantiene una calculada ambigüedad.
Cuando el populismo llega al poder la división de la sociedad se polariza más porque el líder y su grupo buscan la hegemonía de su proyecto. Según sea la fortaleza de las instituciones y de la economía de los países en los que se implanta, el populismo puede respetar los procedimientos democráticos y perder el gobierno en las siguientes elecciones, pero si el país tiene un estado débil puede producirse una “ruptura populista”, en la que el nuevo régimen impone una constitución a su medida en la que concede amplios poderes al ejecutivo y coloniza con sus partidarios todos los resortes del estado. Un ejemplo paradigmático de este segundo tipo de países es Venezuela, en el que al perder el régimen en las últimas elecciones legislativas la mayoría en la Asamblea Nacional, el gobierno creó una fantasmagórica Asamblea Constituyente con sus partidarios para anular la vida parlamentaria democrática y retener el poder.

Estuve en Venezuela en dos periodos. Si para algo me sirvió es para entender que no quiero para mi país una división tan grande como la que hay: nadie puede gobernar con un nivel mínimo de acierto” (2), es el testimonio esclarecedor de Juan Torres, Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, y autor con Vicenc Navarro del programa económico de Podemos. Es la “casa dividida” de la que habló un gran republicano como Abraham Lincoln : “Una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse”

Los procesos de “ruptura populista” son siempre parecidos: cambios constitucionales para permitir continuas reelecciones presidenciales y eternizarse en el poder, ataque a la independencia del poder judicial y nombramiento de jueces y fiscales “amigos”, ahogamiento de la prensa y los medios de comunicación no partidarios, control del ejército y de la policía, etc. y , por otro lado, la organización y subvención de sus masas partidarias.

La polarización que provoca el populismo viene acompañada por una retórica reivindicando una democracia auténtica que supere la democracia liberal, pero lo que en realidad buscan, y consiguen en los casos de “ruptura populista”, es acabar con la división de poderes , los mecanismos de control y la prensa libre. No poseen ninguna teoría política de democracia alternativa, no pretenden profundizar y ampliar la democracia liberal existente apoyando la autonomía de las organizaciones de la sociedad civil como propugna el republicanismo, porque como dice Fernando Vallespín (3), el populismo es “una forma de construcción política donde la retórica prima sobre los contenidos doctrinales”. Crea organizaciones populares, generalmente encuadrando las capas más bajas de la sociedad a las que subvenciona generosamente, pero que son correas de transmisión de las órdenes que emanan del grupo dirigente afín al líder, careciendo de verdadera democracia interna e independencia para elaborar propuestas propias.

El resultado es una sociedad profundamente dividida que se empobrece cívica y económicamente como Venezuela, donde el PIB se ha reducido un 35% en los últimos 5 años; donde la inflación, según el FMI, fue de 2.300 % en 2017 , y donde ese organismo calcula que habrá una hiperinflación del 13.000% y un paro del 33% para 2.018 ; donde existe un grave desabastecimiento de alimentos y medicinas y donde la criminalidad ha alcanzado una de las tasas más altas del mundo (70 asesinatos por 100.000 habitantes :la segunda mayor del mundo); donde el salario mínimo mensual es de 3 dólares (que sólo alcanza para 2 kilos de pollo); donde el año pasado más del 64 % de la población perdió una media de 11 kilos de peso; un país de donde han emigrado más de 1.300.000 personas en los últimos 2 años; donde el 87% de las familias subsisten bajo el umbral de la pobreza; donde el Estado chavista no paga las pensiones a los pensionistas que han huido al extranjero (en Euskadi sobreviven gracias a la RGI); donde en 2.017 hubo un millón de casos de malaria y donde la Federación Médica Venezolana ha declarado a su Presidente , Nicolás Maduro , “culpable de un holocausto en su propio país” (4). Y todo esto en un Estado que tiene las mayores reservas petrolíferas del mundo.

UNA VISION DESDE EL REPUBLICANISMO

Los populismos, tanto los de derechas como los de izquierdas, chocan con la tradición republicana en muchos puntos, pero, quizás, el punto fundamental de divergencia, del que derivarán, directa o indirectamente las demás, sea la división radical de la sociedad que buscan todos los populismos, mientras que el republicanismo persigue la defensa del interés general de toda el pueblo, considerando como tal a todos los habitantes de un país, y busca la construcción de una sociedad libre, participativa, justa y unida.

El republicanismo parte de la constatación de la diversidad de la sociedad: de las diferentes clases sociales y de sus contradicciones, de las opuestas identidades nacionales, de la pluralidad de ideologías políticas, religiosas o sociales, etc. El republicanismo reconoce y admite todas esas diferencias y defiende su existencia en un estado libre como una manifestación de la diversidad humana, pues es una corriente de pensamiento que defiende el  pluralismo y aborrece la hegemonía de una clase sobre otras, de una ideología sobre otras y de que se imponga una identidad nacional, religiosa o de algún otro tipo sobre otras, etc.

Las ideologías y partidos que defienden un interés parcial y quieren imponerlo al conjunto de la sociedad son partidos e ideologías totalitarias, pues siendo una parte pretenden ser la totalidad del pueblo; y defienden un interés parcial para, rompiendo la unidad de una comunidad, obtener el apoyo de unas masas con las que obtener la totalidad del poder.

A diferencia de los populismos, el republicanismo no busca un poder total ni su permanencia indefinida en él, sino que busca el control democrático del poder por una ciudadanía activa, su ejercicio tasado por las leyes y las instituciones, su rotación y limitación en el tiempo.

