PARA LA LIBERTAD

A nadie le es ya ajeno que vivimos tiempos difíciles en los que la libertad no es precisamente el bien social más protegido, ni mucho menos el más defendido por nuestros gobernantes. El concepto de libertad ha ido desnaturalizándose poco a poco hasta convertirse en una desdibujada caricatura de aquello por lo que un día dieron su vida tantas personas de ideologías quizás dispares, pero finalmente coincidentes en lo básico: Sin libertad no hay democracia, sin democracia no puede haber libertad.

Mientras que actualmente la libertad, en su sentido más ligado a lo económico, parece no tener límites ni cortapisas, desgraciadamente en aquello que atañe a los derechos más fundamentales de la persona se ve rodeada de una maraña de alambradas que, en el mejor de los casos, dificulta hasta lo inimaginable su ejercicio, y en el peor aboca a cárceles o a multas a quienes el sistema considera que abusan de su generosísima “liberalidad”.

Si antes era punible la amenaza, la violencia o en ciertos casos su apología, ahora lo es también el chiste o la sátira. Si antes, del delito respondían sus autores, cómplices o colaboradores, ahora se puede inculpar incluso a todo el que se atreva a cuestionar la naturaleza delictiva de lo absurdamente fútil y anecdótico, o a aquellos que tienen el atrevimiento de bromear con sucesos tan antiguos que hay que tener más de 50 años para que ocupen un lugar en su mochila de recuerdos.

La libertad, muy a nuestro pesar, se ha convertido poco a poco en un hecho idiomático y, como tal, puedes ejercerla con mayor o menor soltura dependiendo de donde hayas tenido la suerte (o mala suerte) de nacer o de vivir. En estos tiempos aciagos y en este país sumiso y complaciente, la libertad tiene más que ver con la letra de una canción de Los Chichos, que con un derecho inalienable sin el que las personas solo lo son a medias.

Pero esta realidad no es algo nuevo. Para construirla se ha necesitado de años y años de aliados puntuales, compañeros de viaje y de un montón de colaboracionistas.  Imposible de llevar a cabo sin la desidia de muchos y sin el mirar para otro lado de aquellos que, aunque solo fuera por lo que un día representaron las siglas que defendían, tenían que haber peleado nuestros derechos hasta sus últimas consecuencias y nunca, nunca tendrían que haber permitido que se llegara hasta este grado de miseria moral y de cínica equiparación del original con el sucedáneo. La libertad, por lo visto, ya no tiene por qué ser un bien común y colectivo. Ahora lo que se lleva es la libertad privatizada (o, en el mejor de los casos, concertada).

Para todos aquellos que han hecho de la libertad su bandera, solo hay una manera de entenderla, practicarla y defenderla: De la misma manera que, hace ya 75 años, la ensalzó Miguel Hernández, aunque tal osadía le costase la vida.

PARA LA LIBERTAD

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

Letra: Miguel Hernández. 1938. Música: Joan Manuel Serrat. 1972

Miguel Hernández hablando en la emisora del 5 Regimiento, el 4 de diciembre de 1936.

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