PARA AMAR EN TIEMPOS DE GUERRA

“Ha habido guerra de clases durante los últimos 20 años, y mi clase ha ganado.  Somos los únicos que hemos conseguido reducir drásticamente nuestras tasas impositivas”. Estas palabras fueron pronunciadas en septiembre de 2011 por Warren Buffett, la por entonces tercera persona más rica del mundo, durante una entrevista para la cadena de noticias norteamericana, CNN.

Una sabia afirmación basada en la certeza de que aquellos que conformaban una élite mundial y que compartían objetivos económicos y paraísos fiscales, exclusivos clubes y pingües dividendos -clase, en definitiva- jamás se verían afectados por el desarrollo de la partida porque su riqueza siempre les permitiría comprar alianzas y voluntades, policías, ejércitos, sindicatos y gobiernos. Prebendas que a día de hoy siguen dispuestos a defender incluso, si llega el caso, aterrorizando a la gente con la posibilidad de selectivas hecatombes nucleares provocadas por los dedos nerviosos de psicópatas empoderados, mientras cínicamente dan a entender que ellos y los suyos, refugiados en  confortables búnkeres, serán privilegiados testigos de un desastre que aprovecharan para continuar acumulando riqueza cuando llegue el momento de reconstruir lo destrozado o de, si se les fue un poco la mano, sacar los buldóceres para arrumbar las ruinas y ganarse un sobresueldo con la chatarra.

Mr. Buffett no mentía. ¿Para qué iba a hacerlo si no lo necesitaba? Él nunca se había visto obligado a afirmar -como sí lo estuvieron aquellos regímenes lacayos a los que posiblemente apoyó con desinteresadas aportaciones pecuniarias- que ya no existía la lucha de clases; que el mundo se había vuelto posmoderno y que la dialéctica izquierda-derecha estaba obsoleta; las conquistas sociales eran cosa del pasado y la pobreza un molesto problema que tan solo se daba en latitudes al sur del Ecuador. Mr. Buffett no mentía, insisto, simplemente recalcaba lo que para él era una obviedad y que en aquel otoño de 2011 se podía resumir en: “Aunque os esforcéis por resistir, aunque sacrifiquéis a los mejores de los vuestros, aunque intentéis repartir más equitativamente la miserable cuota de supuesto bienestar que tan generosamente os concedemos, no pretendáis ganar esta lucha, porque la victoria es y será solo nuestra”.

Seis años después de aquella entrevista que en su día escandalizó a los social-liberales más pacatos y a una progresía enferma de buenismo, y que fue jaleada por los que tras casi cuatro años de crisis veían día a día aumentar obscenamente sus fortunas, el tablero ya no es el que era. Infinitos movimientos “a la desesperada” confirman que el Poder no ha sabido afianzar aquella victoria que con tanta soberbia dio por alcanzada: En Europa, América o Asia los problemas se han precipitado hasta el punto de tener que, como ya se hizo en los años 70, volver a provocar golpes de estado (en principio, y si no lo requiere el guion, incruentos, porque la sangre es muy difícil de limpiar…), forzar salvajes campañas de descrédito mediático hacia gobernantes díscolos, desestabilizar cuando sea conveniente el equilibrio militar, financiero o demográfico, y fabricar ejércitos de terroristas que a la mínima de cambio se escapan de todo control y atentan incluso contra quien los engendró. Y todo esto en medio de un escenario migratorio que afecta al planeta entero y que provoca el éxodo continuo de millones de almas inocentes, sea a causa de conflictos religiosos prefabricados, sea por crisis económicas ficticias o por los cada vez más frecuentes desastres medioambientales gestionados con el criterio de la siempre desmedida codicia capitalista.

Y ha sido precisamente la innata soberbia que caracteriza al Capital lo que le ha impedido reconocer la existencia de una incipiente respuesta global, aún tímida y para algunos excesivamente cauta, que aparece poco a poco allí donde menos se la espera: En una Europa Insumisa, en una Centroamérica Morena, en un poblado Mapuche, entre las obreras de una embotelladora de refrescos, o con los valientes trabajadores de un emporio de comida basura que por primera vez desafían con la huelga al poderoso. Un movimiento que intenta nacer en medio del caos y que solo puede aliarse con los más desfavorecidos, con los engañados y los excluidos; que no cree en ningún dogma mientras surge orgullosa y radicalmente “chucho”, sin raza ni pedigrí. Impregnado de creencias dispares, marcado por la tolerancia y el respeto, por el incuestionable derecho a compartir y a disfrutar de bienes que nunca debieron de tener amo. Un movimiento al que, en última instancia, solo le mueve el amor. El amor al género humano en toda su maravillosa y mestiza variedad. El amor al sentido común que no necesita de relatos ni explicaciones. El amor a lo sincero, lo simple, lo cierto, lo natural. El amor que transformado en honesto voluntarismo o en generoso sacrificio lleva marcando la diferencia entre lo justo y lo injusto, entre lo vivo y lo muerto desde el principio de la humanidad. Un amor que hay que preservar, defender y mimar, incluso cuando el tiempo que vivimos es un tiempo de guerra.

 

PARA AMAR EN TIEMPOS DE GUERRA

Es despertar y romper
El bozal y las cadenas
Es conjugar y sentir
El verbo amar sin fronteras
Es conseguir que la luna
Nos de su pan y su beso
Cuando libremos la tierra
Del que encarcela los sueños…

Es escribir en el libro del pueblo
con sangre y fuego
Los nombres de los anónimos
Forjadores de esta siembra
Es hablar de la esperanza
Y del amor que nos cuesta
Hacer crecer en el vientre
De la historia nuestra huella…

Es la razón, el lenguaje
Del hombre y su libertad
Que aunque tenga que matar
El amor
El amor es su objetivo…

Que el corazón animal
Que llevo de hombre imperfecto
Como un pájaro ha enrumbado amor
Su anidar hacia tu pecho

Por eso he de concluir
Sin que mi guitarra duerma
Que ningún golpe es mortal
Si no se teme a la muerte
Que el desvelo por estar
En guardia y en la trinchera
Es oficio del que ama
Aún en tiempo de guerra

Por eso he de concluir
Sin que mi guitarra duerma
Que ningún golpe es mortal
Si no se teme a la muerte
Que el anhelo por estar
En guardia y en la trinchera
Es oficio del que ama
Aún en tiempo de guerra

Aún en tiempo de guerra.

Aún
Aún compañeros
Aún en tiempo de guerra.

Letra y música: Luis Enrique Mejía Godoy. 1979

El pan nuestro de cada día.

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