Detrás de la búsqueda de la división y polarización de la comunidad política, de la construcción de un “nosotros” y un “ellos” , de los de “arriba” y de los de “abajo”, de “los de aquí” y” los de fuera”, de las diversas formas de dicotomizar la comunidad y de buscar su enfrentamiento radical se encuentra el interés particular de un líder y su grupo con el fin de crear una masa partidaria con la que alcanzar el poder, que es su objetivo esencial y no el de terminar con las injusticias que denuncian, pues éstas permanecen agravadas cuando pierden el poder, tal como nos muestra las experiencias históricas del peronismo, varguismo, aprismo, chavismo-madurismo,etc.

Frente a la división de la comunidad propugnada por los populismos, el republicanismo ha defendido siempre la unidad de la ciudadanía en libertad y la resolución de problemas por medio de las luchas reivindicativas, de las leyes ,de las elecciones, de las consultas y de las instituciones, respetando siempre el Estado de derecho , buscando profundizar y ampliar la democracia con la rotación en el poder y los mandatos cortos para evitar la aparición de los liderazgos carismáticos, defendiendo la participación de una ciudadanía activa y crítica.

El otro punto fundamental de divergencia con los populismos es la radical oposición del republicanismo al poder personal, al cesarismo de sus líderes, pues lo considera fuente de arbitrariedad y un fenómeno adverso a la libertad como no-dominación republicana. Donde hay un caudillo populista no hay ciudadanos, hay comparsas; aunque muchos de sus partidarios no se enterarán de su triste papel hasta el momento en que discrepen con el líder carismático y caigan fulminados por su dedo omnipotente.

Para comprender cómo funciona el poder personal de los líderes populistas son interesantes las declaraciones (5) de James Comey, ex Director del FBI, sobre el parecido de los métodos de Donald Trump con los capos mafiosos al pedirle insistentemente lealtad personal: “La impresión que daba era la de un capo intentando integrar a unos recién llegados a la familia…su estilo de liderazgo es similar. En la mafia, el mandamiento principal es la lealtad. La mayoría de los líderes éticamente responsables tiene puntos de referencia externos para orientarse a la hora de tomar decisiones : filosofía, religión, lógica, tradición, historia…Para los capos todo giraba en torno a ellos. “Qué puedes hacer por mí, cómo vas a serme útil”. Me recuerda la cultura de liderazgo de Trump”. Nos muestra cómo el narcisismo es la principal  motivación de los líderes populistas y la creación de clientelas políticas fieles a sus personas su  método.

El 23de Abril, al recibir el Premio Cervantes de literatura en la Universidad de Alcalá de  Henares, Sergio Ramírez, antiguo vicepresidente del Gobierno sandinista que derribo al dictador Somoza, dijo estas palabras :”Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaraguenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia (más de 50 muertos en las manifestaciones contra el Gobierno populista) y a los miles de jóvenes que siguen luchando, sin más armas que sus ideales, para que Nicaragua vuelva a ser República”. Sí, porque en Nicaragua se lucha contra un régimen populista que se ha convertido en una monarquía populista, donde los esposos Daniel Ortega y Rosario Murillo, en lugar de titularse presidente y vicepresidenta, deberían proclamarse rey y reina de Nicaragua pues llevan cuatro mandatos seguidos en el poder y han cambiado la constitución para seguir indefinidamente en él; y como en toda monarquía que se precie han colocado a sus nueve vástagos-príncipes al mando de todos los resortes del Estado, por lo que no es aventurado pensar que les sucederán en el trono; por eso, como dice Sergio Ramírez , hay que reclamar la Republica.

Pero esto no es nada raro en los sistemas populistas: Juan Domingo Perón elevó a la vicepresidencia de Argentina a su esposa Eva Duarte y posteriormente a su segunda mujer, María Estela Martínez de Perón, que pasó de vicepresidenta a presidenta a la muerte de su marido. Como no tenían hijos y hubo un golpe de estado, quedó vacante el trono. Otras veces, el líder cesarista nombra a su heredero, como en el caso Chávez-Maduro. Un ejemplo más claro de este despotismo y amor al poder eterno es el caso de Evo Morales, que está al frente del Gobierno desde 2005, y al que en 2016 se le ocurrió celebrar un referéndum para que el pueblo avalase su reelección indefinida pero perdió la consulta. No se amilanó y acudió al Tribunal Constitucional Plurinacional, que controla con su clientela política, y logró que declarasen que no importaba la voluntad del pueblo boliviano y que puede seguir indefinidamente en el poder.

En el populismo rige el principio monárquico del poder personal indefinido y eterno, mientras el principio republicano exige un poder definido, limitado, controlado por las instituciones, breve en el tiempo y la ausencia de cesarismo.

Pero lo peor es que los regímenes populistas, sobre todo los latinoamericanos, están ocupando el espacio político de la izquierda e impidiendo con su política hegemónica la aparición de verdaderas opciones de izquierda transformadora y democrática que luchen por un desarrollo sostenible para sus pueblos.

Amado Mújica Uriarte

NOTAS :

(1) Fernando Vallespín . “Populismos”. Alianza Editorial. Madrid 2017. Pag.265

(2) Entrevista en “El País” de 15 Febrero 2017

(3) Fernando Vallespín. “Populismos”. Alianza Editorial. Madrid 2017.Pag.233

(4) XL Semanal (El Correo) de 11 Febrero 2018

(5) XL Semanal (El Correo) de 13 Mayo 2018
 

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